Mostrando entradas con la etiqueta viaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viaje. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de marzo de 2009

Una gorda feliz

Hoy no me he preparado una entrada concreta, pero creo que va siendo hora de actualizar de nuevo este pequeño espacio de mi vida.

Se acabaron mis vacaciones. Posiblemente, las vacaciones de verano que recordaré el resto de mi vida. En primer lugar, por haberse desarrollado durante los meses de Diciembre, Enero y Febrero, ya que tras haber vivido los primeros 22 años de mi vida en el hemisferio norte, era algo completamente novedoso para mí. Y en segundo lugar, por haberme descubierto un mundo nuevo ante mis ojos. Como todos sabéis, estas empezaron el 28 de Noviembre cuando tuve que abandonar mi apartamento, lugar que aun sigo echando de menos, no tanto por el piso, si no por las personas que en él habitaban. Tras esto, la secuencia de acontecimientos es la siguiente:

- 2 semanas en Sydney en casa de mis chilenos.
- 12 días en Perth y la maravillosa costa Oeste.
- 10 días en Sydney para pasar unas Navidades y año nuevo como nunca imaginados.
- El 5 de Enero, comienza mi viaje en coche por la costa Este con Chris y Candee, durante dos semanas.
- El 21 de Enero, vuelo a Melbourne para alojarme en casa de mis buenos amigos Jamie y Dan, por dos semanas más, siendo uno de los mejores momentos de las vacaciones.
- El 4 de Febrero, aterrizo en Hobart, Tasmania, para pasar allí 4 días, visitando la ciudad y Port Arthur, y después, hacer un tour de 5 días al rededor de la isla, con el mejor guía que he tenido hasta el momento, John, y un grupo de personas que hicieron la estancia perfecta.
- El 12 de Febrero regreso a Sydney a mudarme a mi nuevo apartamento, con mis nuevos compañeros de piso (2 daneses, una alemana, una danesa y una francesa).
- El 26 de Febrero despego a las 6 de la tarde dirección Honolulu, para aterrizar tras 9 horas de vuelo el mismo día, pero a las 6 de la mañana.
- El 9 de Febrero, 8:15 am, abandono Hawaii para llegar a Sydney el 10 de Febrero a las 16:00 tras 10 horas y 50 minutos de viaje, con más de 5 horas de turbulencias.

Y aquí me encuentro ahora, escribiendo un pequeño resumen de todo ello. Cada apartado se merecerá una entrada. Espero poder mantener el ritmo de escritura al nivel de lo acontecido.

Con respecto al título de la entrada: Sí, estoy gorda. Debo haber engordado unos 20 kilos desde que dejé España. Y sí, estoy feliz. La vida es mas sencilla si eres capaz de mostrar una sonrisa en tu cara a lo largo del día. Pero esto, en mi naturaleza de persona estresada, también me tiene algo preocupada. He descubierto que puedo vivir sola. Antes, una parte de mi cabeza moría por tener compañía. Esa parte parece haber entrado en razón. La soledad no es algo que yo deba evitar a toda costa. Es más, estos 8 meses estoy disfrutando de ella más que nunca. Claro, siempre piensas que la gente que queda en tu país aun te quieren y te esperan. ¿Pero qué sucedería si no fuera así? Para mí eso era el fin del mundo. Sin embargo, ahora lo pienso fríamente, y sé que sin ningún problema podría comenzar desde cero en cualquier parte del mundo. No necesito raíces. Y esto me da miedo, pues alguien tan "libre" es difícil que encuentre su sitio. Puede que el mio no esté en Australia, pero ahora también dudo que se encuentre en España. A veces me enfada pensar que la gente se olvida de mí. Últimamente, me enfada más el echo de que más posiblemente, sea yo la que esté olvidando.

De todas maneras, esta no es una entrada inspirada. Esperad a las siguientes, cuando me haya asentado de nuevo y tenga los pies en la tierra, en vez de la cabeza en las nubes (de manera literal, pues desde aproximadamente el 17 de Noviembre, cuando Line tuvo que volver a Dinamarca de manera inesperada, he visitado un aeropuerto al menos una vez cada dos semanas, sin excepción).

domingo, 4 de enero de 2009

Vida de una nómada

Hace mucho que no escribo. Pero una vez leáis las líneas que aquí siguen, comprenderéis un poquito más que está pasando con mi vida estos últimos tiempos.

El piso, como ya sabréis, tuve que abandonarlo el 28 de Noviembre. Desde entonces, no tengo lugar donde vivir. He estado durmiendo un tiempo en la casa de los chilenos, mientras tenían una cama libre, de esta manera, salíamos beneficiados dos: La persona que en ese momento no se encontraba viviendo con nosotros, pues su renta era pagada, y yo, que tenía un sitio para alojarme. Pero esto, terminó el 12 de Diciembre, cuando me fui de viaje a Perth, y a la costa Oeste.

Mi viaje a Wastern Australia fue maravilloso de partida, pero la soledad de estar 12 días incomunicada se hace notar, y el 24, deseosa de compañía, me volví a Sydney. Como mi vuelo era muy temprano y en estas ciudades, no hay manera de llegar de forma apropiada a los aeropuertos si se trata de estar allí de madrugada, aproveché y como una indigente cualquiera, me puse una almohada en el suelo, y tapada con una mantita, intenté dormir entre las cintas de transporte del equipaje de llegada. Sinceramente, no se lo recomiendo a nadie. Demos gracias a que el vuelo de vuelta lo operaba Quantas, y al menos, tuve un desayuno decente.

A mi llegada de nuevo a la casa de mis chilenos, no sabía lo que me esperaba. A las 2 de la tarde, dejé mi equipaje y salí corriendo a comprar los ingredientes para dos tiramisús destinados a ser el postre de la cena de Navidad, y que he de decir, que me salieron deliciosos. La española se encargaba de los postres, mientras que los chilenos se encargaban de la cena principal. Pudimos disfrutar de un increible pavo asado con zumo de naranja, que en un primer intento, quedo estupendo. También carne asada, y ensaladas de todos los tipos, distintos arroces... De aquella cena, nos quedo comida casi para el resto de nuestra estancia.

Con más gente que en la guerra, la casa estaba el día de la fiesta de Navidad que pensé que se colapsaba. Tuvimos cada uno nuestro regalo, pues hicimos un amigo invisible entre nosotros. Claro, que siempre hay errores, con lo que Silvana recibió un regalo de dos personas distintas, dejando a Marine sin su sorpresa. La verdad, mi sentimiento de culpa era infundado, pero aun así...

Aquella noche, al menos pude dormir en un cama. Para las siguiente, mis expectativas de encotrar un espacio libre en la casa decayeron drásticamente, y previendo que me tocaban 10 días de dormitar en el suelo de el salón, compré un colchón inchable que me ha salvado la vida.

Navidades en verano son demasiado raras, se merecen su propia entrada (si algún día tengo tiempo), pero decir que la estancia en una casa para 6 personas, que alojaba algunas noches hasta 18, se hizo algo complicada, pero la gente siempre estaba donde la necesitabas.

Año nuevo pasó, y el 2 de Enero esa casa debía ser desocupada. Tuve que buscar una amiga que me hiciera el favor de guradarme la tabla de surf y cuidara de mi pez (al que entre Judith, la hermana de Roland, y yo, le cambiamos su casa, con lo que ahora puede nadar en una pecera más grande). Anne se ofreció sin ningún problema, y también nos alojó una noche en el suelo de su salón, cosa que Roland y yo, los dos pobres indigentes, agradecimos en el alma, pues estabamos dudando entre dormir esa noche en la playa o en la universidad, y teniendo en cuenta que llovía... Sydney en año nuevo está a rebosar de gente, si quieres un albergue para esas fechas, acuerdate de reservarlo al menos con 6 meses de antelación.

Ahora estamos dos días en un albergue en la ciudad. No es barato, pero al menos, nos permite dormir en una cama después de lo que parecía una eternidad de gente yendo y viniendo, ruidos, e incomodos lugares donde pasar la noche.

Mañana vuelo hacia Brisbane. No es un vuelo demasiado feliz pues es la despedida final de una era. A mi vuelta, ninguno de mis antiguos compañeros de piso quedará en Australia. Sé que algunos de ellos serán muy buenos amigos mios durante mucho tiempo, pero nunca será como ahora. Intento centrarme en la idea de viajar, que me sube el ánimo. No tengo muy claro cuando volveré. No sé cuando podré volver a escribir. Mi plan es que un chico que vive en Queensland, Chris, me lleve en su coche y me la muestre, como solo un autoctono puede hacerlo. Pero me tocan entre 2 y 3 semanas de dormir en campings y coches. De ahí, tomaré un vuelo a Melbourne para visitar a otros amigos. Espero que para entonces, pueda dormir en una cama de verdad. Finalmente, mi último destino espero que sea Tasmania.

Planeo mi vuelta para la segunda semana de Febrero. Entonces, podré empezar a conocer a la nueva generación de estudiantes que entran en la universidad, buscar amigos, e intentar realquilar mi antiguo piso para tener por fin una casa, tras tres meses de ser una ocupa.

Una vez finalizados todos estos viajes, gestiones y presentaciones, el 23 de Febrero empiezan las clases, pero creo que me merezco algo más, con lo que el 26 de Febrero, partiré de visita a Hawaii. Las primeras semanas de clase nunca sirven de nada.

lunes, 20 de octubre de 2008

Surfing Sil

Iba a escribir sobre Fiji, pero hay cosas que merecen ser contadas.

Una advertencia antes de empezar: Las fotos que siguen, no es solo que el neopreno engorde, que lo hace, si no que realmente estoy gorda. Increíble pero cierto.

Cuando vienes a Australia, ¿qué se espera que hagas? Surf, está claro. Y si vives a 10 minutos de la playa, tienes una tabla especial para aprender, encontrada en la calle, y estás dispuesta a comprar un traje de neopreno, la cosa está muy clara. Pero no se puede ir directamente a la playa, meterte en el agua y esperar a ver que pasa.

Por eso, decidí apuntarme a un campamento de surf. Se trata de un fin de semana en un parque natural en Gerroa, a dos horas al sur de Sydney, en una playa llamada 7 Mile Beach, preciosa, en una bahía inmensa. En ese lugar, las olas entran con mucha fuerza, pero en la zona norte, donde se encontraba el campamento, solo llegan pequeñas reminiscencias de las que rompen en la zona sur, lo que es perfecto para aprender. Además, el nivel del agua va creciendo muy gradualmente según te adentras, lo que hace muy fácil llevar la tabla, y no te obliga a nadar mar adentro para coger una buena ola. Además, el lugar era maravilloso.

El viaje empezaba el viernes a las 6 de la tarde, cuando el autobús venía a recogernos. Cenamos en la que se supone mejor hamburguesería de Australia... Estoy empezando a cansarme de hamburguesas, la verdad. El campamento tenía unas buenas instalaciones, y me puse a compartir una habitación para cuatro con otros dos chicos de Holanda, que estaban empezando su viaje por el país. Muy majos, la verdad.

Por la mañana nos despertaron con el desayuno en la mesa a las 7, con frutas, cereales, zumo, tostadas, café, té, mermeladas varias, mantequilla de cacahuete, judías blancas... Un desayuno completo, pues a las 8:30 empezaba nuestra primera clase de surf. Dos largas horas en las que nuestro mayor deseo era ponernos en pie en la tabla...

Muchos consejos y teoría, consiguieron lo imposible. Claro, que también hay que tener en cuenta que se tratan de tablas especiales para aprender. Son muy grandes, y blandas, como una especie de pequeño bote que te permite flotar sin ningún problema. Y también, las olas eran fáciles de coger, pues se trataban de olas de subida de marea, que vienen con velocidad, pero rompen gentilmente.

La comida la tuvimos a las 11:30, y la siguiente clase de 2 horas, de 13:30 a 15:30. El problema es que por ese entonces, la marea comenzó a bajar, y las olas se convierten en las favoritas de los profesionales, pero un tormento para los aprendices. Altas, rompen rápido y forman el famoso tubo que todos hemos visto atravesar a algún intrépido muchacho. Para cogerlas bien, debes ponerte en pie rápidamente, pues si tardas un poco, te colocas en la cresta de la ola, lo que de seguro, hará que tu tabla vaya de cabeza a hundirse en el agua, y por supuesto, tú con ella. Y en mi segunda clase, mucha velocidad aun no había cogido, con lo que me pasé más tiempo sumergida que en la superficie. Pero el trabajo duro se nota.

Subimos un rato al pub a ver las vistas de la primera foto, y tomamos algo. Cenamos a las 19:30, y algunos aprovecharon para subirse de nuevo al pub. Otros, no queriendo subir otra vez la colina, nos quedamos en el campamento y jugamos al poker. Y a las 23:00, estábamos durmiendo, deseando empezar el día de nuevo.

A la mañana siguiente, con la marea subiendo de nuevo, nos pudimos lucir con algunas largas olas, cogidas desde el principio, y mantenidas con gracias hasta la mismísima orilla. Sentías el mundo a tus pies.

Pero lo mejor estaba por llegar, pues en la última clase, simplemente nos dejaron recrearnos con las olas todo lo que quisiéramos. E incluso con la olas de bajada de marea, se me dió bastante bien (incluso me dieron una tabla más pequeña para que fuera avanzando en el aprendizaje). Pero estábamos agotados, tras un largo fin de semana, y la mayoría de la gente se salió a dscansar a la playa. Yo, en mi faceta más testaruda, me empeñe en quedarme hasta el final, y ya sabéis, todo tiene su recompensa... Estando solo algunos de los monitores y tres de nosotros (de un grupo de 16), vimos de pronto, entre las tablas, a un metro escaso de donde me encontraba, varias aletas. Y no, no eran tiburones, se trataban de un grupo de unos 10 delfines jugando con las olas y nadando a nuestro lado. Verlos saltar mientras flotaba en mi tabla a podido ser el momento más maravilloso de toda mi vida. El sueño de mi infancia hecho realidad. No pude reprimir las lágrimas, ¡la felicidad me embargaba! Todo el dinero pagado se compensa por estos instantes completamente inolvidables.

La vuelta a Sydney fue tranquila, y a las 19:00 estábamos donde habíamos salido el viernes. Nos invitaron a cerveza y pizza, y luego, uno de los monitores, que vive en Bondi Beach (playa en la que yo también vivo), me llevó en coche hasta mi casa, yo en mi línea de parasitar coches ajenos. Esta noche he dormido de maravilla, pero ahora tengo agujetas. Mañana me compraré el neopreno y el miércoles seguiré esperando a la ola perfecta. Pero eso, otro día.

Un magnífico fin de semana de mi maravillosa vida.

viernes, 17 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 4

El último día de tour nos dejaron disfrutar de nuestro magnífico resort, que nos ofrecía múltiples actividades. La actividad que en su mayoría eligieron mis compañeros fue dormir hasta tarde. Yo no quería permitirme ese lujo, prefería disfrutar de Fiji, así que me fui a bucear. Era la primera vez que me ponía una máscara con tubo en aquellas aguas, y no sabía que me podía aportar la experiencia.

Entre nubes y claros, me monté en una lancha motora y nos adentramos en el mar, a una hora aproximadamente de la orilla. Allí, mi compañero, un hombre de unos 70 años, se metió a hacer submarinismo con el instructor, a una fosa de unos 30 metros de profundidad. Era el mismo lugar donde yo debía hacer buceo. No entendía muy bien que iba a ver con mis gafas si las cosas estaban tan profundas. Pero ahí me zambullí, yo sola, en medio del Pacífico. En el bote se quedó un hombre esperando a que volviéramos. Me dijo que siguiera la cuerda en la que estaba amarrado el barco. Así lo hice, y descubrí un arrecife de coral que subía desde la fosa y quedaba a dos metros de la superficie. Me quedé sin respiración al ver aquello. Corales al alcance de tu mano, cientos de peces de miles de colores, un agua completamente azul... Igual que en los documentales sobre profundidades marinas, pero en vivo. La barrera no tenía mucha longitud, y al acabarse, te encontrabas con una fosa marina de la cual no veías el fondo. Solo te rodeaba un color azul intenso como nunca hubieras imaginado.


El día estaba un poco revuelto, y las olas eran abundantes y de una altitud considerable, con lo que la estancia dentro del océano se volvía algo complicada. Además, después de llevar casi media hora en remojo, el frío empezó a entrar por todo mi cuerpo. Decidí hacer una parada y regresar un momento al bote para entrar en calor. Pero si las olas eran desagradables mientras flotabas, dentro de la lancha se hacían insoportables. Mucho vaivén para mi gusto. Tuve que elegir entre marearme o pasar frío. Elegí lo segundo. Regresé al mar a seguir contemplando maravillas de la naturaleza. Cada 20 minutos, aproximadamente, regresaba al bote para tomar el sol durante un momento, para luego, volver a adentrarme en las azules aguas. Más de una hora duró este baile, hasta que a los submarinistas se les acabó el primer tanque de oxigeno y tuvieron que regresar. Mientras tomaban un pequeño tentempié (que rechacé amablemente, pues no tenía el estómago muy asentado), vinieron a buscarme en otra lancha Ross y el resto de instructores, que se habían ido a hacer submarinismo a oscuras en un ferry hundido. Traían algunos tesoros que había encontrado en él, como un diccionario inglés (completamente inservible, por ser casi una pasta de papel) y múltiples herramientas oxidadas. Me mostraron sus "heridas de guerra" mientras regresábamos al resort. Cuando noté que la lancha había dejado de balancearse, me incorporé (pues fui todo el viaje tumbada en el suelo) y pisé tierra firme con gran alivio.

A las 12 nos fuimos de aquel maravilloso lugar, para ir a comer a un restaurante indio. No fue la mejor parte del tour, he de confesar. Al menos, yo elegí el plato correcto, pollo en salsa de matequilla. Los que eligieron arroz al curry con pollo aun se están lamentando, pues la única carne que encontraron en su comida fue la poca que podían roer de los diminutos huesos se mezclaban con el arroz. Nos dejaron hacer nuestra propia torta para acompañar la comida, que he de admitir que me quedó bastante buena.

Tras esta breve parada, nos dirigimos a nuestra última actividad como grupo: Las piscinas de barro. Qué decir que no hayais podido ver en las fotos... Al adentrarte en aquel charco (porque no tiene otro nombre), apreciabas que estaba bastante caliente. Cuando intentabas posar el pie en el suelo era cuando empezaba lo divertido. Aquello era un cúmulo de cieno, hojas muertas, palos, piedras y demás objetos no identificados. Preferías no pensar qué estabas tocando. Empezamos a embadurnarnos con un barro negro que advertí desde el principio, que no iba a haber forma de quitarlo de bikini y toalla (y aun a día de hoy, siguen ahí las marcas). Aquellos que no querían llenarse el pelo, lo tenían difícil, pues el resto estaba gracioso, y persona a la que veían medianamente límpia, persona a la que no le dejaban un ápice de piel sin lodo. Incluso unas japonesas que se atrevieron a entrar con nosotros salieron escarmentadas. Nos hicimos algunas fotos de grupo y después, nos fuimos directos a la piscina de agua caliente a aclararnos. Me costó horrores entrar en ella, pues el agua estaba estremadamente caliente. Pero una vez acostumbrada, disfrutabas de la experiencia. Lo peor fue la salida, pues la tensión me había bajado y tenía un poco de mareo. Bromeaba con la gente diciendo que iba medio borracha. La piel se me quedó muy seca y tirante, efecto del barro, que además, me la limpió en profundida.

La despedida del grupo fue muy trite. Me dio mucha pena sobre todo por Willy, el conductor, al que tras tantos kilómetros le había cogido bastante cariño. Nos llevaron hasta nuestros respectivos albergues en la ciudad de salida, Nadi. En el mío, tuve la suerte de poder compartir una habitación para tres con Rena y Ross. El lugar se llamaba Nadi Bay Resort Hotel, lugar barato y bastante lujoso para ser un albergue. Con dos piscinas, tres bares, sala de juegos, proyección de películas, música en directo, internet y hamacas colgadas entre palmeras y árboles de mangos, disfrutamos de una relajada noche.

El lugar estaba repleto de ranas, guecos y gatos gordos. Durante la cena (un pescado a la tailandesa, picante hasta más no poder), uno de los últimos, con todo el morro del mundo se me tumbó en las rodillas. Eran muy confiados. Compré una targeta de internet (5€ una hora, una locura) para poder avisar a mi gente de que, por falta de saldo en el móvil, me iba a quedar incomunicada el resto del viaje, pero que no había nada de lo que preocuparse. Por entonces, aun me quedaba una semana para disfrutar.

Cuando llegué a la habitación, como a las 10:30, Rena y Ross habían caido rendidos y estaban durmiendo plácidamente. Les imité, pues a la mañana siguiente, el bus que me llevaba al ferry de mi siguiente tour venía a recogerme a las 7:30, y no podía perderlo.

Así termina la primera parte de mi viaje. Esta era la parte cultural. Lo que sigue es más bien relax y ver pasar el tiempo. Espero que no me lleve muchas más entradas.

Y por último, comentar que mañana se hacen 3 meses desde que abandoné mi casa. El tiempo pasa muy rápido aquí, y cada vez más caluroso, agradable, relajado y feliz. Gracias por seguir ahí, que aunque esteis a miles de kilómetros (los que me leeis desde fuera de Australia), estáis todos los días a mi lado.

viernes, 10 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 3

La mañana volvió a amanecer nublada. Desayuné en la terraza del comedor, a la vista del lago, con Rena, Ross y Willy. Nos entretuvimos un buen rato dando de comer a los peces. Les echábamos pan de molde, y esperábamos a que el más grandes de todos subiera a la superficie a comer. Cuando veías a todos los pequeños huyendo despavoridos, podías apreciar una sombra de más de un metro de largo acercándose con lentitud, para poco después, volver a desaparecer en las profundidades.

Nuestro tour nos llevó a comprar algo para comer, y algo para los niños que íbamos a visitar ese día. Pues era el día "cultural". Nos llevarían a una escuela primaria, a que apreciáramos cómo son educados el futuro de Fiji, y nos dieron la oportunidad de llevarles regalos. Por menos de 2€, les llevé cuadernillos de trabajo, lápices y ceras de colores, sacapuntas y gomas de borrar. Otros compraron algunos juguetes y caramelos. Juntamos una cantidad considerable.

Pero esa no era nuestra primera parada. Nos vestimos con nuestro sarong, una camiseta de manga corta y nos quitamos gorras y gafas de sol. Nos adentramos en un bosque cerrado, por un camino de tierra (nuestro autobús todoterreno no tenía miedo a nada) y en medio de una montaña, alejado de toda civilización, encontramos el poblado que íbamos a visitar. El jefe de la aldea nos acogió en su casa. Y allí, pudimos vivir una verdadera ceremonia Kava. Dejadme explicar primero qué es el Kava, para después, contar en qué consiste la ceremonia.

Kava, la bebida típica de Fiji. Se trata de una raíz hecha polvo, la cual, con una bolsa de trapo, como si de té se tratara, se mezcla con agua fría. A la vista, parece agua sucia, y curiosamente, su sabor es como de agua sucia. Sin embargo, es muy popular en las islas, y todo el mundo la bebe. ¿Por qué? Básicamente, pos sus efectos. La primera vez que la bebes, puedes notar que la lengua se te duerme. Si sigues bebiendo, los efectos se multiplican, y puedes, desde dejar de sentir la mitad de tu cara, a no poder andar, y hasta caer dormido mientras estás hablando. Situaciones de borrachera muy cómicas, pero si una pizca de alcohol.

La ceremonia comenzaba con nuestro jefe del poblado (Ben) y nuestro "orador" oficial (Ross), presentando nuestro regalo al jefe de la aldea, una raíz de Kava. En Fiji, lo que el dinero no puede, el Kava lo consigue. Los hombres entraron primero y se sentaron en círculo alrededor del bol para la mezcla. Las mujeres tuvimos que entrar después, y sentarnos detrás. Ellos, deben sentarse con las piernas cruzadas, mientras que nosotras debemos colocarlas a un lado. Y en esta postura, esperar sin movernos hasta que termine. Entonces, el jefe empieza a hablar, pero no os puedo asegurar lo que cuenta, pues habla en la lengua de Fiji. Después, empieza la mezcla del Kava. Entonan algún tipo de oración para que el Espíritu bendiga la bebida, y después, dan palmas tres veces. Y entonces, empiezan a repartir en pequeños cuencos hechos con cáscara de coco el brebaje recién mezclado. Empezando por nuestro jefe, este tiene que dar una palmada, decir salud (ya explicaré algunas palabras en la lengua de Fiji), beber todo lo ofrecido de un trago, devolver el bol, y dar tres palmadas mientras se da las gracias. Y este rito debe ser repetido por todo el mundo. Cuando todos han tenido su ración, se comunica que hemos sido aceptados en la aldea. Las mujeres, son separadas del grupo, y se nos enseña cómo hacer brazaletes de madera de palmera, mientras los hombres siguen bebiendo y hablando con los hombres del poblado. Sinceramente, prefiero los brazaletes.

También nos sacaron tarta recién hecha, y pudimos pasar un gran rato con aquella maravillosa gente. Para terminar la ceremonia, tuvimos que regresar a nuestros sitios, beber otro trago y dar las gracias. Y eso fue todo. Nuestro orador oficial había bebido aproximadamente 15 copas, así que le costaba un poco coordinar sus movimientos. En el autobús, disfrutó de una reparadora siesta.

Nuestra siguiente parada se suponía que iba a ser un río, en el que íbamos a poder hacer rafting, pero llovía bastante, el agua estaba muy turbia y podía llegar a haber peligro de una posible riada, con lo que esta actividad nos la saltamos. No me importó demasiado, porque la verdad es que tenía un poco de frío y no me apetecía volver a pasar lo del día anterior. Con lo que nos dirigimos directamente a la escuela.

Al ver llegar el autobús, los niños se pusieron como locos. Estaban realmente emocionados de vernos, porque significaba que iban a recibir algún tipo de regalo. Los colegios que visita el tour van cambiando, con lo que se regresa al mismo aproximadamente cada 3 semanas. Así que estaban muy excitados. Entramos en cada una de las clases, y los profesores nos contaron cómo enseñan, y cómo son los niños. Algunos viven en poblados muy lejos, y han de levantarse a las 6 de la mañana para después, caminar durante 12 kilómetros. Y a veces, sin posibilidad de alcanzar su objetivo, pues el río se ha inundado y no pueden pasar. Las clases son en inglés, ya que es el idioma oficial de las islas, a pesar de que estos niños solo saben hablar el dialecto de su aldea, con lo que hace el aprendizaje algo complicado. Tras las explicaciones, todos nos cantaban alguna canción. Los más mayores también nos hacían preguntas. Tuvimos que decir en 4 clases distintas nuestros nombres, de dónde éramos, el tiempo en nuestros países y en qué trabajábamos. Yo era la única original de España. La mayoría de los demás eran de Inglaterra, lo que lo hacía un poco aburrido. Por esa razón, Ross adoptó una nacionalidad distinta en cada clase, desde americano hasta islandés, para hacerlo más interesante. Lo mejor de todo eran las caras de felicidad de los niños cuando veían que tenían regalos, y les repartían los caramelos. Lo peor, cuando les preguntábamos qué querían ser de mayores, y la mayoría de ellos contestaban que soldados. Entonces veías esa tierna carita sufriendo de dolor en alguna guerra, y a mí, se me partía el corazón. Apartaba la vista cada vez, pues no quería imaginar esa inocencia quebrada por matar a un semejante. Puede que esté exagerando, pero un niño que quiere ser soldado no debería ser algo normal.

Finalmente, nos dirigimos hacia nuestro próximo resort: Volivoli Beach. Lugar paradisíaco donde los haya. Con una playa para ti sola, cogimos un kayak para recorrer la bahía, pues de pronto, había salido el sol y la temperatura era perfecta. Caminé por la arena blanca, adentrándome por un banco que me llevaba hasta el medio del mar, de manera que parecía "Silvana caminando sobre las aguas". Aproveché para coger algunos mangos del árbol que había subiendo a nuestra habitación (de 8 personas, con 2 baños cada una), y finalmente, disfruté de un maravilloso anochecer desde una tumbona en la playa. Una de las visiones más hermosas que he tenido.

La noche se presentó divertida. Nuestro animador, Sasa, nos apuntó a todos para hacer otra carrera de cangrejos. El mío era el número 6, y lo volví a llamar Pepa. Después de conversar un rato con los locales alrededor de un bol de kava (cómo no), se celebró la competición. Los tres primeros en salir del círculo ganarían una bebida gratis. Pepa consiguió el bronce, y yo me hice con un daikiry de margarita. Después, seguimos con otros juegos para pasar la noche. Tras ellos, Sasa nos deleitó con 2 danzas típicas de Fiji. La primera, fue "Lady Marmalade", disfrazado con una minifalda rosa y una peluca rubia. Le segunda, sí que era típica de Fiji, pero normalmente bailada por mujeres, y con otra minifalda y con sombra azul en los ojos. Un poco subrealista, pero tremendamente divertido.

Finalizamos la noche con una hoguera en la playa completamente a oscuras. No aguanté mucho, y me fui a la cama a eso de las 11 y poco. Fue un día más relajado que el resto, pero igualmente agotador.

martes, 7 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 2

Amaneció lloviendo. Temiéndome lo peor, me rocié entera con mi spray anti mosquitos. Me encaminé al comedor, observando que los cientos de ranas de la noche anterior se habían escondido con las primeras luces. Mi desayuno fue cuanto menos, abundante. Las caras de la gente que me rodeaba eran de total incredulidad. Rena no paraba de reírse, viéndome comer. Pero cuando te ponen un buffet libre de aquellas maravillosas frutas, no puedes contenerte.

Rehíce mi maleta, pues a las 8:30 empezaba de nuevo la aventura. He de recomendar para este tipo de viajes, una mochila, pues es más cómoda. La maleta es demasiado aparatosa y poco práctica. Además, pesa demasiado.

Paramos un momento en un supermercado para comprar nuestra comida y agua para el largo día. Allí recogimos a Ross, nuestro nuevo compañero de viajes, irlandés. Me hice con un sandwich de muchas cosas, no sabría decir, una papaya, cacahuetes y galletas oreo de crema de chocolate y mantequilla de cacahuete. Parece mucho, pero el día prometía.

Llegamos a un lugar apartado de todo, dispuestos a comenzar una marcha de 3 horas por el bosque tropical. Con una camiseta de tirantes, unos pantalones shorts y mis botas de trekking, salí del autobús. Nublado como estaba, con un frío viento y ligera lluvia, era poca ropa. Nos resguardamos del frío todos tras la Máquina Verde. Nos vino a buscar un camión donde nos subimos como los soldados yendo a encarar la muerte. Solo que nosotros ibamos a encarar a la naturaleza. Un largo camino lleno de baches a través de un camino que debía ser de tierra, pero que en aquel momento, se trataba de un cúmulo de barro fresco, nos llevó hasta lo alto de un monte. Allí bajamos todos. Un guía local encabezaba el grupo, mientras que Cam lo iba cerrando. Rena y yo nos pusimos en primer lugar, y cuando nos quisimos dar cuenta, nuestro guía había echado a correr y desaparecía en la lejanía. Tener un guía para esto, la verdad es que es de poca utilidad.

Así que liderando nuestra marcha, comenzamos a caminar por un camino de arcilla resbaladiza, del que bajaban riachuelos de agua de lluvia. El camino era alucinante. La vegetación frondosa, nos rodeaba por todas partes. El frío desapareció y fue reemplazado por un calor sofocante. Gracias a que no hacía sol, y la ligera lluvia (solo en un principio, después se fue haciendo más densa), se ocupaba de mantenerte fresca. Cuando quise darme cuanta, Rena y yo estábamos solas. Nadie delante, nadie que nos siguiera. Y esto continuó así durante horas. El Scout que llevo dentro salió a flor de piel. A veces, me entraba un poco el pánico, pues pensaba que estábamos perdidas en medio de un bosque, donde nadie podría encontrarnos nunca. Y al rato, te percatabas de que en la siguiente curva, había un cartel que decía "Este camino", con lo que muy desencaminada no ibas. Una vez cada hora, aproximadamente, encontrabas al guía, esperando en un lugar aleatorio. Y cuando todos nos reuníamos, salía corriendo hasta la siguiente parada.

Las botas resistentes al agua fueron una gran idea las dos primeras horas de marcha, pues era la única de todo el grupo que seguía teniendo los pies secos. Pero cuando el camino desapareció y nos metimos a caminar por el río... El agua entró por la parte de arriba y el peso aumentó considerablemente. Y por aquello de que no dejan entrar el agua, tampoco la dejan salir... Os podeis hacer una idea de cómo aumentó esto el nivel de dificultad de mi camino. Yo iba tan contenta, porque conociéndome, aun no me había caído ninguna vez, cuando metí el culo en el río. Me resbalé y acabé mojada hasta la espalda. Tampoco me importó mucho, ya que de todas maneras, la lluvia ya había hecho gran parte del trabajo anterior.

En el último tramo de camino, descubrí que estaba completamente sola, en medio de un lugar completamente desconocido, sin nadie que me pudiera ayudar cerca. Al menos, el camino estaba claro, así que seguí adelante hasta que pude divisar el río. La bajada fue agarrada a una cuerda, pues no confiaba en mi estabilidad. Al llegar, encontré a nuestro guía, Rena y dos barcas, una de ellas conducidas por Willy, donde habían traido nuestra comida. Volví a rociarme por enésima vez con mi spray para insectos, y me comí mi almuerzo con demasiadas ganas, tras casi 4 horas de marcha.

Lo que nos esperaba entonces era aun más curioso. La bajada del río, la ibamos a hacer en flotadores. Con un salvavidas y completamente vestidos (botas incluidas), nos metimos al agua, que estaba helada. Flotando entre rápidos, agarrándonos a las barcas cuando nos cansábamos, esquivando los lanzamientos de cubos de agua que nos tiraban los conductores de las barcas para divertirse, acabamos llegando a una cascada. Allí hicimos una parada para realizar varios saltos dentro de la cascada (también con las botas). El salto era refrescante, cuando menos.

De allí, nos montamos en los barcos, para el último tramo de río hasta nuestro autobús. El viaje fue de una hora. Lloviendo como estaba, completamente mojados, y con el gélido aire cortando la piel, nos acurrucamos en grupos tras plásticos para parar el agua que salpicaba del río. Empecé a ponerme de un color azul poco sano. Nunca había tenido las rodillas moradas. Mientras nuestras barcas navegaban a toda velocidad para llegar cuanto antes a nuestro destino, los murciélagos de un metro de embergadura de alas, sobrevolaban nuestras cabezas...

Al llegar a tierra firme, pudimos cambiarnos de ropa, pues la teníemos preparada para la ocasión, y empezamos a encontrarnos mejor. Disfrutando de nuestra experiencia en la naturaleza más salvaje, dimos una pequeña vuelta por Suva, la capital de Fiji, ciudad algo más grande que Nadi, pero también bastante pobre.

Llegamos a nuestro Resort para esa noche: Raintree Lodge. Allí nos metieron en una especie de casa con varios pisos, donde pudimos darnos una reparadora ducha de agua "caliente", rociarnos con más repelente (al menos yo, porque al estar durmiendo sobre un lago, me daba pánico la cantidad de mosquitos que podían aparecer a devorarme), y cenar. Pude disfrutar de un pollo con plátano de lo más delicioso, mientras Cam, en un acto de espontaneidad, vestido con la ropa típica de los aborígenes, nos interpretaba unas danzas típicas, moviendo las caderas a una velocidad trepidante.

Esa noche era el cumple de Sean, así que nos fuimos a un pub irlandés a celebrarlo, comprándole una tarta de color azul, la cual no era nada excepcional, pero que al menos, hacía las veces de celebración. Tan cansados estábamos que a eso de las 11, cogimos un taxi para nuestro albergue Rena, Ben, Becky y yo. Fueron más de 20 minutos de carrera, y nos costó 10 dolares de fiji (algo así como 4,50€). Aquella noche casi muero intoxicada de la cantidad de repelente que me eché, pero al menos, ningún mosquito me mordió.

domingo, 5 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 1

A las 8 de la mañana, vino a buscarme mi autobús. Un vehículo verde, que parecía sacado de una película antigua, al cual no le funcionaba el aire acondicionado, y cuyo asientos parecían deshacerse con solo mirarlos. Yo fui la única en ser recogida en Nomads Skylodge, mi albergue. Una chica canadiense y dos ingleses venían directamente desde el aeropuerto, recién llegados a Nadi (que aunque no es la capital de Fiji, pues la capital es Suva, y ni siquiera poder llamarse ciudad, por no tener los suficientes habitantes, es donde se encuentra el aeropuerto internacional). Fuimos recorriendo varios resorts a lo largo de Nadi para recoger al resto de los pasajeros (en total 19) de la Máquina Verde, apodo cariñoso para el autobús del tour de la empresa Feejee Experience que nos iba a llevar durante 4 días alrededor de Viti Levu, la isla principal del archipiélago de Fiji (que está formado por un número de islas alrededor de 322). En el último alojamiento resultó estar Rena Nelson, la chica de Jersey que había conocido el día anterior en el aeropuerto. Se sentó a mi lado, y desde entonces, fuimos poco menos que inseparables.

Nuestra andadura comenzó presentándonos. De entre todos, podíamos contar con una canadiense, una chica de Jersey, una chilena (que nos abandonó al final del primer día y que fue remplazada por un chico de Irlanda), y dos irlandesas. El resto de los pasajeros resultaron ser todos del Reino Unido, con el factor común de que estaban viajando solos o en pareja (ya sea de amigos o de amantes) por todo el mundo, y que llevaban un mínimo de 8 meses en ello. Nuestro guía se llamaba Cam. Llamarlo gay es decir poco. Y el conductor era Willy, un hombre encantador, que conducía muy bien para meternos con ese autobús por caminos de piedras casi intransitables para un coche normal.

Nuestra primera parada fue por supuesto Nadi. Sus calles llenas de tiendas para turistas, en las cuales nos querían meter todos sus empresarios, no son lo más bonito de Fiji. Es una ciudad muy pobre y sucia. Pero tiene un mercado de frutas en el cual puedes encontrar desde piñas limpadas en el momento por 1.5 dolares de Fiji (unos 70 céntimos de Euro), hasta kilos de mangos por unos 40 céntimos de Euro, que comparados con el precio que tienen en Sydney (unos 3 Euros por unidad), la verdad es que alegraban la vista y el gusto. Teníamos un deber muy claro: comprar un sarong. Se trata de un pareo normal, y que teníamos que vestir como falda larga de forma obligatoria para entrar en cualquier poblado del país, tanto mujeres como hombres, pues el la prenda típica para todo el mundo. El mío es verde oscuro con unas flores dibujadas. Ya lo veréis en las fotos. Tras una hora de compras poco fructífera, nos dirigimos a la playa de Natadola. Paradisíaca y maravillosa, con un agua cálida y arena blanca. La única pega que le pongo es le viento de ese día, y que hacía la estancia algo más incómoda de lo deseado. Cam Y Willy nos hicieron una barbacoa en un momento, y a la orilla del Pacífico tropical, pudimos comer salchichas, pollo, bacon, ensalada y multitud de frutas limpias: papaya, piña, plátano verde (pues en Fiji, el plátano que se come es el verde, y el amarillo se usa para cocinar) y sandía.

Nuestra siguiente parada fue el poblado nativo de Malomalo. Tuvimos que ponernos nuestro sarong, una camiseta con mangas, quitarnos las gafas de sol y las gorras, pues en caso contrario, la vestimenta no es respetuosa con los habitantes. Allí dimos una pequeña vuelta y nos metimos en la choza del jefe, por la puerta de los visitantes. Nos contó Cam de las costumbres ancestrales del canibalísmo en las diferentes tribus, y podimos ver a la entrada de la cabaña, un montículo de piedras, usadas para decapitar a los seres humanos que iban a ser comidos. No muy agradable. Pero pudimos aprender mucho, aunque sinceramente, a mí me dio un poquito de miedo, a pesar de que nos aseguró que hacía casi 200 años que no se practicaba el canibalismo. A saber.

Nuestra última parada fue una duna enorme donde pudimos tirarnos con tablas de body-surf. Hacer surf en la arena es bastante gracioso, la verdad.

Finalmente, llegamos a nuestra parada para dormir: Mango Bay Resort. Un lugar increible, a la orilla del océano, apartado de toda civilización, en plena Bahía Coral, completamente rodeado de una frondosa vegetación verde. No tengo palabras para describirlo. Me tumbé en una hamaca en plena noche en la playa, a disfrutar del sonido de las olas. Para cenar pedí Ika Vakalolo, pescado con leche de coco. Magnífico el pescado de Fiji. Más tarde, pude asistir a mi primera carrera de cangrejos. Mi cangrejo, llamado Pepa, compartido con Rena y Pilar, no ganó, como de costumbre. Pero aproveché para coger ranas, e intentar besarlas, a ver si encotraba a mi príncipe azul. No tuve éxito, y eso que ranas me sobraban, pues a cada paso que dabas, saltaban unas 10, sin exagerar.

Dormimos en una habitación compartida por todos. Un dormitorio de unas 30 literas, cada una con su mosquitera. Sin ningún problema, me acosté a eso de las 23:00, exahusta de un día lleno de emociones, y dormí la lluviosa noche entera, pues la gente que me acompañaba era de lo más respetuosa, y la mitad de ellos ya llevaban un buen rato durmiendo cuando yo me metí en la cama. Empecé a usar en ese momento mi repelente de mosquitos tropicales, que ha sido la compra más inteligente que he hecho desde hace mucho. Una sola picadura en todo el viaje, y porque una mañana me olvidé de rociarme, cuando el resto de mis compañeros estaban totalmente comidos.

En "resumen", mi primer día en Fiji fue emocionante, pero no tanto como pudieron ser todos los que siguieron.

viernes, 3 de octubre de 2008

Vuelta a la realidad

Aunque es una vuelta a una realidad muy relativa. De un tiempo a esta parte, mi vida a cambiado en muchos aspectos. Pero cuando más he podido notar el cambio, ha sido durante estos 12 días incomunicada en Fiji.


Han sido las vacaciones más increíbles de toda mi vida. Viajando por mi cuenta, completamente incomunicada, en completo relax, y no me he sentido sola en ningún momento. Ese es el mayor avance que he sentido en esta nueva etapa que estoy viviendo. Fiji es alucinante, pero más aun es la gente que he tenido la oportunidad de conocer y que han sido mis amigos íntimos durante cortos periodos de tiempo, un máximo de 5 días, pues luego cada uno debía seguir su camino. Hemos compartido muchas más cosas que lo que puedo haber compartido con algunas personas con las que llevo viviendo más de dos meses. Y espero poder seguir compartiendo experiencias. Pues estas personas a las que ahora puedo llamar amigos, están dispuestos a acompañarme en mis próximos viajes a lo largo de este enorme país llamado Australia, al que poco a poco, voy acostumbrándome, y que en pocos tiempo, espero poder llamar hogar.

He vuelto completamente relajada y con energía suficiente como para afrontar el último mes de clases y después, mis exámenes de fin de cuatrimestre. Y deseando acabarlos para empezar con mis vacaciones de verano en dos meses, e irme a viajar por la costa este.

Otro gran paso que he dado, y del que estoy especialmente orgullosa, ha sido en el avión. Todos aquellos que sigáis este blog sabréis el mi mala experiencia en mi último vuelo. Pues bien, ni a la ida a Fiji ni a la vuelta tuve ningún problema. El vuelo fue de lo más tranquilo y relajado. Lo único de lo que me puedo quejar es de que hacen un uso abusivo del aire acondicionado. Y que a la ida, sinceramente, no se puede llamar avión a lo que me llevó hasta las islas. Era más bien una avionetilla, pero con la particularidad, de que los asientos eran más espaciosos que en mi vuelo transcontinental... Ingenieros, para qué os quiero.

He hecho dos tours diferentes a destacar: Uno alrededor de Viti Levu, la isla principal de Fiji, durante 4 días, y otro por las Islas Yasawas, durante 6 días. Sendas entradas seguirán a esta para explicar con más detalle lo acontecido en cada uno de ellos. Decir que ambos han tenido su encanto personal, pero sin nada que ver entre ellos.

De lo que sí que puedo hablar es de mi llegada y primer día en el paraíso. Después de acostarme a la 1 de la mañana, haciendo la maleta, no me pude dormir hasta las 2 aproximadamente. Supongo que era cierto nerviosismo el que me invadía, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. A las 4 de la mañana sonó mi alarma del móvil. Me vestí, desayuné lo poquito que me quedaba de comida (que a la vuelta de mi viaje, he acusado más que nada, pues no tenía nada para llevarme a la boca), dejé una bonita nota de despedida en inglés para mis compañeros de piso, y bajé a la calle. A las 4:45 se suponía que tenía que venir a buscarme el taxi que había pedido. Pero en su lugar vino otro. Parece que a esas horas de la mañana, los ávidos conductores están sedientos de nuevas carreras. Sin más problemas, llegué a la estación de tren, lo cogí, llegué al aeropuerto... En el Duty Free aproveché para comprar otra tarjeta de memoria de 2 Gb para la cámara de fotos, pues me temía que 2,5 Gb, que era lo que llevaba, no me iban a ser suficientes. Y no me equivocaba. El vuelo en el "micro-avión" duró aproximadamente 3 horas y media, lo que me sorprende una vez de vuelta, pues el sentido contrario fueron 5 horas. La aduana de Fiji no tiene nada que ver con la de Australia. Simplemente te pasan la maleta por los rayos, y no se ponen ni la mitad de pesados.

El calor húmedo del aeropuerto se me pegó a la piel, y no me abandonó hasta ayer. Es algo característico de aquel país. Aunque llueva, la temperatura es digna de ir en bikini. Busqué el mostrador donde tenía que pedir que me llevaran a mi albergue. Allí conocí a Rena, de Jersey, que lleva viajando 11 meses. Sabréis más de ella.

Mi albergue era bastante tranquilo. En medio de ninguna parte, rodeado de abundante vegetación, con piscina y un jardín en el que aproveché para leer la mayor parte de la tarde. El cambio horario de 2 horas no lo noté a la ida, solo a la vuelta, pues esta mañana me he levantado a las 6.

Durante la cena, un chico australiano, llamado Marcus, de padres griegos, que trabaja como profesor de educación física en Brisbane, y que acababa de empezar sus vacaciones como yo, se sentó en mi mesa y estuvimos hablando toda la noche. La verdad es que agradecí mucho su compañía, muy agradable, sobre todo, porque me quitó de tener que relacionarme con el equipo de rugby australiano que acababa de llegar al albergue, y que eran las últimas personas con las que me apetecía relacionarme en ese momento. Pudimos participar en una carrera de ranas, donde la suya se llamaba "Aussie" (nombre con el que comunmente se conoce a los australianos) y la mía, obviamente, "Spain". Eso sí, no gané. A las 11 me despedí de él, pensando que sería la última vez que lo vería. Lo que no sabía es que Fiji era un país bastante pequeño.

Mi habitación acogía a 8 personas. Pero dormimos 9, pues una parejita decidió que no debían dormir en habitaciones separadas. Me dio igual. Me puse los tapones para los oídos y me dispuse a dormir. Lo que no me esperaba para nada era lo que aconteció después. Yo dormía en la cama de abajo de una litera, y en la cama de arriba, dormía un chico, que debía estar muy aburrido, y decidió que a las 5 de la mañana debíamos estar todos dormidos. Y de echo, lo estábamos, hasta que empezó la fiesta. Me desperté al principio mecida en mi cama, y luego sacudida. Sí, mi buen compañero de la litera de encima se estaba masturbando. No fue una noche muy agradable como principio de viaje. Luego la verdad es que me he echado algunas risas rememorando aquel momento tan patético. Huí de aquella habitación antes de que nadie se levantara, pues a las 8 de la mañana venía a recogerme el autobús de mi primer tour. Fue entonces, cuando las verdaderas vacaciones empezaron.

-----------------------------------------------------------------------------------

Siento el retraso. La entrada estaba escrita de ayer, pero mi conexión no me dio la oportunidad de poder publicarla. Espero que la disfrutéis.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Cerrado por vacaciones

Antes de nada, y visto el éxito que tuvo hace dos entradas, la historia del reggeton, contar que hoy, en el gimnasio, hemos bailado la única y verdadera "Gasolina". Me siento como en casa.

Hoy hace exactamente dos meses que salí de Madrid. No sé que decir. Las tres primeras semanas fueron muy largas y bastante duras. Pero después, el tiempo se me ha pasado a toda prisa. Quién me iba a decir a mí hace un año, que en este momento iba a estar escribiendo en mi blog desde las mesas blancas del 5º piso de la University of Technology of Sydney. Por ese entonces, aun no me creía lo que iba a hacer. Y para ser sincera, aun lo pienso, y realmente, no me creo que esté aquí. Y cada vez mejor.

Después de comer mi nueva comida favorita en Sydney, Laksa, y mi postre favorito, cono de helado del McDonald's de 30 centavos (o lo que es lo mismo, 18 céntimos de euro), he decidido cerrar mi blog. Pero por un tiempo muy concreto. Dos semanas de vacaciones de primavera que empiezan mañana. Y dispuesta a aprovecharlas, el domingo parto a las 8:15 dirección Fiji, a pasar 12 días de playa, sol y relax, como ya viene siendo costumbre, yo sola. El precio es bastante elevado, pero, ¿qué otra oportunidad voy a tener para visitar Fiji? Además, tengo ya programadas diferentes actividades, como buceo en la barrera de coral, espeleología, crucero por el océano para ir de isla a isla, visita a los bosques tropicales... Todo un lujo. Estoy deseando llegar, pues van a ser mis primeras vacaciones de verdad después de un año entero. A mi vuelta, espero poder contaros historias maravillosas, llenas de color, y mostraros fotos del verdadero paraíso. Pero para ello, habrá que esperar al menos hasta el 3 de Octubre, ya que mañana tengo clases todo el día, y el sábado, fiesta en la playa, y no voy a poder actualizar con nada más.

Agradecer a todos vosotros que estéis ahí leyendo este blog. A todos aquellos que lo visitan y dejan su comentarios, a los que entran y luego me envían un mail como contestación, y también, un agradecimiento muy especial a todas las personas que me siguen día a día, aunque no dejen ningún comentario, que sé que también son muchas. Vuestro apoyo, interesándoos por mí, hace que cada día sea más fácil, y que me emocione escribiendo estos párrafos tanto como leyendo vuestras opiniones.

A mi vuelta, prometo publicar las entradas más interesantes, como pueden ser descripciones de Paddy's Market o Darling Harbour. Verdaderas fotografías de la ciudad en la que vivo, para que empecéis a ver lo mismo que yo cada día.

Muchas gracias a todos, y espero que sigáis ahí a mi vuelta.

martes, 2 de septiembre de 2008

Moverse por la ciudad

Primero, una pequeña introducción sobre el transporte público en Sydney. Existen tres grandes redes con las que te puedes desplazar: CityRail (también llamado en español red de trenes), Sydney Buses (una red de autobuses cualquiera) y Sydney Ferries (para moverte por la bahía, lo mejor son los ferrys). Aquí es caro todo, así que también lo es el transporte público. Como en toda grande ciudad, existen distintas zonas, con distintos precios, dependiendo de la distancia al centro. La zona roja es la de Sydney tal y como se conoce, así como la playa más famosa, Bondi Beach, lugar de mi residencia habitual y parte de la zona norte, donde se encontraba Greenwich Village. La zona verde incluye Manly Beach, la otra gran playa de Sydney, así como Parramatta, un pueblo en las afueras y el estadio olímpico. Se puede comprar un abono combinado para coger cualquiera de las tres redes en la zona deseada, exactamente igual que en Madrid. Salvo que aquí el abono es semanal (como casi todo), y que el precio para la zona roja, la más pequeña, es $35 (unos 21€). ¡Pero tranquilos todos! Aquellos estudiantes con una beca, que sean de intercambio, tenemos un descuento del 50%, con lo que tampoco nos resulta tan disparatado el precio.

Ahora, comentar un poco cada una de los tres medios. En primer lugar, el más usado, el tren. Posiblemente el lugar más sucio de todo Australia pueda encontrarse dentro de uno de estos vagones. Con eso de que no hay ni una sola basura en toda la estación, dentro de los trenes puedes colocarte en un asiento en el cual, tu compañera sea una cáscara de plátano, por poner un ejemplo. Y la decoración no ayuda, pues todos los artistas urbanos han decidido al unísono, dejar su rubrica en las paredes, asientos, techos, ventanas. Y algún honrado trabajador ha decido que ese arte no va con él, e intentando borrar lo escrito, lo único que ha conseguido ha sido dejar nubes borrosas de colores sin definir por todas partes. Es bastante tétrico, parece que te encuentras en las mismísimas Cuevas de Altamira.
La mayoría de los trenes tienen asientos abatibles. Esto te sirve para varias cosas. En primer lugar, si te mareas viajando de espaldas, cambias la dirección de los asientos y listo. En segundo lugar, si la persona que te toca enfrente no te gusta, cambias de vista. La gente es muy antisocial.
Y por último, un dato curioso, con el que aun me cuesta lidiar: las puertas de los trenes tienen dos sonidos, uno cuando abren y otro cuando cierran. Al abrir, suena como cuando el Metro cierra, y cuando cierran, suenan como las del Cercanías. Con lo cual, si oyes las puertas abrirse, corres a que no se te escape el tren, y quedas como una estúpida, de carrera por la estación para llegar a un vehículo que aun va a estar parado durante un rato.

De los ferrys qué decir... Tienes la opción de ir dentro del mismo, o en la cubierta, sintiendo el gélido aire en tu cara, disfrutando de una vista increíble a tu alrededor, en un agua completamente azul, rodeada de edificios de lo más modernos, disfrutando del Sydney de las postales. Un paseo rápido, cómodo y muy agradable. Una pena que no te puedas mover por toda la ciudad en ferry, porque sería un gusto.

Los autobuses son como los de Madrid, salvo por el factor peligro comentado en el post anterior. Otra cosa curiosa es que nadie respeta las colas, y o estás atento, o te quedas sin sitio. Y esto te puede pasar tanto en el autobús como en el baño o en cualquier otro sitio. Guardar las colas es algo que no va con la gente que camina cabeza abajo.
Por la noche, algunos autobuses mantienen su itinerario hasta la mañana siguiente, otros paran, y otros hacen las veces de búho. El que me lleva a casa es el 386/387. Y ese, no tiene servicio nocturno. La última noche de viernes que estuvieron en Sydney Fabiola y Estefanía, fuimos a un restaurante japonés con un tren de sushi, y después, fuimos a disfrutar de la lluvia en el Opera House, por última vez para ellas. Después nos despedimos en el tren. Y yo, me volví sola a Bondi Junction, donde debo coger el bus. Mi mala suerte hizo que nada más llegar, el último bus, que pasa a las 12:15 se hubiera ido. Pero la suerte no me había abandonado del todo, y algo quiso que en ese momento, llegara a una plataforma más abajo el último 389, que no me queda muy lejos de casa. Claro, que lloviendo y de noche, no tenía muy claro donde debía bajarme. Y apelando a la legendaria amabilidad de los conductores de autobuses (que en a veces, hasta te explican como debes saludar en inglés en cada ocasión), le pedí que me avisara cuando estuviera en Murriverie Road, donde queda mi piso. Con lo que yo no contaba, era con que esa calle tenía tres paradas. Y no sabiendo qué decirle, una señora intentó ayudarme a decidir. Creo que entre los dos, acabaron decidiendo que yo era demasiado absurda como para dejarme en medio de la nada sin saber a donde ir, y como era el último autobús de la línea, el hombre más amable del mundo me dijo que me quedara hasta el final, y luego me llevaba a mi casa. Y así lo hizo. En la última parada pidió a todo el mundo que se bajara, pero a mí me dijo "tú tranquila, tú puedes quedarte". Y gracias a las pobres indicaciones que le había proporcionado momentos antes, supo conducirme sana y salva hasta la puerta del piso a la 1 de la mañana. Aun sigue pareciéndome inaudito, y si alguien me lo contara, no me lo creería. Pero Sydney es así.

martes, 12 de agosto de 2008

Llegada a Australia 4: Aduana y taxi

Fuera del avión iba yo preocupada por lo que me fueran a decir en la aduana.

Me hicieron rellenar una tarjeta de desembarque antes de aterrizar en Sydney, en la que te preguntaban desde tu residencia en Sydney, hasta si estabas involucrada en algún tipo de crimen contra la humanidad... ¿Quién va a responder a esa pregunta con un sí, por mucho que sea verdad? La primera pregunta que había que contestar con sí o no, era: "¿Lleva armas, drogas o medicinas?". Yo respondí que sí, pero claro, no se sabía a cuál de las tres. Y como se pusieran tontos, como me hicieran abrir la maleta y tirar todos mis antihistamínicos...

Antes de coger la maleta, tuve que enseñar mi tarjeta y mi pasaporte en la ventanilla llamada "otros países", ya que había ventanilla para los australianos, neozelandeses y asiáticos, creo. El resto, eran "otros países". Para mi sorpresa, lo único que me preguntaron era en que barrio se encontraba mi residencia. Nada sobre armas de destrucción masiva, drogas destruye-civilizaciones o la terrible tuberculosis. Me dejaron pasar sin más.

Con un carrito en mano, me dispuse a encontrar mis dos maletas: La bolsa de viaje chiquitina, envuelta en cientos de metro de papel de film transparente, pero de color verde (zurullo espacial lo llamaba mi familia), y la gigantesca maleta Samsonite roja, también verde por el envoltorio. Pero no era tan fácil llegar hasta la cinta. Aquello estaba lleno de personas dispuestas a dar su vida por su maleta. Yo no iba a ser menos, pero debía andar con ojo, pues no quería que mi ordenador estuviera sin vigilar.

Me estaba poniendo muy nerviosa. ¿Y si mis maletas se habían quedado en Londres? ¿Y si las había cogido alguien? ¿Cómo iba a coger yo sola la más grande de las dos? En estas estaba cuando apareció el zurullo espacial, y empecé a tranquilizarme. Al menos, en ella estaba el abrigo. La cogí, no sin problemas para acercarme a la cinta, que estaba abarrotada de gente mirando al infinito. Pero de la otra no sabía aun nada.

Estuve un buen rato allí, mordiéndome las uñas, cuando salió por el otro lado. Iba a acercarme a por ella, cuando pasó a mi lado un hombre con una perra encantadora, que iba olfateando los equipajes en busca de comida. Y la muy **** se paró al lado de mi equipaje de mano. El hombre empezó a abrirme la bolsa en busca de comida. Me preguntó si llevaba algo del avión, y le dije que sí, pero no le bastó. Siguió revolviendo hasta que encontró un bocata de salchichón que me había hecho mi madre para que tomara al salir en Singapur, pero con el cuerpo que tenía, no pude ni pensar en él. Había decidido tomarlo para cenar, pero en ese momento, no me acordaba de él. El maldito australiano, lo cogió, le dio un premio a la perrilla, puso una marca roja en mi tarjeta de desembarque y sin decir nada, se fue con mi comida, para tirarla a la basura. Y allí me dejo, compuesta y sin cena. Miré a ver si al menos, podía coger mi maleta, pero no había rastro de ella.

La desesperación se apoderó de mí. "Bueno", me dije, "estará dando la vuelta por el otro lado. Aparecerá de un momento a otro". Pero no. El tiempo pasaba y del otro lado no salía nada parecido a mi Samsonite. Los segundos se me hicieron eternos. Alguien se la había llevado, seguro. Tuve ganas de salir corriendo a dar vueltas por la cinta, a ver encontraba a la persona que la había cogido sin mi permiso, pero no podía, tenía el resto de mi equipaje. Así que, estresada como estaba, cogí mi carro y con él, me puse a dar vueltas a la cinta. Y nada. Iba llorando cuando, como de la nada, a la mitad de camino, allí estaba, en la cinta. Corrí, embestí a la gente, y como si fuera una pluma, la cogí en volandas y la llevé al carro con el resto de mis pertenencias. Ya estaba todo. No había nada que temer. Todo había salido bien.

Pero aun no había salido. Aun quedaba el registro de maletas. Y yo tenía una marca roja en mi tarjeta y armas o drogas. Me iban a deportar seguro. Llegué, y me preguntaron por la marca roja, y dije que había sido un bocata, pero que ya lo habían tirado. Pasaron mi maleta por los rayos X y entonces... No me dijeron nada más, ni me preguntaron por las medicinas, simplemente, me dejaron ir.

Y por fin estaba en Sydney, pero no había nadie a la salida que me estuviera esperando. Triste, me fui en busca de un taxi. Me monté en el que me mandaron, ya que había una encargada a la puerta del aeropuerto, de gestionar la cola para coger el taxi. Resultó el taxi de un indio al que era imposible entender. Me monté detrás, y él se fue al asiento del copiloto. Y se puso a conducir por el lado erróneo de la carretera. Pensé que iba a morir estampada contra otro coche, pero resultó que todo el mundo conducía al revés. También resultó que el taxista conducía extremadamente mal. Creí que era solo cosa de él, pero todos los australianos conducen fatal.

Le dije que me llevara a la residencia, pero no entendía la dirección (33, Greenwich Road), así que paró en medio de la autopista, y me pidió que me sentara delante y le escribiera el nombre en un papel. Y allí iba yo, en el asiento del conductor, temiendo por mi vida, y tapándome los ojos cada vez que doblábamos una esquina, segura que de frente iba a aparecer el coche que nos iba a matar.

Las preguntas normales de un viaje en taxi, pero sin entendernos entre nosotros (porque el acento indio es imposible, entre otras cosas), "¿De dónde vienes?" "¿Cuánto te quedas?" "¿Conoces a alguien aquí?", las repetíamos una y otra vez. . No debía tener yo muy buena cara, porque cuando pasamos por el Harbour Brigde (el puente este tan famoso de Sydney), me preguntaba "¿Ya estás más contenta? Estás pasando por el puente". Y a mí me daban ganas de darle una paliza, si no fuera porque él llevaba el volante, Y a pesar eso pocas veces le vi mirando a la carretera.

Me presenté el peor día en Sydney. El World Youth Day (el día mundial de la juventud). Allí estaba el Papa, tocándome la moral. ¿Por qué? Por que por su visita, habían cerrado la gran mayoría de calles de la ciudad, y nos tuvimos que dar la vuelta con el taxi, todas las veces. El hombre se perdió y no sabía por dónde ir. Y se agobiaba diciendo que tenía que volver cuanto antes al aeropuerto, porque si no, no iba a hacer mucho dinero. Está muy bien que te digan estas cosas cuando ves el taxímetro subir como la espuma. Al final, decidió meterme por el tunel de peaje, que para mí que solo pagó 5$, pero él me dijo que eran 10$. Yo creo que me timó todo lo que pudo, porque al llegar a la residencia, tuve que pagar... ¡95$! Casi 60€ de carrera. Claro, medio dormida, sin fuerzas por no comer, con ganas de nada... ¿Cómo no aprovecharse? Menudos primeros contactos estaba teniendo con los australianos. Me parecían todos unos cabrones.

En la residencia, a las 20:00 ya no había cena, así que me llevaron a mi habitación, diciendo que mi compañera seguramente no iría a dormir esa noche. Normal, con la de cosas que tenía encima de la cama, a mí también me daría pereza ir allí a dormir, tendría que pasarse un par de horas quitando cosas de encima. Bajé un momento a los ordenadores para dar la noticia de que estaba "bien", que había llegado "sana y salva", y que me iba a la cama.

A las 21:00 me metí en la cama, y dejé a mano una botellita de agua de 33cl para ir bebiendo por la noche e irme rehidratando. Pero el Jet Lag... Esa es otra historia.

lunes, 11 de agosto de 2008

Llegada a Australia 3: El avión de Quantas


Quantas. La aerolínea australiana por excelencia. Un avión enorme, con 7 asientos por fila. A mí me había tocado pasillo, al lado de una pareja rubia de ingleses. Llamé de nuevo a mi madre antes de que despegara el avión, para contárselo. Me había dicho que era importante que hablara con los que me hubieran tocado al lado, que el viaje se me haría más corto. ¿Cómo se puede hacer corto un viaje de aproximadamente 24 horas? Parecía que al estar en parejita, no me iban a hacer mucho caso… Al final, me resigné a despedirme de mi familia por al menos un día, aunque veía difícil llamarles a la llegada, porque llamar desde mi móvil a España cuesta 3,72 € el minuto…


Me acomodé como pude en mi asiento. Era bastante amplio. Encontré en él una pequeña manta gris muy calentita, una almohada y unos auriculares. En el reposabrazos derecho había un mando a distancia, con el que se podían controlar todas las utilidades que ofrecía la pequeña pantalla que tenía delante. Cada uno tenía la suya, ubicada en la parte posterior del reposacabezas del viajero de delante. En ella podías elegir una emisora de radio, una película de actualidad (véase, 21 Blackjack, Reyes de la Noche, Shine a Light,…), una cadena de televisión (la Fox, Disney Chanel,…), discos de música variados, juegos de arcade o el plan de vuelo, el mapa de dónde nos encontrábamos, ciudades por las que estábamos pasando, velocidad, altura, hora local del lugar de llegada, tiempo estimado de vuelo, tiempo transcurrido desde nuestra salida, dónde se encontraba la noche en ese momento… Me entretenía mirarlo, pero también me desesperaba un poco, ya que ponía que nos movíamos a unos 1000 Km/h, pero en el mapa no avanzábamos nada.


Eran las 13:15 en España, y me apetecía dormir un poco, a ver si empezaba a encontrarme mejor. Me puse los cascos para escuchar algo de música (elegí una recopilación de los Beatles, el último de los Red Hot Chilli Peppers, Bob Dilan y los Rolling Stones), puse el plan de vuelo para ir viendo las ciudades por las que se suponía que sobrevolábamos, ya que era imposible ver nada tras las densas nubes que se movían debajo de nosotros. El reposacabezas se doblaba por los lados, de manera que la cabeza no se te caía y la tenías perfectamente sujeta. Me pareció muy cómodo y me dispuse a dormir. Pero me fue imposible. Traté de jugar a algunos de los juegos, pero me mareaba más. Al final, tuve que darme un paseito hasta el baño para vomitar. Y fue la primera de un montón de veces. Tantas que ni las recuerdo.


Llegó la hora de la comida. El menú podia se consultado de forma interactiva en la pantalla multiusos, junto con el resto de las comidas, cenas y desayunos. Imposible comer nada. El olor era insoportable, y la gente comía una comida que tenía pinta de todo menos de estar buena. Pedí si tenían algo de arroz o algo así para mi malestar. Me acabaron trayendo un par de panes y un té. No duraron mucho en mi estómago. ¡Menos mal que estaba sentada en un asiento de pasillo!


Siguieron trayendo comidas, tentenpiés, snacks, cena, desayunos... De todo, pero yo no probé nada, y si algo comía, por miedo a deshidratarme o a un bajón de azucar, al rato tenía que ir a vomitarlo. Se hizo de noche (muy temprano para mi gusto, debían ser las 6 de la tarde en España), y nos apagaron las luces para que durmieramos. Yo me puse a ver Shine a Light para entretenerme, mientras unos niños corrían por el avión, detrás de su hermanita que iba gateando.


Nuestra parada técnica fue en Singapur, hora local 8 de la mañana, hora en España, 2 de la mañana... Al aterrizar, tuve que vomitar en la bolsita de mareo. Crei que me moría de la vergüenza. Completamente desubicada acabé, como no, en el baño. Un par de veces más vomitando y de vuelta al avión. Pero claro, había que pasar otro control (debía ser el 5º por el que había pasado). Vuelta a sacar el ordenador, a quitarse los zapatos, a tirar la botella de agua que me había sacado del avión... Menos mal que me había dejado dentro la de aquarius...


Y para mi sorpresa, al volver a entrar en el avión, ¡me había tirado la botellita de aquarius! Pues nada, me resigné a no comer nada en todas las horas que nos quedaban hasta Syndey (unas 8 aun). Mi vecina, un encanto de mujer, me dio sus bolsas de mareo. Yo busqué la posición más cómoda para no ir mareada. Resultó ser con la almohada encima de la mesita, y encorvada para llegar a echarme en ella. Así me pude quedar el resto del viaje, escuchando música y chequeando de vez en cuando el plan de vuelo, para descubrir que siempre estabamos en el centro de Australia, y que aun nos quedaban 6 horas de viaje. Siempre eran los mismo datos. Era desesperante.


No mucho más que añadir al viaje. Ni agua ni comida probé desde Singapur, y ya solo vomité 2 veces más. Parecía que se me iba pasando.


Por fin, después de 28 horas de viaje horrible, llegamos a Sydney. Resultó que mis compañeros de viaje vivían allí, y les estuve preguntando cosas como por ejemplo, cuánto tardaba desde mi residencia a la universidad, dónde podía coger un taxi, si me iban a dejar pasar la aduana con mis medicinas... Y si hacía mucho frío en la calle. El abrigo estaba en la maleta, así que les pregunté si era una buena idea que me llevara la manta. Su respuesta fue "guárdatela en el equipaje de mano, que por el precio del billete, bien vale quedarse con la manta". Y eso hice. Ahora duermo todas las noches con ella.


Dispuesta a coger mis maletas y pasar la aduana, salí del avión como si hubiera pasado en él una vida entera.

martes, 5 de agosto de 2008

Llegada a Australia 2: Vuelo y "estancia" en Londres

"¿Qué coño hago yo aquí?" "Si aun está la puerta abierta, ¿por qué no corro y huyo?" "¡Yo solo quiero quedarme en mi casa!" "Al menos tengo ventanilla..." "Un año es demasiado tiempo" "Odio Australia" "No creo que aguante"... Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza mientras miraba embelesada por la ventana un aeropuerto solitario y una que no volvería a pisar en mucho tiempo. Se me empañaban las gafas y se me revolvía el estómago.

A mi lado se sentaron una pareja de color. Ella estaba en el asiento contiguo, y en mi opinión, la ducha le era algo completamente desconocido. ¡Cómo se puede oler a sudor de esa manera! Era increíble... Intentaba concentrarme en la ventanilla, pero no había nada que ver. Abrí la revista, dispuesta a leer e intentar pasar el rato lo más distraída posible. ¡Pero no había salido de España y todo me recordaba a ella!

8:45 de la mañana. Cuando despegó el avión, ya no hubo escapatoria posible. Ya no tenía credibilidad aquella voz que me decía "aun estás a tiempo de darte la vuelta, de abandonarlo y volverte a casa". No. Ya estaba en el aire. Desde la ventanilla pude ver lo que quedaba atrás. Traté de reconocer los edificios que se alejaban: allí, la Autónoma, un poco más cerca, el centro comercial Plaza Norte 2, a lo lejos, las inconfundibles cuatro torres de la Ciudad Deportiva del Madrid... A mi vuelta, estarán completamente terminadas.

Traté de leer, pero me bailaban las letras. Me estaba mareando. Entre los nervios, la tristeza, el avión con turbulencias, el olor a sobaco... Tuve que salir al baño, pero no era fácil, la mujer estaba completamente dormida y obstruía la vía de escape. Cuando la desperté y conseguí llegar al baño, tuve que deshacerme del desayuno que había tomado en el aeropuerto, no podía venirse conmigo a Australia.

A mi vuelta al asiento (en la que de nuevo, tuve que despertar a mi olorosa compañera), me centré en mirar por la ventana. Pero una vez salimos de la península, subiendo por el Cantábrico hacía arriba, aparecieron unas nubes, que nos acompañaron por el resto del viaje. ¡Y me refiero, hasta Sydney! Parecía que el único lugar del mundo despejado era España.

No cabe destacar más de aquel vuelo. Pero al llegar al aeropuerto del Londres, una nueva "aventura" aguardaba. Víctor tenía razón, aquello era enorme. Para cambiar de avión, tenía que ir desde la terminal 2, a la que había llegado, hasta la terminal 4. Pasillos interminables que tenía que recorrer sola, con un equipaje de mano que según me iba encontrando peor, me iba pesando cada vez más. Al fin llegué a una parada del autobús que debía coger para cambiar de terminal. El tiempo no acompañaba a mi humor, todo nublado, frío y lloviendo. "¿Cuánto costará una llamada a un móvil desde aquí?" Me daba igual. Llamé a mi madre, llorando desesperada en busca de algo de consuelo, de escuchar una voz amiga. ¡Y sólo hacía poco más de 3 horas que me había separado de ellos! Qué va a ser de mí un año entero...El consejo de mi familia fue que me comprara un aquarius y aprovechara a dormir en el vuelo, que así empezaría a encontrarme mejor. No se lo dije en ese momento, pero para encontrarme mejor, necesitaba tumbarme en el hombro o en las piernas de alguien querido, y que me consolara. Y esto es algo que tengo que empezar a aceptar, no lo voy a tener hasta dentro de un año.

¡Qué antipáticos son los ingleses! Sólo quería comprar una botellita de agua y otra de aquarius. Vale, aceptan euros. Voy a pagar con monedas y me dicen "No, sólo aceptamos billetes". Pues nada... Pago con 20 $ americanos, que mi padre tuvo la certeza de darme para pagar en los aeropuertos. Y las vueltas... Cómo no, en libras. ¡Pues nada, llevo en la cartera 4 tipos de monedas distintas (la cuarta era el dolar australiano, que aun no ha entrado en escena)!

No me podía creer que un aeropuerto pudiera ser tan grande. Todo lleno de tiendas, para comprar todo lo que se te ocurra. Pero a mí sólo me interesaba el baño. Parecía que aun quedaban restos del desayuno de Barajas que querían quedarse en Europa a toda costa.

Otra vez en la puerta para entrar en otro avión. La gente era muy rara. Incluso andaba por allí un escocés con su falda, no pasaba para nada desapercibido. Y yo allí seguía, llorando. Ahora no me miraban con pena, como en Madrid, si no, como con asco y curiosidad. No podía más, llamé de nuevo a mi familia. Hasta que no vi que la cola se había terminado y no quedaba más que yo para entrar en el avión, no me resigné a colgar. No podría volver a hablar con ellos hasta el día siguiente, como poco. Con el viaje tan malo que había pasado hasta Londres, ¡y solo había sido una hora y cincuenta minutos! ¡Qué iba a ser de mí, si estaba saliendo a las 13:15 y llegaría a las 10:50, hora española!

Me levanté de mi asiento, dispuesta a dar otro paso hacía el que se suponía que era el viaje de mi vida, directa a entrar en el avión. Pero más bien podría haber sido el viaje de mi muerte.

lunes, 4 de agosto de 2008

Llegada a Australia 1: El aeropuerto de Barajas

El temido día llegó. Era 18 de Julio de 2008, 4:30 de la mañana. Me levantaba mi madre, tras de una noche bien corta, y después de un día de estrés por la maleta... ¡Debía comprimir un año entero de vida en 20Kg! Muy a mi pesar tuve que dejar cosas que quería traerme, véase, el canguro que me regalaron mi gente de la universidad, que lo echo mucho de menos... Ahora debe estar leyendo esto desde la cabecera de mi cama en Madrid...

Pero todo estaba hecho. Despídete de la gata, de la pájara, del ratón, de tu casa, de tus cosas... De tu vida tal y como la conoces. Me encontré en un momento de crisis en el que me negaba a abandonarlo todo, y como en un ataque de cleptomanía, intenté meterme en los bolsillos muchas de las cosas que no había guardado en la bolsa de mano. A las 5 de la mañana salimos toda mi familia y yo hacia la T4 del aeropuerto de Barajas. Pero antes, pasa por el baño a vomitar; los nervios no perdonan.

Hubiera querido que el viaje en coche no terminara nunca, que no llegáramos a Barajas, que no bajáramos con la maleta. Se cierra el coche, se cierra otra puerta de lo que era.

Llegamos al mostrador de Iberia. La maleta pesa 22 Kilos, y el equipaje de mano es demasiado grande. ¡Era imposible estar tranquila en un momento así, no quería dejar más cosas atrás! Y se nos ocurre preguntar en ese momento, "¿cuántos kilos se permiten en un vuelo hasta Sydney?". "Pues lo normal en los vuelos intercontinentales: dos maletas de 23 Kilos. Esto es así desde Junio". ¿Y por qué nadie me había avisado? No pude más que ponerme a llorar desconsoladamente. Tanto estrés, tantas pertenencias abandonadas a regañadientes, tanto pesar la maleta para que no superara los 20, y encima de todo, que solo llevaba ropa de invierno, pues la de verano no me cabía... Todo pasó por mi cabeza a la vez, y tuve ganas de gritar. Pero no lo hice. En vez de eso, vacié el equipaje de mano en otra bolsa más pequeña que llevaba mi madre, siempre muy previsora, y facturamos las pocas pertenencias que me quedaban en los bolsillos.

En estas estábamos cuando llegó Bea, preocupada por si aun podía despedirme. Nos encontró haciendo el trasbase de bolsas tirados en el suelo, a lado de unos bancos. Se integró como si fuera parte de la familia, así que decidimos irnos todos a desayunar a una cafetería. Decidí no comer mucho, que me conozco, podía vomitar en cualquier momento. Un zumito de naranja y un croisant. No me pude terminar ninguno de los dos.

Llegaba la hora tanto tiempo temida. A las 8 de la mañana debes pasar el control policial y separarte de tu gente durante un año entero. Y allí estábamos, al final de la cola. Me hacía la remolona, que si ahora hablo contigo, que si ahora hago un chiste, que si miro con cara de preocupación a los señores policías... Ninguna intención de pasar. Pero ya no había vuelta atrás. Tuve que despedirme. Fue demasiado duro. No quería dejar de abrazar a ninguno de los cuatro. No paraba de llorar. No me lo podía creer, tanto tiempo intentando no pensar en ese momento que estaba sucediendo. ¿Habéis visto la película de Dumbo? Me sentía igual que el pequeño elefantito cuando va a visitar a su madre encerrada en una jaula, y después de cantar la canción más triste del mundo, el ratoncillo tiene que llevárselo de allí, tirando de él, mientras mira hacia atrás, llorando, viendo como su madre se despide con la trompa. Bien podría ilustrar aquel instante mientras me alejaba. Pasé el control policial, y no podía dejar de mirar atrás. Tenía ganas de correr hacia atrás, volver, abrazarme a ellos y no soltarles jamás. El policia me decía "no llores mujer", y yo no tenía palabras para contestarle, solo lágrimas.

Y por fin, estaba sola. La gente me iba preguntado camino de la puerta si me encontraba bien. Unos es español, y otros ya en inglés. Debía tener una estampa bastante lamentable. Mis pies se movían por inercia, no porque yo se lo ordenara, porque mi mente estaba puesta fuera del aeropuerto. No quería seguir adelante, pero lo hacía, no tenía otra opción.

Por delante me quedaban 28 horas de viaje, así que decidí comprarme unas revistas (la Cuore, para ser más exactos) y unos pasatiempos para hacer en el avión.

Finalmente, allí estaba yo, en una cola para entrar al avión, con las gafas de sol puestas, para que no se viera que no paraba de llorar, pero creo que no funcionaba muy bien. Sin más, nos hicieron pasar. Y fue cuando empezó el viaje más horrible de toda mi vida.