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domingo, 4 de enero de 2009

Vida de una nómada

Hace mucho que no escribo. Pero una vez leáis las líneas que aquí siguen, comprenderéis un poquito más que está pasando con mi vida estos últimos tiempos.

El piso, como ya sabréis, tuve que abandonarlo el 28 de Noviembre. Desde entonces, no tengo lugar donde vivir. He estado durmiendo un tiempo en la casa de los chilenos, mientras tenían una cama libre, de esta manera, salíamos beneficiados dos: La persona que en ese momento no se encontraba viviendo con nosotros, pues su renta era pagada, y yo, que tenía un sitio para alojarme. Pero esto, terminó el 12 de Diciembre, cuando me fui de viaje a Perth, y a la costa Oeste.

Mi viaje a Wastern Australia fue maravilloso de partida, pero la soledad de estar 12 días incomunicada se hace notar, y el 24, deseosa de compañía, me volví a Sydney. Como mi vuelo era muy temprano y en estas ciudades, no hay manera de llegar de forma apropiada a los aeropuertos si se trata de estar allí de madrugada, aproveché y como una indigente cualquiera, me puse una almohada en el suelo, y tapada con una mantita, intenté dormir entre las cintas de transporte del equipaje de llegada. Sinceramente, no se lo recomiendo a nadie. Demos gracias a que el vuelo de vuelta lo operaba Quantas, y al menos, tuve un desayuno decente.

A mi llegada de nuevo a la casa de mis chilenos, no sabía lo que me esperaba. A las 2 de la tarde, dejé mi equipaje y salí corriendo a comprar los ingredientes para dos tiramisús destinados a ser el postre de la cena de Navidad, y que he de decir, que me salieron deliciosos. La española se encargaba de los postres, mientras que los chilenos se encargaban de la cena principal. Pudimos disfrutar de un increible pavo asado con zumo de naranja, que en un primer intento, quedo estupendo. También carne asada, y ensaladas de todos los tipos, distintos arroces... De aquella cena, nos quedo comida casi para el resto de nuestra estancia.

Con más gente que en la guerra, la casa estaba el día de la fiesta de Navidad que pensé que se colapsaba. Tuvimos cada uno nuestro regalo, pues hicimos un amigo invisible entre nosotros. Claro, que siempre hay errores, con lo que Silvana recibió un regalo de dos personas distintas, dejando a Marine sin su sorpresa. La verdad, mi sentimiento de culpa era infundado, pero aun así...

Aquella noche, al menos pude dormir en un cama. Para las siguiente, mis expectativas de encotrar un espacio libre en la casa decayeron drásticamente, y previendo que me tocaban 10 días de dormitar en el suelo de el salón, compré un colchón inchable que me ha salvado la vida.

Navidades en verano son demasiado raras, se merecen su propia entrada (si algún día tengo tiempo), pero decir que la estancia en una casa para 6 personas, que alojaba algunas noches hasta 18, se hizo algo complicada, pero la gente siempre estaba donde la necesitabas.

Año nuevo pasó, y el 2 de Enero esa casa debía ser desocupada. Tuve que buscar una amiga que me hiciera el favor de guradarme la tabla de surf y cuidara de mi pez (al que entre Judith, la hermana de Roland, y yo, le cambiamos su casa, con lo que ahora puede nadar en una pecera más grande). Anne se ofreció sin ningún problema, y también nos alojó una noche en el suelo de su salón, cosa que Roland y yo, los dos pobres indigentes, agradecimos en el alma, pues estabamos dudando entre dormir esa noche en la playa o en la universidad, y teniendo en cuenta que llovía... Sydney en año nuevo está a rebosar de gente, si quieres un albergue para esas fechas, acuerdate de reservarlo al menos con 6 meses de antelación.

Ahora estamos dos días en un albergue en la ciudad. No es barato, pero al menos, nos permite dormir en una cama después de lo que parecía una eternidad de gente yendo y viniendo, ruidos, e incomodos lugares donde pasar la noche.

Mañana vuelo hacia Brisbane. No es un vuelo demasiado feliz pues es la despedida final de una era. A mi vuelta, ninguno de mis antiguos compañeros de piso quedará en Australia. Sé que algunos de ellos serán muy buenos amigos mios durante mucho tiempo, pero nunca será como ahora. Intento centrarme en la idea de viajar, que me sube el ánimo. No tengo muy claro cuando volveré. No sé cuando podré volver a escribir. Mi plan es que un chico que vive en Queensland, Chris, me lleve en su coche y me la muestre, como solo un autoctono puede hacerlo. Pero me tocan entre 2 y 3 semanas de dormir en campings y coches. De ahí, tomaré un vuelo a Melbourne para visitar a otros amigos. Espero que para entonces, pueda dormir en una cama de verdad. Finalmente, mi último destino espero que sea Tasmania.

Planeo mi vuelta para la segunda semana de Febrero. Entonces, podré empezar a conocer a la nueva generación de estudiantes que entran en la universidad, buscar amigos, e intentar realquilar mi antiguo piso para tener por fin una casa, tras tres meses de ser una ocupa.

Una vez finalizados todos estos viajes, gestiones y presentaciones, el 23 de Febrero empiezan las clases, pero creo que me merezco algo más, con lo que el 26 de Febrero, partiré de visita a Hawaii. Las primeras semanas de clase nunca sirven de nada.

viernes, 10 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 3

La mañana volvió a amanecer nublada. Desayuné en la terraza del comedor, a la vista del lago, con Rena, Ross y Willy. Nos entretuvimos un buen rato dando de comer a los peces. Les echábamos pan de molde, y esperábamos a que el más grandes de todos subiera a la superficie a comer. Cuando veías a todos los pequeños huyendo despavoridos, podías apreciar una sombra de más de un metro de largo acercándose con lentitud, para poco después, volver a desaparecer en las profundidades.

Nuestro tour nos llevó a comprar algo para comer, y algo para los niños que íbamos a visitar ese día. Pues era el día "cultural". Nos llevarían a una escuela primaria, a que apreciáramos cómo son educados el futuro de Fiji, y nos dieron la oportunidad de llevarles regalos. Por menos de 2€, les llevé cuadernillos de trabajo, lápices y ceras de colores, sacapuntas y gomas de borrar. Otros compraron algunos juguetes y caramelos. Juntamos una cantidad considerable.

Pero esa no era nuestra primera parada. Nos vestimos con nuestro sarong, una camiseta de manga corta y nos quitamos gorras y gafas de sol. Nos adentramos en un bosque cerrado, por un camino de tierra (nuestro autobús todoterreno no tenía miedo a nada) y en medio de una montaña, alejado de toda civilización, encontramos el poblado que íbamos a visitar. El jefe de la aldea nos acogió en su casa. Y allí, pudimos vivir una verdadera ceremonia Kava. Dejadme explicar primero qué es el Kava, para después, contar en qué consiste la ceremonia.

Kava, la bebida típica de Fiji. Se trata de una raíz hecha polvo, la cual, con una bolsa de trapo, como si de té se tratara, se mezcla con agua fría. A la vista, parece agua sucia, y curiosamente, su sabor es como de agua sucia. Sin embargo, es muy popular en las islas, y todo el mundo la bebe. ¿Por qué? Básicamente, pos sus efectos. La primera vez que la bebes, puedes notar que la lengua se te duerme. Si sigues bebiendo, los efectos se multiplican, y puedes, desde dejar de sentir la mitad de tu cara, a no poder andar, y hasta caer dormido mientras estás hablando. Situaciones de borrachera muy cómicas, pero si una pizca de alcohol.

La ceremonia comenzaba con nuestro jefe del poblado (Ben) y nuestro "orador" oficial (Ross), presentando nuestro regalo al jefe de la aldea, una raíz de Kava. En Fiji, lo que el dinero no puede, el Kava lo consigue. Los hombres entraron primero y se sentaron en círculo alrededor del bol para la mezcla. Las mujeres tuvimos que entrar después, y sentarnos detrás. Ellos, deben sentarse con las piernas cruzadas, mientras que nosotras debemos colocarlas a un lado. Y en esta postura, esperar sin movernos hasta que termine. Entonces, el jefe empieza a hablar, pero no os puedo asegurar lo que cuenta, pues habla en la lengua de Fiji. Después, empieza la mezcla del Kava. Entonan algún tipo de oración para que el Espíritu bendiga la bebida, y después, dan palmas tres veces. Y entonces, empiezan a repartir en pequeños cuencos hechos con cáscara de coco el brebaje recién mezclado. Empezando por nuestro jefe, este tiene que dar una palmada, decir salud (ya explicaré algunas palabras en la lengua de Fiji), beber todo lo ofrecido de un trago, devolver el bol, y dar tres palmadas mientras se da las gracias. Y este rito debe ser repetido por todo el mundo. Cuando todos han tenido su ración, se comunica que hemos sido aceptados en la aldea. Las mujeres, son separadas del grupo, y se nos enseña cómo hacer brazaletes de madera de palmera, mientras los hombres siguen bebiendo y hablando con los hombres del poblado. Sinceramente, prefiero los brazaletes.

También nos sacaron tarta recién hecha, y pudimos pasar un gran rato con aquella maravillosa gente. Para terminar la ceremonia, tuvimos que regresar a nuestros sitios, beber otro trago y dar las gracias. Y eso fue todo. Nuestro orador oficial había bebido aproximadamente 15 copas, así que le costaba un poco coordinar sus movimientos. En el autobús, disfrutó de una reparadora siesta.

Nuestra siguiente parada se suponía que iba a ser un río, en el que íbamos a poder hacer rafting, pero llovía bastante, el agua estaba muy turbia y podía llegar a haber peligro de una posible riada, con lo que esta actividad nos la saltamos. No me importó demasiado, porque la verdad es que tenía un poco de frío y no me apetecía volver a pasar lo del día anterior. Con lo que nos dirigimos directamente a la escuela.

Al ver llegar el autobús, los niños se pusieron como locos. Estaban realmente emocionados de vernos, porque significaba que iban a recibir algún tipo de regalo. Los colegios que visita el tour van cambiando, con lo que se regresa al mismo aproximadamente cada 3 semanas. Así que estaban muy excitados. Entramos en cada una de las clases, y los profesores nos contaron cómo enseñan, y cómo son los niños. Algunos viven en poblados muy lejos, y han de levantarse a las 6 de la mañana para después, caminar durante 12 kilómetros. Y a veces, sin posibilidad de alcanzar su objetivo, pues el río se ha inundado y no pueden pasar. Las clases son en inglés, ya que es el idioma oficial de las islas, a pesar de que estos niños solo saben hablar el dialecto de su aldea, con lo que hace el aprendizaje algo complicado. Tras las explicaciones, todos nos cantaban alguna canción. Los más mayores también nos hacían preguntas. Tuvimos que decir en 4 clases distintas nuestros nombres, de dónde éramos, el tiempo en nuestros países y en qué trabajábamos. Yo era la única original de España. La mayoría de los demás eran de Inglaterra, lo que lo hacía un poco aburrido. Por esa razón, Ross adoptó una nacionalidad distinta en cada clase, desde americano hasta islandés, para hacerlo más interesante. Lo mejor de todo eran las caras de felicidad de los niños cuando veían que tenían regalos, y les repartían los caramelos. Lo peor, cuando les preguntábamos qué querían ser de mayores, y la mayoría de ellos contestaban que soldados. Entonces veías esa tierna carita sufriendo de dolor en alguna guerra, y a mí, se me partía el corazón. Apartaba la vista cada vez, pues no quería imaginar esa inocencia quebrada por matar a un semejante. Puede que esté exagerando, pero un niño que quiere ser soldado no debería ser algo normal.

Finalmente, nos dirigimos hacia nuestro próximo resort: Volivoli Beach. Lugar paradisíaco donde los haya. Con una playa para ti sola, cogimos un kayak para recorrer la bahía, pues de pronto, había salido el sol y la temperatura era perfecta. Caminé por la arena blanca, adentrándome por un banco que me llevaba hasta el medio del mar, de manera que parecía "Silvana caminando sobre las aguas". Aproveché para coger algunos mangos del árbol que había subiendo a nuestra habitación (de 8 personas, con 2 baños cada una), y finalmente, disfruté de un maravilloso anochecer desde una tumbona en la playa. Una de las visiones más hermosas que he tenido.

La noche se presentó divertida. Nuestro animador, Sasa, nos apuntó a todos para hacer otra carrera de cangrejos. El mío era el número 6, y lo volví a llamar Pepa. Después de conversar un rato con los locales alrededor de un bol de kava (cómo no), se celebró la competición. Los tres primeros en salir del círculo ganarían una bebida gratis. Pepa consiguió el bronce, y yo me hice con un daikiry de margarita. Después, seguimos con otros juegos para pasar la noche. Tras ellos, Sasa nos deleitó con 2 danzas típicas de Fiji. La primera, fue "Lady Marmalade", disfrazado con una minifalda rosa y una peluca rubia. Le segunda, sí que era típica de Fiji, pero normalmente bailada por mujeres, y con otra minifalda y con sombra azul en los ojos. Un poco subrealista, pero tremendamente divertido.

Finalizamos la noche con una hoguera en la playa completamente a oscuras. No aguanté mucho, y me fui a la cama a eso de las 11 y poco. Fue un día más relajado que el resto, pero igualmente agotador.

martes, 7 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 2

Amaneció lloviendo. Temiéndome lo peor, me rocié entera con mi spray anti mosquitos. Me encaminé al comedor, observando que los cientos de ranas de la noche anterior se habían escondido con las primeras luces. Mi desayuno fue cuanto menos, abundante. Las caras de la gente que me rodeaba eran de total incredulidad. Rena no paraba de reírse, viéndome comer. Pero cuando te ponen un buffet libre de aquellas maravillosas frutas, no puedes contenerte.

Rehíce mi maleta, pues a las 8:30 empezaba de nuevo la aventura. He de recomendar para este tipo de viajes, una mochila, pues es más cómoda. La maleta es demasiado aparatosa y poco práctica. Además, pesa demasiado.

Paramos un momento en un supermercado para comprar nuestra comida y agua para el largo día. Allí recogimos a Ross, nuestro nuevo compañero de viajes, irlandés. Me hice con un sandwich de muchas cosas, no sabría decir, una papaya, cacahuetes y galletas oreo de crema de chocolate y mantequilla de cacahuete. Parece mucho, pero el día prometía.

Llegamos a un lugar apartado de todo, dispuestos a comenzar una marcha de 3 horas por el bosque tropical. Con una camiseta de tirantes, unos pantalones shorts y mis botas de trekking, salí del autobús. Nublado como estaba, con un frío viento y ligera lluvia, era poca ropa. Nos resguardamos del frío todos tras la Máquina Verde. Nos vino a buscar un camión donde nos subimos como los soldados yendo a encarar la muerte. Solo que nosotros ibamos a encarar a la naturaleza. Un largo camino lleno de baches a través de un camino que debía ser de tierra, pero que en aquel momento, se trataba de un cúmulo de barro fresco, nos llevó hasta lo alto de un monte. Allí bajamos todos. Un guía local encabezaba el grupo, mientras que Cam lo iba cerrando. Rena y yo nos pusimos en primer lugar, y cuando nos quisimos dar cuenta, nuestro guía había echado a correr y desaparecía en la lejanía. Tener un guía para esto, la verdad es que es de poca utilidad.

Así que liderando nuestra marcha, comenzamos a caminar por un camino de arcilla resbaladiza, del que bajaban riachuelos de agua de lluvia. El camino era alucinante. La vegetación frondosa, nos rodeaba por todas partes. El frío desapareció y fue reemplazado por un calor sofocante. Gracias a que no hacía sol, y la ligera lluvia (solo en un principio, después se fue haciendo más densa), se ocupaba de mantenerte fresca. Cuando quise darme cuanta, Rena y yo estábamos solas. Nadie delante, nadie que nos siguiera. Y esto continuó así durante horas. El Scout que llevo dentro salió a flor de piel. A veces, me entraba un poco el pánico, pues pensaba que estábamos perdidas en medio de un bosque, donde nadie podría encontrarnos nunca. Y al rato, te percatabas de que en la siguiente curva, había un cartel que decía "Este camino", con lo que muy desencaminada no ibas. Una vez cada hora, aproximadamente, encontrabas al guía, esperando en un lugar aleatorio. Y cuando todos nos reuníamos, salía corriendo hasta la siguiente parada.

Las botas resistentes al agua fueron una gran idea las dos primeras horas de marcha, pues era la única de todo el grupo que seguía teniendo los pies secos. Pero cuando el camino desapareció y nos metimos a caminar por el río... El agua entró por la parte de arriba y el peso aumentó considerablemente. Y por aquello de que no dejan entrar el agua, tampoco la dejan salir... Os podeis hacer una idea de cómo aumentó esto el nivel de dificultad de mi camino. Yo iba tan contenta, porque conociéndome, aun no me había caído ninguna vez, cuando metí el culo en el río. Me resbalé y acabé mojada hasta la espalda. Tampoco me importó mucho, ya que de todas maneras, la lluvia ya había hecho gran parte del trabajo anterior.

En el último tramo de camino, descubrí que estaba completamente sola, en medio de un lugar completamente desconocido, sin nadie que me pudiera ayudar cerca. Al menos, el camino estaba claro, así que seguí adelante hasta que pude divisar el río. La bajada fue agarrada a una cuerda, pues no confiaba en mi estabilidad. Al llegar, encontré a nuestro guía, Rena y dos barcas, una de ellas conducidas por Willy, donde habían traido nuestra comida. Volví a rociarme por enésima vez con mi spray para insectos, y me comí mi almuerzo con demasiadas ganas, tras casi 4 horas de marcha.

Lo que nos esperaba entonces era aun más curioso. La bajada del río, la ibamos a hacer en flotadores. Con un salvavidas y completamente vestidos (botas incluidas), nos metimos al agua, que estaba helada. Flotando entre rápidos, agarrándonos a las barcas cuando nos cansábamos, esquivando los lanzamientos de cubos de agua que nos tiraban los conductores de las barcas para divertirse, acabamos llegando a una cascada. Allí hicimos una parada para realizar varios saltos dentro de la cascada (también con las botas). El salto era refrescante, cuando menos.

De allí, nos montamos en los barcos, para el último tramo de río hasta nuestro autobús. El viaje fue de una hora. Lloviendo como estaba, completamente mojados, y con el gélido aire cortando la piel, nos acurrucamos en grupos tras plásticos para parar el agua que salpicaba del río. Empecé a ponerme de un color azul poco sano. Nunca había tenido las rodillas moradas. Mientras nuestras barcas navegaban a toda velocidad para llegar cuanto antes a nuestro destino, los murciélagos de un metro de embergadura de alas, sobrevolaban nuestras cabezas...

Al llegar a tierra firme, pudimos cambiarnos de ropa, pues la teníemos preparada para la ocasión, y empezamos a encontrarnos mejor. Disfrutando de nuestra experiencia en la naturaleza más salvaje, dimos una pequeña vuelta por Suva, la capital de Fiji, ciudad algo más grande que Nadi, pero también bastante pobre.

Llegamos a nuestro Resort para esa noche: Raintree Lodge. Allí nos metieron en una especie de casa con varios pisos, donde pudimos darnos una reparadora ducha de agua "caliente", rociarnos con más repelente (al menos yo, porque al estar durmiendo sobre un lago, me daba pánico la cantidad de mosquitos que podían aparecer a devorarme), y cenar. Pude disfrutar de un pollo con plátano de lo más delicioso, mientras Cam, en un acto de espontaneidad, vestido con la ropa típica de los aborígenes, nos interpretaba unas danzas típicas, moviendo las caderas a una velocidad trepidante.

Esa noche era el cumple de Sean, así que nos fuimos a un pub irlandés a celebrarlo, comprándole una tarta de color azul, la cual no era nada excepcional, pero que al menos, hacía las veces de celebración. Tan cansados estábamos que a eso de las 11, cogimos un taxi para nuestro albergue Rena, Ben, Becky y yo. Fueron más de 20 minutos de carrera, y nos costó 10 dolares de fiji (algo así como 4,50€). Aquella noche casi muero intoxicada de la cantidad de repelente que me eché, pero al menos, ningún mosquito me mordió.

domingo, 5 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 1

A las 8 de la mañana, vino a buscarme mi autobús. Un vehículo verde, que parecía sacado de una película antigua, al cual no le funcionaba el aire acondicionado, y cuyo asientos parecían deshacerse con solo mirarlos. Yo fui la única en ser recogida en Nomads Skylodge, mi albergue. Una chica canadiense y dos ingleses venían directamente desde el aeropuerto, recién llegados a Nadi (que aunque no es la capital de Fiji, pues la capital es Suva, y ni siquiera poder llamarse ciudad, por no tener los suficientes habitantes, es donde se encuentra el aeropuerto internacional). Fuimos recorriendo varios resorts a lo largo de Nadi para recoger al resto de los pasajeros (en total 19) de la Máquina Verde, apodo cariñoso para el autobús del tour de la empresa Feejee Experience que nos iba a llevar durante 4 días alrededor de Viti Levu, la isla principal del archipiélago de Fiji (que está formado por un número de islas alrededor de 322). En el último alojamiento resultó estar Rena Nelson, la chica de Jersey que había conocido el día anterior en el aeropuerto. Se sentó a mi lado, y desde entonces, fuimos poco menos que inseparables.

Nuestra andadura comenzó presentándonos. De entre todos, podíamos contar con una canadiense, una chica de Jersey, una chilena (que nos abandonó al final del primer día y que fue remplazada por un chico de Irlanda), y dos irlandesas. El resto de los pasajeros resultaron ser todos del Reino Unido, con el factor común de que estaban viajando solos o en pareja (ya sea de amigos o de amantes) por todo el mundo, y que llevaban un mínimo de 8 meses en ello. Nuestro guía se llamaba Cam. Llamarlo gay es decir poco. Y el conductor era Willy, un hombre encantador, que conducía muy bien para meternos con ese autobús por caminos de piedras casi intransitables para un coche normal.

Nuestra primera parada fue por supuesto Nadi. Sus calles llenas de tiendas para turistas, en las cuales nos querían meter todos sus empresarios, no son lo más bonito de Fiji. Es una ciudad muy pobre y sucia. Pero tiene un mercado de frutas en el cual puedes encontrar desde piñas limpadas en el momento por 1.5 dolares de Fiji (unos 70 céntimos de Euro), hasta kilos de mangos por unos 40 céntimos de Euro, que comparados con el precio que tienen en Sydney (unos 3 Euros por unidad), la verdad es que alegraban la vista y el gusto. Teníamos un deber muy claro: comprar un sarong. Se trata de un pareo normal, y que teníamos que vestir como falda larga de forma obligatoria para entrar en cualquier poblado del país, tanto mujeres como hombres, pues el la prenda típica para todo el mundo. El mío es verde oscuro con unas flores dibujadas. Ya lo veréis en las fotos. Tras una hora de compras poco fructífera, nos dirigimos a la playa de Natadola. Paradisíaca y maravillosa, con un agua cálida y arena blanca. La única pega que le pongo es le viento de ese día, y que hacía la estancia algo más incómoda de lo deseado. Cam Y Willy nos hicieron una barbacoa en un momento, y a la orilla del Pacífico tropical, pudimos comer salchichas, pollo, bacon, ensalada y multitud de frutas limpias: papaya, piña, plátano verde (pues en Fiji, el plátano que se come es el verde, y el amarillo se usa para cocinar) y sandía.

Nuestra siguiente parada fue el poblado nativo de Malomalo. Tuvimos que ponernos nuestro sarong, una camiseta con mangas, quitarnos las gafas de sol y las gorras, pues en caso contrario, la vestimenta no es respetuosa con los habitantes. Allí dimos una pequeña vuelta y nos metimos en la choza del jefe, por la puerta de los visitantes. Nos contó Cam de las costumbres ancestrales del canibalísmo en las diferentes tribus, y podimos ver a la entrada de la cabaña, un montículo de piedras, usadas para decapitar a los seres humanos que iban a ser comidos. No muy agradable. Pero pudimos aprender mucho, aunque sinceramente, a mí me dio un poquito de miedo, a pesar de que nos aseguró que hacía casi 200 años que no se practicaba el canibalismo. A saber.

Nuestra última parada fue una duna enorme donde pudimos tirarnos con tablas de body-surf. Hacer surf en la arena es bastante gracioso, la verdad.

Finalmente, llegamos a nuestra parada para dormir: Mango Bay Resort. Un lugar increible, a la orilla del océano, apartado de toda civilización, en plena Bahía Coral, completamente rodeado de una frondosa vegetación verde. No tengo palabras para describirlo. Me tumbé en una hamaca en plena noche en la playa, a disfrutar del sonido de las olas. Para cenar pedí Ika Vakalolo, pescado con leche de coco. Magnífico el pescado de Fiji. Más tarde, pude asistir a mi primera carrera de cangrejos. Mi cangrejo, llamado Pepa, compartido con Rena y Pilar, no ganó, como de costumbre. Pero aproveché para coger ranas, e intentar besarlas, a ver si encotraba a mi príncipe azul. No tuve éxito, y eso que ranas me sobraban, pues a cada paso que dabas, saltaban unas 10, sin exagerar.

Dormimos en una habitación compartida por todos. Un dormitorio de unas 30 literas, cada una con su mosquitera. Sin ningún problema, me acosté a eso de las 23:00, exahusta de un día lleno de emociones, y dormí la lluviosa noche entera, pues la gente que me acompañaba era de lo más respetuosa, y la mitad de ellos ya llevaban un buen rato durmiendo cuando yo me metí en la cama. Empecé a usar en ese momento mi repelente de mosquitos tropicales, que ha sido la compra más inteligente que he hecho desde hace mucho. Una sola picadura en todo el viaje, y porque una mañana me olvidé de rociarme, cuando el resto de mis compañeros estaban totalmente comidos.

En "resumen", mi primer día en Fiji fue emocionante, pero no tanto como pudieron ser todos los que siguieron.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Del tiempo y maratones

Bueno, hoy tampoco me apetece contar historias elaboradas, aun tendrán que esperar. Tengo al menos tres en mente, pero son algo intemporales.

Contar que este fin de semana, ha sido el mejor que he tenido desde que llegué a Sydney. Resulta que en esta ciudad, oficialmente existen las 4 estaciones que todos conocemos, pero en realidad... Se reducen claramente a mi parecer en 2: invierno y verano. Cuando llegué todos sabéis que era pleno invierno. Debías ponerte tu abrigo, sudadera, camiseta de manga larga... Pero el 1 de Septiembre, en teoría, entra la primavera. En realidad, lo que entró ese día fue una tormenta de vientos huracanados y lluvias torrenciales, que duró más de 4 días sin parar, y que hicieron que la venta de paraguas se disparara, pues la imagen más común si te atrevías a salir a la calle era gente intentando que su paraguas dado la vuelta y completamente roto, les tapara al menos una pequeña porción de su ya de por sí calado cuerpo. Ese fin de semana aproveché para pasarme por el "Sydney Acuarium". Por supuesto, yo sola, como ya es costumbre. Aprovecharé una entrada completa para poder comentar con toda tranquilidad la experiencia de cruzar túneles repletos de tiburones, pero este no es el momento. La semana que lo siguió fue algo más cálida, sin tantas lluvias, pero te seguía obligando a abrigarte.

Mi fin de semana podría decirse que empezó el Martes, cuando empecé con mis clases de salsa gratuitas. Me lo pasé tan bien, que decidí que a pesar de tener una clase de Software Engineering el Viernes a las 9:00, el Jueves quería pasarme por La Cita, pub de salsa, lugar de reunión obligatoria de todos los estudiantes internacionales. Para ser sincera, no me gustó especialmente. Era como estar en un club con música de "pachanga" cualquiera de España, pero repleto de gente. Pude escuchar desde Juanes hasta reggeton electrónico de lo más raro. Eso sí, yo allí era la reina... La gente me preguntaba emocionada "¿pero tú entiendes la letra? ¿Qué dice?". No quieras saberlo, de todos es sabido que este tipo de música no destaca por su cuidada lírica. A la una, Kristin, mi compañera de piso alemana, y yo decidimos que era hora de volver a casa. Pero claro, no contábamos con perder el bus, tener que esperar más de 20 minutos al siguiente, pasar más de 45 de viaje, y luego, otro cuarto de hora andando desde la parada hasta el piso. Total, que nos plantamos en nuestro destino a las 2:30, justo 5 minutos antes de que Paolo, mi compañero italiano, llegara del mismo lugar, del que había salido cuando le habían echado, y cogiendo un taxi, había realizado un trayecto de 15 minutos. Ni que decir, que me dieron ganas de tirarme por la ventana, pero iba a ser poco efectivo, pues vivir en un primero te priva de este tipo de privilegios.

Así que el Viernes, con eso de que tengo clase de 9 de la mañana hasta 9 de la noche, fue algo cansado. Aunque pude disfrutar de una agradable charla con Roland, mi compañero holandés, durante más de una hora, al atardecer, una tarde de compras, pues necesito ropa de verano urgentemente, pues ir a Fiji con pantalones largos y chaqueta es algo ridículo, e hincharme a galletas de chocolate con Diogo, mi compañero brasileño, pues está un poco depre y necesita animarse. Cuando llegué a casa, nuestra noche consistió en noche de chicas. María, mi compañera chilena decidió que íbamos a usar su cera para depilarnos el bigote. Fue una experiencia de lo más graciosa, pues Kristin nunca se había depilado el bigote, y tampoco había usado cera caliente. Así que los gritos eran bastante curiosos...

El caso es que el Sábado me levanté a las 8 para poder llamar a Bea y felicitarle su 22 cumpleaños. Salí a la terraza para poder hablar con comodidad... Y me di cuenta de que era pleno verano. De pronto, el sol te saludaba con un cálido "buenos días", y la templada brisa que te acariciaba el cuerpo te invitaba a no volver a entrar en casa. Y parece que no era la única que pensaba así, pues Arthie, mi compañero californiano, me propuso irnos a la playa en ese mismo momento. Y sin ninguna objeción, me puse el bikini, y a las 9:30 nos dirigimos a Bondi Beach. Primero aproveché para comprarme una toalla de playa y crema solar, y después, recogiendo a Diogo, aparecimos en la playa... Primer día de buen tiempo, y no cabía un alma. Me dediqué a pasear toda la orilla sintiendo una agua que aun helaba los pies, pero que era de lo más agradable. Al rato, llegó Line, mi compañera de habitación, danesa, y le pedí que me acompañara en un fugaz baño, pero finalmente, solo yo tuve el valor de lanzarme. Fría es poco.
Nuestra idea en un principio consistía en ir a comer a casa, pues además teníamos que estudiar. Pero se estaba tan bien, que llamamos a Paolo y le dijimos que nos trajera todo el pan que encontrara por casa, el embutido y la lechuga. Y así, nos hicimos unos sandwiches crujientes que nos supieron a gloria. Y allí tirados nos quedamos el resto del día. Cuando Roland decidió que era hora de levantarse (debía ser la 1), se unió a nosotros, con zambullida incluida.

El viento arreciaba, así que nos volvimos a casa. Pero antes, hicimos una parada en la pizzería a merendar. El piso era como un horno a nuestra llegada. Y hablando de hornos, no sé cómo llegamos al punto de que esa noche no queríamos salir, que queríamos hacer noche de películas... Pero no de películas cualquiera. Alquilamos El Señor de los Anillos al completo, dispuestos a hacer maratón. Con palomitas y vino, empezamos a las 9:30 nuestra andadura, Roland, Line, Arthie y yo. Line nos abandonó antes del final de la primera, a eso de las 12. Arthie no pudo aguantar más que el breve comienzo de la segunda, y a la 1:30 se fue a dormir. Y Roland y yo, los más frikis sin ninguna duda, planeamos ver solo una pequeña parte de la 2ª, pues un día de playa destroza a cualquiera. Cuando decidió abandonarme a las 4:20, solo quedaban 10 minutos para el final. Al acabar, regresaron de su noche loca Paolo y Diogo, borrachos como cubas. Menos mal que aun estaba en pie, pues si no, los podríamos haber encontrado en los sofás plácidamente roncando a la mañana siguiente.

La mañana siguiente comenzó en mi caso a las 11:30. En el caso de los fiesteros y de Roland, a la 1. Paolo se levantó con ganas de El Retorno del Rey, pero Roland y yo acordamos que lo mejor era verla por la noche, que íbamos a hacer prácticas. Según me senté delante del ordenador, llegó pidiendo una sola hora de película. Y otra vez, a las 16:30, finalizamos nuestra maratón. Orgullosos de nuestra hazaña, ya estamos planeando la siguiente maratón de Star Wars. Pero esta, tendrá que esperar a que vuelva de mis vacaciones en Fiji.

martes, 2 de septiembre de 2008

Moverse por la ciudad

Primero, una pequeña introducción sobre el transporte público en Sydney. Existen tres grandes redes con las que te puedes desplazar: CityRail (también llamado en español red de trenes), Sydney Buses (una red de autobuses cualquiera) y Sydney Ferries (para moverte por la bahía, lo mejor son los ferrys). Aquí es caro todo, así que también lo es el transporte público. Como en toda grande ciudad, existen distintas zonas, con distintos precios, dependiendo de la distancia al centro. La zona roja es la de Sydney tal y como se conoce, así como la playa más famosa, Bondi Beach, lugar de mi residencia habitual y parte de la zona norte, donde se encontraba Greenwich Village. La zona verde incluye Manly Beach, la otra gran playa de Sydney, así como Parramatta, un pueblo en las afueras y el estadio olímpico. Se puede comprar un abono combinado para coger cualquiera de las tres redes en la zona deseada, exactamente igual que en Madrid. Salvo que aquí el abono es semanal (como casi todo), y que el precio para la zona roja, la más pequeña, es $35 (unos 21€). ¡Pero tranquilos todos! Aquellos estudiantes con una beca, que sean de intercambio, tenemos un descuento del 50%, con lo que tampoco nos resulta tan disparatado el precio.

Ahora, comentar un poco cada una de los tres medios. En primer lugar, el más usado, el tren. Posiblemente el lugar más sucio de todo Australia pueda encontrarse dentro de uno de estos vagones. Con eso de que no hay ni una sola basura en toda la estación, dentro de los trenes puedes colocarte en un asiento en el cual, tu compañera sea una cáscara de plátano, por poner un ejemplo. Y la decoración no ayuda, pues todos los artistas urbanos han decidido al unísono, dejar su rubrica en las paredes, asientos, techos, ventanas. Y algún honrado trabajador ha decido que ese arte no va con él, e intentando borrar lo escrito, lo único que ha conseguido ha sido dejar nubes borrosas de colores sin definir por todas partes. Es bastante tétrico, parece que te encuentras en las mismísimas Cuevas de Altamira.
La mayoría de los trenes tienen asientos abatibles. Esto te sirve para varias cosas. En primer lugar, si te mareas viajando de espaldas, cambias la dirección de los asientos y listo. En segundo lugar, si la persona que te toca enfrente no te gusta, cambias de vista. La gente es muy antisocial.
Y por último, un dato curioso, con el que aun me cuesta lidiar: las puertas de los trenes tienen dos sonidos, uno cuando abren y otro cuando cierran. Al abrir, suena como cuando el Metro cierra, y cuando cierran, suenan como las del Cercanías. Con lo cual, si oyes las puertas abrirse, corres a que no se te escape el tren, y quedas como una estúpida, de carrera por la estación para llegar a un vehículo que aun va a estar parado durante un rato.

De los ferrys qué decir... Tienes la opción de ir dentro del mismo, o en la cubierta, sintiendo el gélido aire en tu cara, disfrutando de una vista increíble a tu alrededor, en un agua completamente azul, rodeada de edificios de lo más modernos, disfrutando del Sydney de las postales. Un paseo rápido, cómodo y muy agradable. Una pena que no te puedas mover por toda la ciudad en ferry, porque sería un gusto.

Los autobuses son como los de Madrid, salvo por el factor peligro comentado en el post anterior. Otra cosa curiosa es que nadie respeta las colas, y o estás atento, o te quedas sin sitio. Y esto te puede pasar tanto en el autobús como en el baño o en cualquier otro sitio. Guardar las colas es algo que no va con la gente que camina cabeza abajo.
Por la noche, algunos autobuses mantienen su itinerario hasta la mañana siguiente, otros paran, y otros hacen las veces de búho. El que me lleva a casa es el 386/387. Y ese, no tiene servicio nocturno. La última noche de viernes que estuvieron en Sydney Fabiola y Estefanía, fuimos a un restaurante japonés con un tren de sushi, y después, fuimos a disfrutar de la lluvia en el Opera House, por última vez para ellas. Después nos despedimos en el tren. Y yo, me volví sola a Bondi Junction, donde debo coger el bus. Mi mala suerte hizo que nada más llegar, el último bus, que pasa a las 12:15 se hubiera ido. Pero la suerte no me había abandonado del todo, y algo quiso que en ese momento, llegara a una plataforma más abajo el último 389, que no me queda muy lejos de casa. Claro, que lloviendo y de noche, no tenía muy claro donde debía bajarme. Y apelando a la legendaria amabilidad de los conductores de autobuses (que en a veces, hasta te explican como debes saludar en inglés en cada ocasión), le pedí que me avisara cuando estuviera en Murriverie Road, donde queda mi piso. Con lo que yo no contaba, era con que esa calle tenía tres paradas. Y no sabiendo qué decirle, una señora intentó ayudarme a decidir. Creo que entre los dos, acabaron decidiendo que yo era demasiado absurda como para dejarme en medio de la nada sin saber a donde ir, y como era el último autobús de la línea, el hombre más amable del mundo me dijo que me quedara hasta el final, y luego me llevaba a mi casa. Y así lo hizo. En la última parada pidió a todo el mundo que se bajara, pero a mí me dijo "tú tranquila, tú puedes quedarte". Y gracias a las pobres indicaciones que le había proporcionado momentos antes, supo conducirme sana y salva hasta la puerta del piso a la 1 de la mañana. Aun sigue pareciéndome inaudito, y si alguien me lo contara, no me lo creería. Pero Sydney es así.