Lo sé, y lo siento. Más de un mes desde la última entrada. Las cosas se me complicaron, entre exámenes finales y entregas de prácticas. Después, mudarse de casa y buscar lugar donde quedarse este mes hasta que me vaya de vacaciones a Perth... Y que luego, en vacaciones, siempre te da más pereza sentarte frente a un ordenador, teniendo toda una playa repleta de sol y olas a 5 minutos de casa.
También lo sé. Aun no terminé con Fiji. Pero supongo que esto tampoco os importará saberlo.
Todo empezó el Martes. Como un día cualquiera, decidimos
irnos por la mañana con nuestras tablas a hacer surf a Bondi Beach. Yo llevaba mi tabla blanda de color rosa, encontrada a principio de cuatrimestre en la calle por un amigo chileno, y que compartíamos todas las chicas, pues es bastante buena para aprender, y los chicos tienen cada uno la suya propia. En el agua nos encontrábamos Diogo, Roland y yo, esperando una ola. Yo llevaba ya unas cuantas aquella mañana (pongamos 3), y me decidí con esta que se aproximaba. Según me subí en ella, escuché un característico ruido de "error ocurrido". Cuando me quise dar cuenta, me encontraba intentando subirme a un trozo de corcho blanco, con 4 barras de madera podrida, partido por la mitad. Se acabó el surf para mí. Sigo sin tener muy claro cómo sucedió aquello. Al menos, mirando el lado positivo de las cosas, ya no desentonará tanto mi neopreno azul con la tabla rosa chicle.Pasé 2 días pensado en cómo iba a continuar con mi entrenamiento en este deporte que ha empezado a encantarme. Llegué a la sencilla conclusión de que por necesidad, me hacía falta una tabla. Así que ayer, cuando nos despertamos, desayunamos, preparamos y decidimos nuestros planes del día (lo que lleva un buen rato), a la 1 de la tarde, Roland y yo nos dirigimos a todas las tiendas de tablas de Bondi. En las de segunda mano, las tablas estaban un poco maltratadas, y no eran especialmente baratas. Y si te disponías a comprar una nueva, el precio desorbitado de las mismas te dañaba el bolsillo. Con estos ánimos de imposibilidad para comprar algo que me gustara, llegamos a la tienda donde me compré mi traje de neopreno hace un mes, Dripping Wet. Allí, las tablas nuevas están en rebajas, y buscando entre ellas, encuentro el amor a primera vista. Una tabla perfecta. 7'6 pies, ancha, con punta redondeada, gruesa, de fibra de vidrio. Pero aun eso, sigue siendo algo cara. Me incluyen en el trato el enganche para la pierna, las aletas para girarla en el agua, el apoyo para los pies del final, para hacer giros, cera y una bolsa para meterla. El trato es perfecto, pero no me decido.
En estas, nos vamos al campo de golf que hay al norte de la playa, a sentarnos en unos acantilados a disfrutar del día. Con unas patatas, chocolate y zumo, Roland y yo nos ponemos a hablar sobre los temas más filosóficos y los más intrascendentales que se nos puedan ocurrir en ese momento. El tiempo pasa sin que nos demos cuenta. Observando el mar, a nuestros mismos pies, disfrutamos de la compañía de una manada de delfines al completo, incluidas las pequeñas crías, que están pescando y jugando con las olas. La tarde es perfecta. Y allí, dejando que la suave brisa hiciera que pasaran todas nuestras preocupaciones y se ahogaran en las azules aguas del Pacífico en un día soleado, se hicieron las 17:30 de la tarde. Y mi mejor idea para ese mismo momento, fue pasarme otra vez por la tienda de Surf, pero esta vez, salir con una tabla bajo el brazo. Y con esta sí, a las 18:30 estabamos haciendo surf en las turbias y revueltas aguas de la playa al atardecer. Y ahora sí que me siento surfera, con mi propio equipamiento al completo. El único problema que le veo ahora, es cómo la voy a enviarlo de vuelta a España. Pero para eso, aun queda mucho tiempo. Por ahora, me voy a concentrar en disfrutar.