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jueves, 12 de marzo de 2009

Una gorda feliz

Hoy no me he preparado una entrada concreta, pero creo que va siendo hora de actualizar de nuevo este pequeño espacio de mi vida.

Se acabaron mis vacaciones. Posiblemente, las vacaciones de verano que recordaré el resto de mi vida. En primer lugar, por haberse desarrollado durante los meses de Diciembre, Enero y Febrero, ya que tras haber vivido los primeros 22 años de mi vida en el hemisferio norte, era algo completamente novedoso para mí. Y en segundo lugar, por haberme descubierto un mundo nuevo ante mis ojos. Como todos sabéis, estas empezaron el 28 de Noviembre cuando tuve que abandonar mi apartamento, lugar que aun sigo echando de menos, no tanto por el piso, si no por las personas que en él habitaban. Tras esto, la secuencia de acontecimientos es la siguiente:

- 2 semanas en Sydney en casa de mis chilenos.
- 12 días en Perth y la maravillosa costa Oeste.
- 10 días en Sydney para pasar unas Navidades y año nuevo como nunca imaginados.
- El 5 de Enero, comienza mi viaje en coche por la costa Este con Chris y Candee, durante dos semanas.
- El 21 de Enero, vuelo a Melbourne para alojarme en casa de mis buenos amigos Jamie y Dan, por dos semanas más, siendo uno de los mejores momentos de las vacaciones.
- El 4 de Febrero, aterrizo en Hobart, Tasmania, para pasar allí 4 días, visitando la ciudad y Port Arthur, y después, hacer un tour de 5 días al rededor de la isla, con el mejor guía que he tenido hasta el momento, John, y un grupo de personas que hicieron la estancia perfecta.
- El 12 de Febrero regreso a Sydney a mudarme a mi nuevo apartamento, con mis nuevos compañeros de piso (2 daneses, una alemana, una danesa y una francesa).
- El 26 de Febrero despego a las 6 de la tarde dirección Honolulu, para aterrizar tras 9 horas de vuelo el mismo día, pero a las 6 de la mañana.
- El 9 de Febrero, 8:15 am, abandono Hawaii para llegar a Sydney el 10 de Febrero a las 16:00 tras 10 horas y 50 minutos de viaje, con más de 5 horas de turbulencias.

Y aquí me encuentro ahora, escribiendo un pequeño resumen de todo ello. Cada apartado se merecerá una entrada. Espero poder mantener el ritmo de escritura al nivel de lo acontecido.

Con respecto al título de la entrada: Sí, estoy gorda. Debo haber engordado unos 20 kilos desde que dejé España. Y sí, estoy feliz. La vida es mas sencilla si eres capaz de mostrar una sonrisa en tu cara a lo largo del día. Pero esto, en mi naturaleza de persona estresada, también me tiene algo preocupada. He descubierto que puedo vivir sola. Antes, una parte de mi cabeza moría por tener compañía. Esa parte parece haber entrado en razón. La soledad no es algo que yo deba evitar a toda costa. Es más, estos 8 meses estoy disfrutando de ella más que nunca. Claro, siempre piensas que la gente que queda en tu país aun te quieren y te esperan. ¿Pero qué sucedería si no fuera así? Para mí eso era el fin del mundo. Sin embargo, ahora lo pienso fríamente, y sé que sin ningún problema podría comenzar desde cero en cualquier parte del mundo. No necesito raíces. Y esto me da miedo, pues alguien tan "libre" es difícil que encuentre su sitio. Puede que el mio no esté en Australia, pero ahora también dudo que se encuentre en España. A veces me enfada pensar que la gente se olvida de mí. Últimamente, me enfada más el echo de que más posiblemente, sea yo la que esté olvidando.

De todas maneras, esta no es una entrada inspirada. Esperad a las siguientes, cuando me haya asentado de nuevo y tenga los pies en la tierra, en vez de la cabeza en las nubes (de manera literal, pues desde aproximadamente el 17 de Noviembre, cuando Line tuvo que volver a Dinamarca de manera inesperada, he visitado un aeropuerto al menos una vez cada dos semanas, sin excepción).

domingo, 4 de enero de 2009

Vida de una nómada

Hace mucho que no escribo. Pero una vez leáis las líneas que aquí siguen, comprenderéis un poquito más que está pasando con mi vida estos últimos tiempos.

El piso, como ya sabréis, tuve que abandonarlo el 28 de Noviembre. Desde entonces, no tengo lugar donde vivir. He estado durmiendo un tiempo en la casa de los chilenos, mientras tenían una cama libre, de esta manera, salíamos beneficiados dos: La persona que en ese momento no se encontraba viviendo con nosotros, pues su renta era pagada, y yo, que tenía un sitio para alojarme. Pero esto, terminó el 12 de Diciembre, cuando me fui de viaje a Perth, y a la costa Oeste.

Mi viaje a Wastern Australia fue maravilloso de partida, pero la soledad de estar 12 días incomunicada se hace notar, y el 24, deseosa de compañía, me volví a Sydney. Como mi vuelo era muy temprano y en estas ciudades, no hay manera de llegar de forma apropiada a los aeropuertos si se trata de estar allí de madrugada, aproveché y como una indigente cualquiera, me puse una almohada en el suelo, y tapada con una mantita, intenté dormir entre las cintas de transporte del equipaje de llegada. Sinceramente, no se lo recomiendo a nadie. Demos gracias a que el vuelo de vuelta lo operaba Quantas, y al menos, tuve un desayuno decente.

A mi llegada de nuevo a la casa de mis chilenos, no sabía lo que me esperaba. A las 2 de la tarde, dejé mi equipaje y salí corriendo a comprar los ingredientes para dos tiramisús destinados a ser el postre de la cena de Navidad, y que he de decir, que me salieron deliciosos. La española se encargaba de los postres, mientras que los chilenos se encargaban de la cena principal. Pudimos disfrutar de un increible pavo asado con zumo de naranja, que en un primer intento, quedo estupendo. También carne asada, y ensaladas de todos los tipos, distintos arroces... De aquella cena, nos quedo comida casi para el resto de nuestra estancia.

Con más gente que en la guerra, la casa estaba el día de la fiesta de Navidad que pensé que se colapsaba. Tuvimos cada uno nuestro regalo, pues hicimos un amigo invisible entre nosotros. Claro, que siempre hay errores, con lo que Silvana recibió un regalo de dos personas distintas, dejando a Marine sin su sorpresa. La verdad, mi sentimiento de culpa era infundado, pero aun así...

Aquella noche, al menos pude dormir en un cama. Para las siguiente, mis expectativas de encotrar un espacio libre en la casa decayeron drásticamente, y previendo que me tocaban 10 días de dormitar en el suelo de el salón, compré un colchón inchable que me ha salvado la vida.

Navidades en verano son demasiado raras, se merecen su propia entrada (si algún día tengo tiempo), pero decir que la estancia en una casa para 6 personas, que alojaba algunas noches hasta 18, se hizo algo complicada, pero la gente siempre estaba donde la necesitabas.

Año nuevo pasó, y el 2 de Enero esa casa debía ser desocupada. Tuve que buscar una amiga que me hiciera el favor de guradarme la tabla de surf y cuidara de mi pez (al que entre Judith, la hermana de Roland, y yo, le cambiamos su casa, con lo que ahora puede nadar en una pecera más grande). Anne se ofreció sin ningún problema, y también nos alojó una noche en el suelo de su salón, cosa que Roland y yo, los dos pobres indigentes, agradecimos en el alma, pues estabamos dudando entre dormir esa noche en la playa o en la universidad, y teniendo en cuenta que llovía... Sydney en año nuevo está a rebosar de gente, si quieres un albergue para esas fechas, acuerdate de reservarlo al menos con 6 meses de antelación.

Ahora estamos dos días en un albergue en la ciudad. No es barato, pero al menos, nos permite dormir en una cama después de lo que parecía una eternidad de gente yendo y viniendo, ruidos, e incomodos lugares donde pasar la noche.

Mañana vuelo hacia Brisbane. No es un vuelo demasiado feliz pues es la despedida final de una era. A mi vuelta, ninguno de mis antiguos compañeros de piso quedará en Australia. Sé que algunos de ellos serán muy buenos amigos mios durante mucho tiempo, pero nunca será como ahora. Intento centrarme en la idea de viajar, que me sube el ánimo. No tengo muy claro cuando volveré. No sé cuando podré volver a escribir. Mi plan es que un chico que vive en Queensland, Chris, me lleve en su coche y me la muestre, como solo un autoctono puede hacerlo. Pero me tocan entre 2 y 3 semanas de dormir en campings y coches. De ahí, tomaré un vuelo a Melbourne para visitar a otros amigos. Espero que para entonces, pueda dormir en una cama de verdad. Finalmente, mi último destino espero que sea Tasmania.

Planeo mi vuelta para la segunda semana de Febrero. Entonces, podré empezar a conocer a la nueva generación de estudiantes que entran en la universidad, buscar amigos, e intentar realquilar mi antiguo piso para tener por fin una casa, tras tres meses de ser una ocupa.

Una vez finalizados todos estos viajes, gestiones y presentaciones, el 23 de Febrero empiezan las clases, pero creo que me merezco algo más, con lo que el 26 de Febrero, partiré de visita a Hawaii. Las primeras semanas de clase nunca sirven de nada.

viernes, 3 de octubre de 2008

Vuelta a la realidad

Aunque es una vuelta a una realidad muy relativa. De un tiempo a esta parte, mi vida a cambiado en muchos aspectos. Pero cuando más he podido notar el cambio, ha sido durante estos 12 días incomunicada en Fiji.


Han sido las vacaciones más increíbles de toda mi vida. Viajando por mi cuenta, completamente incomunicada, en completo relax, y no me he sentido sola en ningún momento. Ese es el mayor avance que he sentido en esta nueva etapa que estoy viviendo. Fiji es alucinante, pero más aun es la gente que he tenido la oportunidad de conocer y que han sido mis amigos íntimos durante cortos periodos de tiempo, un máximo de 5 días, pues luego cada uno debía seguir su camino. Hemos compartido muchas más cosas que lo que puedo haber compartido con algunas personas con las que llevo viviendo más de dos meses. Y espero poder seguir compartiendo experiencias. Pues estas personas a las que ahora puedo llamar amigos, están dispuestos a acompañarme en mis próximos viajes a lo largo de este enorme país llamado Australia, al que poco a poco, voy acostumbrándome, y que en pocos tiempo, espero poder llamar hogar.

He vuelto completamente relajada y con energía suficiente como para afrontar el último mes de clases y después, mis exámenes de fin de cuatrimestre. Y deseando acabarlos para empezar con mis vacaciones de verano en dos meses, e irme a viajar por la costa este.

Otro gran paso que he dado, y del que estoy especialmente orgullosa, ha sido en el avión. Todos aquellos que sigáis este blog sabréis el mi mala experiencia en mi último vuelo. Pues bien, ni a la ida a Fiji ni a la vuelta tuve ningún problema. El vuelo fue de lo más tranquilo y relajado. Lo único de lo que me puedo quejar es de que hacen un uso abusivo del aire acondicionado. Y que a la ida, sinceramente, no se puede llamar avión a lo que me llevó hasta las islas. Era más bien una avionetilla, pero con la particularidad, de que los asientos eran más espaciosos que en mi vuelo transcontinental... Ingenieros, para qué os quiero.

He hecho dos tours diferentes a destacar: Uno alrededor de Viti Levu, la isla principal de Fiji, durante 4 días, y otro por las Islas Yasawas, durante 6 días. Sendas entradas seguirán a esta para explicar con más detalle lo acontecido en cada uno de ellos. Decir que ambos han tenido su encanto personal, pero sin nada que ver entre ellos.

De lo que sí que puedo hablar es de mi llegada y primer día en el paraíso. Después de acostarme a la 1 de la mañana, haciendo la maleta, no me pude dormir hasta las 2 aproximadamente. Supongo que era cierto nerviosismo el que me invadía, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. A las 4 de la mañana sonó mi alarma del móvil. Me vestí, desayuné lo poquito que me quedaba de comida (que a la vuelta de mi viaje, he acusado más que nada, pues no tenía nada para llevarme a la boca), dejé una bonita nota de despedida en inglés para mis compañeros de piso, y bajé a la calle. A las 4:45 se suponía que tenía que venir a buscarme el taxi que había pedido. Pero en su lugar vino otro. Parece que a esas horas de la mañana, los ávidos conductores están sedientos de nuevas carreras. Sin más problemas, llegué a la estación de tren, lo cogí, llegué al aeropuerto... En el Duty Free aproveché para comprar otra tarjeta de memoria de 2 Gb para la cámara de fotos, pues me temía que 2,5 Gb, que era lo que llevaba, no me iban a ser suficientes. Y no me equivocaba. El vuelo en el "micro-avión" duró aproximadamente 3 horas y media, lo que me sorprende una vez de vuelta, pues el sentido contrario fueron 5 horas. La aduana de Fiji no tiene nada que ver con la de Australia. Simplemente te pasan la maleta por los rayos, y no se ponen ni la mitad de pesados.

El calor húmedo del aeropuerto se me pegó a la piel, y no me abandonó hasta ayer. Es algo característico de aquel país. Aunque llueva, la temperatura es digna de ir en bikini. Busqué el mostrador donde tenía que pedir que me llevaran a mi albergue. Allí conocí a Rena, de Jersey, que lleva viajando 11 meses. Sabréis más de ella.

Mi albergue era bastante tranquilo. En medio de ninguna parte, rodeado de abundante vegetación, con piscina y un jardín en el que aproveché para leer la mayor parte de la tarde. El cambio horario de 2 horas no lo noté a la ida, solo a la vuelta, pues esta mañana me he levantado a las 6.

Durante la cena, un chico australiano, llamado Marcus, de padres griegos, que trabaja como profesor de educación física en Brisbane, y que acababa de empezar sus vacaciones como yo, se sentó en mi mesa y estuvimos hablando toda la noche. La verdad es que agradecí mucho su compañía, muy agradable, sobre todo, porque me quitó de tener que relacionarme con el equipo de rugby australiano que acababa de llegar al albergue, y que eran las últimas personas con las que me apetecía relacionarme en ese momento. Pudimos participar en una carrera de ranas, donde la suya se llamaba "Aussie" (nombre con el que comunmente se conoce a los australianos) y la mía, obviamente, "Spain". Eso sí, no gané. A las 11 me despedí de él, pensando que sería la última vez que lo vería. Lo que no sabía es que Fiji era un país bastante pequeño.

Mi habitación acogía a 8 personas. Pero dormimos 9, pues una parejita decidió que no debían dormir en habitaciones separadas. Me dio igual. Me puse los tapones para los oídos y me dispuse a dormir. Lo que no me esperaba para nada era lo que aconteció después. Yo dormía en la cama de abajo de una litera, y en la cama de arriba, dormía un chico, que debía estar muy aburrido, y decidió que a las 5 de la mañana debíamos estar todos dormidos. Y de echo, lo estábamos, hasta que empezó la fiesta. Me desperté al principio mecida en mi cama, y luego sacudida. Sí, mi buen compañero de la litera de encima se estaba masturbando. No fue una noche muy agradable como principio de viaje. Luego la verdad es que me he echado algunas risas rememorando aquel momento tan patético. Huí de aquella habitación antes de que nadie se levantara, pues a las 8 de la mañana venía a recogerme el autobús de mi primer tour. Fue entonces, cuando las verdaderas vacaciones empezaron.

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Siento el retraso. La entrada estaba escrita de ayer, pero mi conexión no me dio la oportunidad de poder publicarla. Espero que la disfrutéis.

martes, 12 de agosto de 2008

Llegada a Australia 4: Aduana y taxi

Fuera del avión iba yo preocupada por lo que me fueran a decir en la aduana.

Me hicieron rellenar una tarjeta de desembarque antes de aterrizar en Sydney, en la que te preguntaban desde tu residencia en Sydney, hasta si estabas involucrada en algún tipo de crimen contra la humanidad... ¿Quién va a responder a esa pregunta con un sí, por mucho que sea verdad? La primera pregunta que había que contestar con sí o no, era: "¿Lleva armas, drogas o medicinas?". Yo respondí que sí, pero claro, no se sabía a cuál de las tres. Y como se pusieran tontos, como me hicieran abrir la maleta y tirar todos mis antihistamínicos...

Antes de coger la maleta, tuve que enseñar mi tarjeta y mi pasaporte en la ventanilla llamada "otros países", ya que había ventanilla para los australianos, neozelandeses y asiáticos, creo. El resto, eran "otros países". Para mi sorpresa, lo único que me preguntaron era en que barrio se encontraba mi residencia. Nada sobre armas de destrucción masiva, drogas destruye-civilizaciones o la terrible tuberculosis. Me dejaron pasar sin más.

Con un carrito en mano, me dispuse a encontrar mis dos maletas: La bolsa de viaje chiquitina, envuelta en cientos de metro de papel de film transparente, pero de color verde (zurullo espacial lo llamaba mi familia), y la gigantesca maleta Samsonite roja, también verde por el envoltorio. Pero no era tan fácil llegar hasta la cinta. Aquello estaba lleno de personas dispuestas a dar su vida por su maleta. Yo no iba a ser menos, pero debía andar con ojo, pues no quería que mi ordenador estuviera sin vigilar.

Me estaba poniendo muy nerviosa. ¿Y si mis maletas se habían quedado en Londres? ¿Y si las había cogido alguien? ¿Cómo iba a coger yo sola la más grande de las dos? En estas estaba cuando apareció el zurullo espacial, y empecé a tranquilizarme. Al menos, en ella estaba el abrigo. La cogí, no sin problemas para acercarme a la cinta, que estaba abarrotada de gente mirando al infinito. Pero de la otra no sabía aun nada.

Estuve un buen rato allí, mordiéndome las uñas, cuando salió por el otro lado. Iba a acercarme a por ella, cuando pasó a mi lado un hombre con una perra encantadora, que iba olfateando los equipajes en busca de comida. Y la muy **** se paró al lado de mi equipaje de mano. El hombre empezó a abrirme la bolsa en busca de comida. Me preguntó si llevaba algo del avión, y le dije que sí, pero no le bastó. Siguió revolviendo hasta que encontró un bocata de salchichón que me había hecho mi madre para que tomara al salir en Singapur, pero con el cuerpo que tenía, no pude ni pensar en él. Había decidido tomarlo para cenar, pero en ese momento, no me acordaba de él. El maldito australiano, lo cogió, le dio un premio a la perrilla, puso una marca roja en mi tarjeta de desembarque y sin decir nada, se fue con mi comida, para tirarla a la basura. Y allí me dejo, compuesta y sin cena. Miré a ver si al menos, podía coger mi maleta, pero no había rastro de ella.

La desesperación se apoderó de mí. "Bueno", me dije, "estará dando la vuelta por el otro lado. Aparecerá de un momento a otro". Pero no. El tiempo pasaba y del otro lado no salía nada parecido a mi Samsonite. Los segundos se me hicieron eternos. Alguien se la había llevado, seguro. Tuve ganas de salir corriendo a dar vueltas por la cinta, a ver encontraba a la persona que la había cogido sin mi permiso, pero no podía, tenía el resto de mi equipaje. Así que, estresada como estaba, cogí mi carro y con él, me puse a dar vueltas a la cinta. Y nada. Iba llorando cuando, como de la nada, a la mitad de camino, allí estaba, en la cinta. Corrí, embestí a la gente, y como si fuera una pluma, la cogí en volandas y la llevé al carro con el resto de mis pertenencias. Ya estaba todo. No había nada que temer. Todo había salido bien.

Pero aun no había salido. Aun quedaba el registro de maletas. Y yo tenía una marca roja en mi tarjeta y armas o drogas. Me iban a deportar seguro. Llegué, y me preguntaron por la marca roja, y dije que había sido un bocata, pero que ya lo habían tirado. Pasaron mi maleta por los rayos X y entonces... No me dijeron nada más, ni me preguntaron por las medicinas, simplemente, me dejaron ir.

Y por fin estaba en Sydney, pero no había nadie a la salida que me estuviera esperando. Triste, me fui en busca de un taxi. Me monté en el que me mandaron, ya que había una encargada a la puerta del aeropuerto, de gestionar la cola para coger el taxi. Resultó el taxi de un indio al que era imposible entender. Me monté detrás, y él se fue al asiento del copiloto. Y se puso a conducir por el lado erróneo de la carretera. Pensé que iba a morir estampada contra otro coche, pero resultó que todo el mundo conducía al revés. También resultó que el taxista conducía extremadamente mal. Creí que era solo cosa de él, pero todos los australianos conducen fatal.

Le dije que me llevara a la residencia, pero no entendía la dirección (33, Greenwich Road), así que paró en medio de la autopista, y me pidió que me sentara delante y le escribiera el nombre en un papel. Y allí iba yo, en el asiento del conductor, temiendo por mi vida, y tapándome los ojos cada vez que doblábamos una esquina, segura que de frente iba a aparecer el coche que nos iba a matar.

Las preguntas normales de un viaje en taxi, pero sin entendernos entre nosotros (porque el acento indio es imposible, entre otras cosas), "¿De dónde vienes?" "¿Cuánto te quedas?" "¿Conoces a alguien aquí?", las repetíamos una y otra vez. . No debía tener yo muy buena cara, porque cuando pasamos por el Harbour Brigde (el puente este tan famoso de Sydney), me preguntaba "¿Ya estás más contenta? Estás pasando por el puente". Y a mí me daban ganas de darle una paliza, si no fuera porque él llevaba el volante, Y a pesar eso pocas veces le vi mirando a la carretera.

Me presenté el peor día en Sydney. El World Youth Day (el día mundial de la juventud). Allí estaba el Papa, tocándome la moral. ¿Por qué? Por que por su visita, habían cerrado la gran mayoría de calles de la ciudad, y nos tuvimos que dar la vuelta con el taxi, todas las veces. El hombre se perdió y no sabía por dónde ir. Y se agobiaba diciendo que tenía que volver cuanto antes al aeropuerto, porque si no, no iba a hacer mucho dinero. Está muy bien que te digan estas cosas cuando ves el taxímetro subir como la espuma. Al final, decidió meterme por el tunel de peaje, que para mí que solo pagó 5$, pero él me dijo que eran 10$. Yo creo que me timó todo lo que pudo, porque al llegar a la residencia, tuve que pagar... ¡95$! Casi 60€ de carrera. Claro, medio dormida, sin fuerzas por no comer, con ganas de nada... ¿Cómo no aprovecharse? Menudos primeros contactos estaba teniendo con los australianos. Me parecían todos unos cabrones.

En la residencia, a las 20:00 ya no había cena, así que me llevaron a mi habitación, diciendo que mi compañera seguramente no iría a dormir esa noche. Normal, con la de cosas que tenía encima de la cama, a mí también me daría pereza ir allí a dormir, tendría que pasarse un par de horas quitando cosas de encima. Bajé un momento a los ordenadores para dar la noticia de que estaba "bien", que había llegado "sana y salva", y que me iba a la cama.

A las 21:00 me metí en la cama, y dejé a mano una botellita de agua de 33cl para ir bebiendo por la noche e irme rehidratando. Pero el Jet Lag... Esa es otra historia.

lunes, 11 de agosto de 2008

Llegada a Australia 3: El avión de Quantas


Quantas. La aerolínea australiana por excelencia. Un avión enorme, con 7 asientos por fila. A mí me había tocado pasillo, al lado de una pareja rubia de ingleses. Llamé de nuevo a mi madre antes de que despegara el avión, para contárselo. Me había dicho que era importante que hablara con los que me hubieran tocado al lado, que el viaje se me haría más corto. ¿Cómo se puede hacer corto un viaje de aproximadamente 24 horas? Parecía que al estar en parejita, no me iban a hacer mucho caso… Al final, me resigné a despedirme de mi familia por al menos un día, aunque veía difícil llamarles a la llegada, porque llamar desde mi móvil a España cuesta 3,72 € el minuto…


Me acomodé como pude en mi asiento. Era bastante amplio. Encontré en él una pequeña manta gris muy calentita, una almohada y unos auriculares. En el reposabrazos derecho había un mando a distancia, con el que se podían controlar todas las utilidades que ofrecía la pequeña pantalla que tenía delante. Cada uno tenía la suya, ubicada en la parte posterior del reposacabezas del viajero de delante. En ella podías elegir una emisora de radio, una película de actualidad (véase, 21 Blackjack, Reyes de la Noche, Shine a Light,…), una cadena de televisión (la Fox, Disney Chanel,…), discos de música variados, juegos de arcade o el plan de vuelo, el mapa de dónde nos encontrábamos, ciudades por las que estábamos pasando, velocidad, altura, hora local del lugar de llegada, tiempo estimado de vuelo, tiempo transcurrido desde nuestra salida, dónde se encontraba la noche en ese momento… Me entretenía mirarlo, pero también me desesperaba un poco, ya que ponía que nos movíamos a unos 1000 Km/h, pero en el mapa no avanzábamos nada.


Eran las 13:15 en España, y me apetecía dormir un poco, a ver si empezaba a encontrarme mejor. Me puse los cascos para escuchar algo de música (elegí una recopilación de los Beatles, el último de los Red Hot Chilli Peppers, Bob Dilan y los Rolling Stones), puse el plan de vuelo para ir viendo las ciudades por las que se suponía que sobrevolábamos, ya que era imposible ver nada tras las densas nubes que se movían debajo de nosotros. El reposacabezas se doblaba por los lados, de manera que la cabeza no se te caía y la tenías perfectamente sujeta. Me pareció muy cómodo y me dispuse a dormir. Pero me fue imposible. Traté de jugar a algunos de los juegos, pero me mareaba más. Al final, tuve que darme un paseito hasta el baño para vomitar. Y fue la primera de un montón de veces. Tantas que ni las recuerdo.


Llegó la hora de la comida. El menú podia se consultado de forma interactiva en la pantalla multiusos, junto con el resto de las comidas, cenas y desayunos. Imposible comer nada. El olor era insoportable, y la gente comía una comida que tenía pinta de todo menos de estar buena. Pedí si tenían algo de arroz o algo así para mi malestar. Me acabaron trayendo un par de panes y un té. No duraron mucho en mi estómago. ¡Menos mal que estaba sentada en un asiento de pasillo!


Siguieron trayendo comidas, tentenpiés, snacks, cena, desayunos... De todo, pero yo no probé nada, y si algo comía, por miedo a deshidratarme o a un bajón de azucar, al rato tenía que ir a vomitarlo. Se hizo de noche (muy temprano para mi gusto, debían ser las 6 de la tarde en España), y nos apagaron las luces para que durmieramos. Yo me puse a ver Shine a Light para entretenerme, mientras unos niños corrían por el avión, detrás de su hermanita que iba gateando.


Nuestra parada técnica fue en Singapur, hora local 8 de la mañana, hora en España, 2 de la mañana... Al aterrizar, tuve que vomitar en la bolsita de mareo. Crei que me moría de la vergüenza. Completamente desubicada acabé, como no, en el baño. Un par de veces más vomitando y de vuelta al avión. Pero claro, había que pasar otro control (debía ser el 5º por el que había pasado). Vuelta a sacar el ordenador, a quitarse los zapatos, a tirar la botella de agua que me había sacado del avión... Menos mal que me había dejado dentro la de aquarius...


Y para mi sorpresa, al volver a entrar en el avión, ¡me había tirado la botellita de aquarius! Pues nada, me resigné a no comer nada en todas las horas que nos quedaban hasta Syndey (unas 8 aun). Mi vecina, un encanto de mujer, me dio sus bolsas de mareo. Yo busqué la posición más cómoda para no ir mareada. Resultó ser con la almohada encima de la mesita, y encorvada para llegar a echarme en ella. Así me pude quedar el resto del viaje, escuchando música y chequeando de vez en cuando el plan de vuelo, para descubrir que siempre estabamos en el centro de Australia, y que aun nos quedaban 6 horas de viaje. Siempre eran los mismo datos. Era desesperante.


No mucho más que añadir al viaje. Ni agua ni comida probé desde Singapur, y ya solo vomité 2 veces más. Parecía que se me iba pasando.


Por fin, después de 28 horas de viaje horrible, llegamos a Sydney. Resultó que mis compañeros de viaje vivían allí, y les estuve preguntando cosas como por ejemplo, cuánto tardaba desde mi residencia a la universidad, dónde podía coger un taxi, si me iban a dejar pasar la aduana con mis medicinas... Y si hacía mucho frío en la calle. El abrigo estaba en la maleta, así que les pregunté si era una buena idea que me llevara la manta. Su respuesta fue "guárdatela en el equipaje de mano, que por el precio del billete, bien vale quedarse con la manta". Y eso hice. Ahora duermo todas las noches con ella.


Dispuesta a coger mis maletas y pasar la aduana, salí del avión como si hubiera pasado en él una vida entera.

martes, 5 de agosto de 2008

Llegada a Australia 2: Vuelo y "estancia" en Londres

"¿Qué coño hago yo aquí?" "Si aun está la puerta abierta, ¿por qué no corro y huyo?" "¡Yo solo quiero quedarme en mi casa!" "Al menos tengo ventanilla..." "Un año es demasiado tiempo" "Odio Australia" "No creo que aguante"... Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza mientras miraba embelesada por la ventana un aeropuerto solitario y una que no volvería a pisar en mucho tiempo. Se me empañaban las gafas y se me revolvía el estómago.

A mi lado se sentaron una pareja de color. Ella estaba en el asiento contiguo, y en mi opinión, la ducha le era algo completamente desconocido. ¡Cómo se puede oler a sudor de esa manera! Era increíble... Intentaba concentrarme en la ventanilla, pero no había nada que ver. Abrí la revista, dispuesta a leer e intentar pasar el rato lo más distraída posible. ¡Pero no había salido de España y todo me recordaba a ella!

8:45 de la mañana. Cuando despegó el avión, ya no hubo escapatoria posible. Ya no tenía credibilidad aquella voz que me decía "aun estás a tiempo de darte la vuelta, de abandonarlo y volverte a casa". No. Ya estaba en el aire. Desde la ventanilla pude ver lo que quedaba atrás. Traté de reconocer los edificios que se alejaban: allí, la Autónoma, un poco más cerca, el centro comercial Plaza Norte 2, a lo lejos, las inconfundibles cuatro torres de la Ciudad Deportiva del Madrid... A mi vuelta, estarán completamente terminadas.

Traté de leer, pero me bailaban las letras. Me estaba mareando. Entre los nervios, la tristeza, el avión con turbulencias, el olor a sobaco... Tuve que salir al baño, pero no era fácil, la mujer estaba completamente dormida y obstruía la vía de escape. Cuando la desperté y conseguí llegar al baño, tuve que deshacerme del desayuno que había tomado en el aeropuerto, no podía venirse conmigo a Australia.

A mi vuelta al asiento (en la que de nuevo, tuve que despertar a mi olorosa compañera), me centré en mirar por la ventana. Pero una vez salimos de la península, subiendo por el Cantábrico hacía arriba, aparecieron unas nubes, que nos acompañaron por el resto del viaje. ¡Y me refiero, hasta Sydney! Parecía que el único lugar del mundo despejado era España.

No cabe destacar más de aquel vuelo. Pero al llegar al aeropuerto del Londres, una nueva "aventura" aguardaba. Víctor tenía razón, aquello era enorme. Para cambiar de avión, tenía que ir desde la terminal 2, a la que había llegado, hasta la terminal 4. Pasillos interminables que tenía que recorrer sola, con un equipaje de mano que según me iba encontrando peor, me iba pesando cada vez más. Al fin llegué a una parada del autobús que debía coger para cambiar de terminal. El tiempo no acompañaba a mi humor, todo nublado, frío y lloviendo. "¿Cuánto costará una llamada a un móvil desde aquí?" Me daba igual. Llamé a mi madre, llorando desesperada en busca de algo de consuelo, de escuchar una voz amiga. ¡Y sólo hacía poco más de 3 horas que me había separado de ellos! Qué va a ser de mí un año entero...El consejo de mi familia fue que me comprara un aquarius y aprovechara a dormir en el vuelo, que así empezaría a encontrarme mejor. No se lo dije en ese momento, pero para encontrarme mejor, necesitaba tumbarme en el hombro o en las piernas de alguien querido, y que me consolara. Y esto es algo que tengo que empezar a aceptar, no lo voy a tener hasta dentro de un año.

¡Qué antipáticos son los ingleses! Sólo quería comprar una botellita de agua y otra de aquarius. Vale, aceptan euros. Voy a pagar con monedas y me dicen "No, sólo aceptamos billetes". Pues nada... Pago con 20 $ americanos, que mi padre tuvo la certeza de darme para pagar en los aeropuertos. Y las vueltas... Cómo no, en libras. ¡Pues nada, llevo en la cartera 4 tipos de monedas distintas (la cuarta era el dolar australiano, que aun no ha entrado en escena)!

No me podía creer que un aeropuerto pudiera ser tan grande. Todo lleno de tiendas, para comprar todo lo que se te ocurra. Pero a mí sólo me interesaba el baño. Parecía que aun quedaban restos del desayuno de Barajas que querían quedarse en Europa a toda costa.

Otra vez en la puerta para entrar en otro avión. La gente era muy rara. Incluso andaba por allí un escocés con su falda, no pasaba para nada desapercibido. Y yo allí seguía, llorando. Ahora no me miraban con pena, como en Madrid, si no, como con asco y curiosidad. No podía más, llamé de nuevo a mi familia. Hasta que no vi que la cola se había terminado y no quedaba más que yo para entrar en el avión, no me resigné a colgar. No podría volver a hablar con ellos hasta el día siguiente, como poco. Con el viaje tan malo que había pasado hasta Londres, ¡y solo había sido una hora y cincuenta minutos! ¡Qué iba a ser de mí, si estaba saliendo a las 13:15 y llegaría a las 10:50, hora española!

Me levanté de mi asiento, dispuesta a dar otro paso hacía el que se suponía que era el viaje de mi vida, directa a entrar en el avión. Pero más bien podría haber sido el viaje de mi muerte.

lunes, 4 de agosto de 2008

Llegada a Australia 1: El aeropuerto de Barajas

El temido día llegó. Era 18 de Julio de 2008, 4:30 de la mañana. Me levantaba mi madre, tras de una noche bien corta, y después de un día de estrés por la maleta... ¡Debía comprimir un año entero de vida en 20Kg! Muy a mi pesar tuve que dejar cosas que quería traerme, véase, el canguro que me regalaron mi gente de la universidad, que lo echo mucho de menos... Ahora debe estar leyendo esto desde la cabecera de mi cama en Madrid...

Pero todo estaba hecho. Despídete de la gata, de la pájara, del ratón, de tu casa, de tus cosas... De tu vida tal y como la conoces. Me encontré en un momento de crisis en el que me negaba a abandonarlo todo, y como en un ataque de cleptomanía, intenté meterme en los bolsillos muchas de las cosas que no había guardado en la bolsa de mano. A las 5 de la mañana salimos toda mi familia y yo hacia la T4 del aeropuerto de Barajas. Pero antes, pasa por el baño a vomitar; los nervios no perdonan.

Hubiera querido que el viaje en coche no terminara nunca, que no llegáramos a Barajas, que no bajáramos con la maleta. Se cierra el coche, se cierra otra puerta de lo que era.

Llegamos al mostrador de Iberia. La maleta pesa 22 Kilos, y el equipaje de mano es demasiado grande. ¡Era imposible estar tranquila en un momento así, no quería dejar más cosas atrás! Y se nos ocurre preguntar en ese momento, "¿cuántos kilos se permiten en un vuelo hasta Sydney?". "Pues lo normal en los vuelos intercontinentales: dos maletas de 23 Kilos. Esto es así desde Junio". ¿Y por qué nadie me había avisado? No pude más que ponerme a llorar desconsoladamente. Tanto estrés, tantas pertenencias abandonadas a regañadientes, tanto pesar la maleta para que no superara los 20, y encima de todo, que solo llevaba ropa de invierno, pues la de verano no me cabía... Todo pasó por mi cabeza a la vez, y tuve ganas de gritar. Pero no lo hice. En vez de eso, vacié el equipaje de mano en otra bolsa más pequeña que llevaba mi madre, siempre muy previsora, y facturamos las pocas pertenencias que me quedaban en los bolsillos.

En estas estábamos cuando llegó Bea, preocupada por si aun podía despedirme. Nos encontró haciendo el trasbase de bolsas tirados en el suelo, a lado de unos bancos. Se integró como si fuera parte de la familia, así que decidimos irnos todos a desayunar a una cafetería. Decidí no comer mucho, que me conozco, podía vomitar en cualquier momento. Un zumito de naranja y un croisant. No me pude terminar ninguno de los dos.

Llegaba la hora tanto tiempo temida. A las 8 de la mañana debes pasar el control policial y separarte de tu gente durante un año entero. Y allí estábamos, al final de la cola. Me hacía la remolona, que si ahora hablo contigo, que si ahora hago un chiste, que si miro con cara de preocupación a los señores policías... Ninguna intención de pasar. Pero ya no había vuelta atrás. Tuve que despedirme. Fue demasiado duro. No quería dejar de abrazar a ninguno de los cuatro. No paraba de llorar. No me lo podía creer, tanto tiempo intentando no pensar en ese momento que estaba sucediendo. ¿Habéis visto la película de Dumbo? Me sentía igual que el pequeño elefantito cuando va a visitar a su madre encerrada en una jaula, y después de cantar la canción más triste del mundo, el ratoncillo tiene que llevárselo de allí, tirando de él, mientras mira hacia atrás, llorando, viendo como su madre se despide con la trompa. Bien podría ilustrar aquel instante mientras me alejaba. Pasé el control policial, y no podía dejar de mirar atrás. Tenía ganas de correr hacia atrás, volver, abrazarme a ellos y no soltarles jamás. El policia me decía "no llores mujer", y yo no tenía palabras para contestarle, solo lágrimas.

Y por fin, estaba sola. La gente me iba preguntado camino de la puerta si me encontraba bien. Unos es español, y otros ya en inglés. Debía tener una estampa bastante lamentable. Mis pies se movían por inercia, no porque yo se lo ordenara, porque mi mente estaba puesta fuera del aeropuerto. No quería seguir adelante, pero lo hacía, no tenía otra opción.

Por delante me quedaban 28 horas de viaje, así que decidí comprarme unas revistas (la Cuore, para ser más exactos) y unos pasatiempos para hacer en el avión.

Finalmente, allí estaba yo, en una cola para entrar al avión, con las gafas de sol puestas, para que no se viera que no paraba de llorar, pero creo que no funcionaba muy bien. Sin más, nos hicieron pasar. Y fue cuando empezó el viaje más horrible de toda mi vida.