viernes, 13 de marzo de 2009

Cambios

La vida a veces te sorprende.

De abandonar España compungida y prometiendo volver cuanto antes pueda, a retrasar mi vuelo hasta el último momento y buscar nuevas becas y excusas para quedarme en este idílico lugar cuanto más tiempo, mejor.

De sufrir de manera inimaginable y desear que todo vaya bien para comunicárselo al resto de la gente y no se preocupen por mí, a que todo vaya de manera increíble, pero callarse en su mayoría por no tornar mi suerte y hacer que esas personas que antes deseaban mi bien, acaben demasiado hartas de una alegría muy poco contagiosa y se acaben cansando de mi voz.

De tener gran facilidad y fluidez en el uso de la lengua Española, a pasar varios minutos pensando la traducción en mi idioma de, por ejemplo, una palabra antes tan usualmente usada por mí como puede ser "autoestima".

De no vivir más que para el estudio, a temer que el estudio me quite de vivir. Y esta, es la sorpresa más grande de todas.

jueves, 12 de marzo de 2009

Una gorda feliz

Hoy no me he preparado una entrada concreta, pero creo que va siendo hora de actualizar de nuevo este pequeño espacio de mi vida.

Se acabaron mis vacaciones. Posiblemente, las vacaciones de verano que recordaré el resto de mi vida. En primer lugar, por haberse desarrollado durante los meses de Diciembre, Enero y Febrero, ya que tras haber vivido los primeros 22 años de mi vida en el hemisferio norte, era algo completamente novedoso para mí. Y en segundo lugar, por haberme descubierto un mundo nuevo ante mis ojos. Como todos sabéis, estas empezaron el 28 de Noviembre cuando tuve que abandonar mi apartamento, lugar que aun sigo echando de menos, no tanto por el piso, si no por las personas que en él habitaban. Tras esto, la secuencia de acontecimientos es la siguiente:

- 2 semanas en Sydney en casa de mis chilenos.
- 12 días en Perth y la maravillosa costa Oeste.
- 10 días en Sydney para pasar unas Navidades y año nuevo como nunca imaginados.
- El 5 de Enero, comienza mi viaje en coche por la costa Este con Chris y Candee, durante dos semanas.
- El 21 de Enero, vuelo a Melbourne para alojarme en casa de mis buenos amigos Jamie y Dan, por dos semanas más, siendo uno de los mejores momentos de las vacaciones.
- El 4 de Febrero, aterrizo en Hobart, Tasmania, para pasar allí 4 días, visitando la ciudad y Port Arthur, y después, hacer un tour de 5 días al rededor de la isla, con el mejor guía que he tenido hasta el momento, John, y un grupo de personas que hicieron la estancia perfecta.
- El 12 de Febrero regreso a Sydney a mudarme a mi nuevo apartamento, con mis nuevos compañeros de piso (2 daneses, una alemana, una danesa y una francesa).
- El 26 de Febrero despego a las 6 de la tarde dirección Honolulu, para aterrizar tras 9 horas de vuelo el mismo día, pero a las 6 de la mañana.
- El 9 de Febrero, 8:15 am, abandono Hawaii para llegar a Sydney el 10 de Febrero a las 16:00 tras 10 horas y 50 minutos de viaje, con más de 5 horas de turbulencias.

Y aquí me encuentro ahora, escribiendo un pequeño resumen de todo ello. Cada apartado se merecerá una entrada. Espero poder mantener el ritmo de escritura al nivel de lo acontecido.

Con respecto al título de la entrada: Sí, estoy gorda. Debo haber engordado unos 20 kilos desde que dejé España. Y sí, estoy feliz. La vida es mas sencilla si eres capaz de mostrar una sonrisa en tu cara a lo largo del día. Pero esto, en mi naturaleza de persona estresada, también me tiene algo preocupada. He descubierto que puedo vivir sola. Antes, una parte de mi cabeza moría por tener compañía. Esa parte parece haber entrado en razón. La soledad no es algo que yo deba evitar a toda costa. Es más, estos 8 meses estoy disfrutando de ella más que nunca. Claro, siempre piensas que la gente que queda en tu país aun te quieren y te esperan. ¿Pero qué sucedería si no fuera así? Para mí eso era el fin del mundo. Sin embargo, ahora lo pienso fríamente, y sé que sin ningún problema podría comenzar desde cero en cualquier parte del mundo. No necesito raíces. Y esto me da miedo, pues alguien tan "libre" es difícil que encuentre su sitio. Puede que el mio no esté en Australia, pero ahora también dudo que se encuentre en España. A veces me enfada pensar que la gente se olvida de mí. Últimamente, me enfada más el echo de que más posiblemente, sea yo la que esté olvidando.

De todas maneras, esta no es una entrada inspirada. Esperad a las siguientes, cuando me haya asentado de nuevo y tenga los pies en la tierra, en vez de la cabeza en las nubes (de manera literal, pues desde aproximadamente el 17 de Noviembre, cuando Line tuvo que volver a Dinamarca de manera inesperada, he visitado un aeropuerto al menos una vez cada dos semanas, sin excepción).

domingo, 4 de enero de 2009

Vida de una nómada

Hace mucho que no escribo. Pero una vez leáis las líneas que aquí siguen, comprenderéis un poquito más que está pasando con mi vida estos últimos tiempos.

El piso, como ya sabréis, tuve que abandonarlo el 28 de Noviembre. Desde entonces, no tengo lugar donde vivir. He estado durmiendo un tiempo en la casa de los chilenos, mientras tenían una cama libre, de esta manera, salíamos beneficiados dos: La persona que en ese momento no se encontraba viviendo con nosotros, pues su renta era pagada, y yo, que tenía un sitio para alojarme. Pero esto, terminó el 12 de Diciembre, cuando me fui de viaje a Perth, y a la costa Oeste.

Mi viaje a Wastern Australia fue maravilloso de partida, pero la soledad de estar 12 días incomunicada se hace notar, y el 24, deseosa de compañía, me volví a Sydney. Como mi vuelo era muy temprano y en estas ciudades, no hay manera de llegar de forma apropiada a los aeropuertos si se trata de estar allí de madrugada, aproveché y como una indigente cualquiera, me puse una almohada en el suelo, y tapada con una mantita, intenté dormir entre las cintas de transporte del equipaje de llegada. Sinceramente, no se lo recomiendo a nadie. Demos gracias a que el vuelo de vuelta lo operaba Quantas, y al menos, tuve un desayuno decente.

A mi llegada de nuevo a la casa de mis chilenos, no sabía lo que me esperaba. A las 2 de la tarde, dejé mi equipaje y salí corriendo a comprar los ingredientes para dos tiramisús destinados a ser el postre de la cena de Navidad, y que he de decir, que me salieron deliciosos. La española se encargaba de los postres, mientras que los chilenos se encargaban de la cena principal. Pudimos disfrutar de un increible pavo asado con zumo de naranja, que en un primer intento, quedo estupendo. También carne asada, y ensaladas de todos los tipos, distintos arroces... De aquella cena, nos quedo comida casi para el resto de nuestra estancia.

Con más gente que en la guerra, la casa estaba el día de la fiesta de Navidad que pensé que se colapsaba. Tuvimos cada uno nuestro regalo, pues hicimos un amigo invisible entre nosotros. Claro, que siempre hay errores, con lo que Silvana recibió un regalo de dos personas distintas, dejando a Marine sin su sorpresa. La verdad, mi sentimiento de culpa era infundado, pero aun así...

Aquella noche, al menos pude dormir en un cama. Para las siguiente, mis expectativas de encotrar un espacio libre en la casa decayeron drásticamente, y previendo que me tocaban 10 días de dormitar en el suelo de el salón, compré un colchón inchable que me ha salvado la vida.

Navidades en verano son demasiado raras, se merecen su propia entrada (si algún día tengo tiempo), pero decir que la estancia en una casa para 6 personas, que alojaba algunas noches hasta 18, se hizo algo complicada, pero la gente siempre estaba donde la necesitabas.

Año nuevo pasó, y el 2 de Enero esa casa debía ser desocupada. Tuve que buscar una amiga que me hiciera el favor de guradarme la tabla de surf y cuidara de mi pez (al que entre Judith, la hermana de Roland, y yo, le cambiamos su casa, con lo que ahora puede nadar en una pecera más grande). Anne se ofreció sin ningún problema, y también nos alojó una noche en el suelo de su salón, cosa que Roland y yo, los dos pobres indigentes, agradecimos en el alma, pues estabamos dudando entre dormir esa noche en la playa o en la universidad, y teniendo en cuenta que llovía... Sydney en año nuevo está a rebosar de gente, si quieres un albergue para esas fechas, acuerdate de reservarlo al menos con 6 meses de antelación.

Ahora estamos dos días en un albergue en la ciudad. No es barato, pero al menos, nos permite dormir en una cama después de lo que parecía una eternidad de gente yendo y viniendo, ruidos, e incomodos lugares donde pasar la noche.

Mañana vuelo hacia Brisbane. No es un vuelo demasiado feliz pues es la despedida final de una era. A mi vuelta, ninguno de mis antiguos compañeros de piso quedará en Australia. Sé que algunos de ellos serán muy buenos amigos mios durante mucho tiempo, pero nunca será como ahora. Intento centrarme en la idea de viajar, que me sube el ánimo. No tengo muy claro cuando volveré. No sé cuando podré volver a escribir. Mi plan es que un chico que vive en Queensland, Chris, me lleve en su coche y me la muestre, como solo un autoctono puede hacerlo. Pero me tocan entre 2 y 3 semanas de dormir en campings y coches. De ahí, tomaré un vuelo a Melbourne para visitar a otros amigos. Espero que para entonces, pueda dormir en una cama de verdad. Finalmente, mi último destino espero que sea Tasmania.

Planeo mi vuelta para la segunda semana de Febrero. Entonces, podré empezar a conocer a la nueva generación de estudiantes que entran en la universidad, buscar amigos, e intentar realquilar mi antiguo piso para tener por fin una casa, tras tres meses de ser una ocupa.

Una vez finalizados todos estos viajes, gestiones y presentaciones, el 23 de Febrero empiezan las clases, pero creo que me merezco algo más, con lo que el 26 de Febrero, partiré de visita a Hawaii. Las primeras semanas de clase nunca sirven de nada.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Surfing Sil II: Vuelta a las andadas

Lo sé, y lo siento. Más de un mes desde la última entrada. Las cosas se me complicaron, entre exámenes finales y entregas de prácticas. Después, mudarse de casa y buscar lugar donde quedarse este mes hasta que me vaya de vacaciones a Perth... Y que luego, en vacaciones, siempre te da más pereza sentarte frente a un ordenador, teniendo toda una playa repleta de sol y olas a 5 minutos de casa.

También lo sé. Aun no terminé con Fiji. Pero supongo que esto tampoco os importará saberlo.

Todo empezó el Martes. Como un día cualquiera, decidimos irnos por la mañana con nuestras tablas a hacer surf a Bondi Beach. Yo llevaba mi tabla blanda de color rosa, encontrada a principio de cuatrimestre en la calle por un amigo chileno, y que compartíamos todas las chicas, pues es bastante buena para aprender, y los chicos tienen cada uno la suya propia. En el agua nos encontrábamos Diogo, Roland y yo, esperando una ola. Yo llevaba ya unas cuantas aquella mañana (pongamos 3), y me decidí con esta que se aproximaba. Según me subí en ella, escuché un característico ruido de "error ocurrido". Cuando me quise dar cuenta, me encontraba intentando subirme a un trozo de corcho blanco, con 4 barras de madera podrida, partido por la mitad. Se acabó el surf para mí. Sigo sin tener muy claro cómo sucedió aquello. Al menos, mirando el lado positivo de las cosas, ya no desentonará tanto mi neopreno azul con la tabla rosa chicle.

Pasé 2 días pensado en cómo iba a continuar con mi entrenamiento en este deporte que ha empezado a encantarme. Llegué a la sencilla conclusión de que por necesidad, me hacía falta una tabla. Así que ayer, cuando nos despertamos, desayunamos, preparamos y decidimos nuestros planes del día (lo que lleva un buen rato), a la 1 de la tarde, Roland y yo nos dirigimos a todas las tiendas de tablas de Bondi. En las de segunda mano, las tablas estaban un poco maltratadas, y no eran especialmente baratas. Y si te disponías a comprar una nueva, el precio desorbitado de las mismas te dañaba el bolsillo. Con estos ánimos de imposibilidad para comprar algo que me gustara, llegamos a la tienda donde me compré mi traje de neopreno hace un mes, Dripping Wet. Allí, las tablas nuevas están en rebajas, y buscando entre ellas, encuentro el amor a primera vista. Una tabla perfecta. 7'6 pies, ancha, con punta redondeada, gruesa, de fibra de vidrio. Pero aun eso, sigue siendo algo cara. Me incluyen en el trato el enganche para la pierna, las aletas para girarla en el agua, el apoyo para los pies del final, para hacer giros, cera y una bolsa para meterla. El trato es perfecto, pero no me decido.

En estas, nos vamos al campo de golf que hay al norte de la playa, a sentarnos en unos acantilados a disfrutar del día. Con unas patatas, chocolate y zumo, Roland y yo nos ponemos a hablar sobre los temas más filosóficos y los más intrascendentales que se nos puedan ocurrir en ese momento. El tiempo pasa sin que nos demos cuenta. Observando el mar, a nuestros mismos pies, disfrutamos de la compañía de una manada de delfines al completo, incluidas las pequeñas crías, que están pescando y jugando con las olas. La tarde es perfecta. Y allí, dejando que la suave brisa hiciera que pasaran todas nuestras preocupaciones y se ahogaran en las azules aguas del Pacífico en un día soleado, se hicieron las 17:30 de la tarde. Y mi mejor idea para ese mismo momento, fue pasarme otra vez por la tienda de Surf, pero esta vez, salir con una tabla bajo el brazo. Y con esta sí, a las 18:30 estabamos haciendo surf en las turbias y revueltas aguas de la playa al atardecer. Y ahora sí que me siento surfera, con mi propio equipamiento al completo. El único problema que le veo ahora, es cómo la voy a enviarlo de vuelta a España. Pero para eso, aun queda mucho tiempo. Por ahora, me voy a concentrar en disfrutar.

lunes, 20 de octubre de 2008

Surfing Sil

Iba a escribir sobre Fiji, pero hay cosas que merecen ser contadas.

Una advertencia antes de empezar: Las fotos que siguen, no es solo que el neopreno engorde, que lo hace, si no que realmente estoy gorda. Increíble pero cierto.

Cuando vienes a Australia, ¿qué se espera que hagas? Surf, está claro. Y si vives a 10 minutos de la playa, tienes una tabla especial para aprender, encontrada en la calle, y estás dispuesta a comprar un traje de neopreno, la cosa está muy clara. Pero no se puede ir directamente a la playa, meterte en el agua y esperar a ver que pasa.

Por eso, decidí apuntarme a un campamento de surf. Se trata de un fin de semana en un parque natural en Gerroa, a dos horas al sur de Sydney, en una playa llamada 7 Mile Beach, preciosa, en una bahía inmensa. En ese lugar, las olas entran con mucha fuerza, pero en la zona norte, donde se encontraba el campamento, solo llegan pequeñas reminiscencias de las que rompen en la zona sur, lo que es perfecto para aprender. Además, el nivel del agua va creciendo muy gradualmente según te adentras, lo que hace muy fácil llevar la tabla, y no te obliga a nadar mar adentro para coger una buena ola. Además, el lugar era maravilloso.

El viaje empezaba el viernes a las 6 de la tarde, cuando el autobús venía a recogernos. Cenamos en la que se supone mejor hamburguesería de Australia... Estoy empezando a cansarme de hamburguesas, la verdad. El campamento tenía unas buenas instalaciones, y me puse a compartir una habitación para cuatro con otros dos chicos de Holanda, que estaban empezando su viaje por el país. Muy majos, la verdad.

Por la mañana nos despertaron con el desayuno en la mesa a las 7, con frutas, cereales, zumo, tostadas, café, té, mermeladas varias, mantequilla de cacahuete, judías blancas... Un desayuno completo, pues a las 8:30 empezaba nuestra primera clase de surf. Dos largas horas en las que nuestro mayor deseo era ponernos en pie en la tabla...

Muchos consejos y teoría, consiguieron lo imposible. Claro, que también hay que tener en cuenta que se tratan de tablas especiales para aprender. Son muy grandes, y blandas, como una especie de pequeño bote que te permite flotar sin ningún problema. Y también, las olas eran fáciles de coger, pues se trataban de olas de subida de marea, que vienen con velocidad, pero rompen gentilmente.

La comida la tuvimos a las 11:30, y la siguiente clase de 2 horas, de 13:30 a 15:30. El problema es que por ese entonces, la marea comenzó a bajar, y las olas se convierten en las favoritas de los profesionales, pero un tormento para los aprendices. Altas, rompen rápido y forman el famoso tubo que todos hemos visto atravesar a algún intrépido muchacho. Para cogerlas bien, debes ponerte en pie rápidamente, pues si tardas un poco, te colocas en la cresta de la ola, lo que de seguro, hará que tu tabla vaya de cabeza a hundirse en el agua, y por supuesto, tú con ella. Y en mi segunda clase, mucha velocidad aun no había cogido, con lo que me pasé más tiempo sumergida que en la superficie. Pero el trabajo duro se nota.

Subimos un rato al pub a ver las vistas de la primera foto, y tomamos algo. Cenamos a las 19:30, y algunos aprovecharon para subirse de nuevo al pub. Otros, no queriendo subir otra vez la colina, nos quedamos en el campamento y jugamos al poker. Y a las 23:00, estábamos durmiendo, deseando empezar el día de nuevo.

A la mañana siguiente, con la marea subiendo de nuevo, nos pudimos lucir con algunas largas olas, cogidas desde el principio, y mantenidas con gracias hasta la mismísima orilla. Sentías el mundo a tus pies.

Pero lo mejor estaba por llegar, pues en la última clase, simplemente nos dejaron recrearnos con las olas todo lo que quisiéramos. E incluso con la olas de bajada de marea, se me dió bastante bien (incluso me dieron una tabla más pequeña para que fuera avanzando en el aprendizaje). Pero estábamos agotados, tras un largo fin de semana, y la mayoría de la gente se salió a dscansar a la playa. Yo, en mi faceta más testaruda, me empeñe en quedarme hasta el final, y ya sabéis, todo tiene su recompensa... Estando solo algunos de los monitores y tres de nosotros (de un grupo de 16), vimos de pronto, entre las tablas, a un metro escaso de donde me encontraba, varias aletas. Y no, no eran tiburones, se trataban de un grupo de unos 10 delfines jugando con las olas y nadando a nuestro lado. Verlos saltar mientras flotaba en mi tabla a podido ser el momento más maravilloso de toda mi vida. El sueño de mi infancia hecho realidad. No pude reprimir las lágrimas, ¡la felicidad me embargaba! Todo el dinero pagado se compensa por estos instantes completamente inolvidables.

La vuelta a Sydney fue tranquila, y a las 19:00 estábamos donde habíamos salido el viernes. Nos invitaron a cerveza y pizza, y luego, uno de los monitores, que vive en Bondi Beach (playa en la que yo también vivo), me llevó en coche hasta mi casa, yo en mi línea de parasitar coches ajenos. Esta noche he dormido de maravilla, pero ahora tengo agujetas. Mañana me compraré el neopreno y el miércoles seguiré esperando a la ola perfecta. Pero eso, otro día.

Un magnífico fin de semana de mi maravillosa vida.

domingo, 19 de octubre de 2008

¿Sabías que... IX

Para decir gracias en Fiji, debes decir Vinaka?

Y para muchas gracias, Vinaka Vakalevu. Y se dice tal cual se lee. Pequeñas palabras para defenderse en el paraíso.

viernes, 17 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 4

El último día de tour nos dejaron disfrutar de nuestro magnífico resort, que nos ofrecía múltiples actividades. La actividad que en su mayoría eligieron mis compañeros fue dormir hasta tarde. Yo no quería permitirme ese lujo, prefería disfrutar de Fiji, así que me fui a bucear. Era la primera vez que me ponía una máscara con tubo en aquellas aguas, y no sabía que me podía aportar la experiencia.

Entre nubes y claros, me monté en una lancha motora y nos adentramos en el mar, a una hora aproximadamente de la orilla. Allí, mi compañero, un hombre de unos 70 años, se metió a hacer submarinismo con el instructor, a una fosa de unos 30 metros de profundidad. Era el mismo lugar donde yo debía hacer buceo. No entendía muy bien que iba a ver con mis gafas si las cosas estaban tan profundas. Pero ahí me zambullí, yo sola, en medio del Pacífico. En el bote se quedó un hombre esperando a que volviéramos. Me dijo que siguiera la cuerda en la que estaba amarrado el barco. Así lo hice, y descubrí un arrecife de coral que subía desde la fosa y quedaba a dos metros de la superficie. Me quedé sin respiración al ver aquello. Corales al alcance de tu mano, cientos de peces de miles de colores, un agua completamente azul... Igual que en los documentales sobre profundidades marinas, pero en vivo. La barrera no tenía mucha longitud, y al acabarse, te encontrabas con una fosa marina de la cual no veías el fondo. Solo te rodeaba un color azul intenso como nunca hubieras imaginado.


El día estaba un poco revuelto, y las olas eran abundantes y de una altitud considerable, con lo que la estancia dentro del océano se volvía algo complicada. Además, después de llevar casi media hora en remojo, el frío empezó a entrar por todo mi cuerpo. Decidí hacer una parada y regresar un momento al bote para entrar en calor. Pero si las olas eran desagradables mientras flotabas, dentro de la lancha se hacían insoportables. Mucho vaivén para mi gusto. Tuve que elegir entre marearme o pasar frío. Elegí lo segundo. Regresé al mar a seguir contemplando maravillas de la naturaleza. Cada 20 minutos, aproximadamente, regresaba al bote para tomar el sol durante un momento, para luego, volver a adentrarme en las azules aguas. Más de una hora duró este baile, hasta que a los submarinistas se les acabó el primer tanque de oxigeno y tuvieron que regresar. Mientras tomaban un pequeño tentempié (que rechacé amablemente, pues no tenía el estómago muy asentado), vinieron a buscarme en otra lancha Ross y el resto de instructores, que se habían ido a hacer submarinismo a oscuras en un ferry hundido. Traían algunos tesoros que había encontrado en él, como un diccionario inglés (completamente inservible, por ser casi una pasta de papel) y múltiples herramientas oxidadas. Me mostraron sus "heridas de guerra" mientras regresábamos al resort. Cuando noté que la lancha había dejado de balancearse, me incorporé (pues fui todo el viaje tumbada en el suelo) y pisé tierra firme con gran alivio.

A las 12 nos fuimos de aquel maravilloso lugar, para ir a comer a un restaurante indio. No fue la mejor parte del tour, he de confesar. Al menos, yo elegí el plato correcto, pollo en salsa de matequilla. Los que eligieron arroz al curry con pollo aun se están lamentando, pues la única carne que encontraron en su comida fue la poca que podían roer de los diminutos huesos se mezclaban con el arroz. Nos dejaron hacer nuestra propia torta para acompañar la comida, que he de admitir que me quedó bastante buena.

Tras esta breve parada, nos dirigimos a nuestra última actividad como grupo: Las piscinas de barro. Qué decir que no hayais podido ver en las fotos... Al adentrarte en aquel charco (porque no tiene otro nombre), apreciabas que estaba bastante caliente. Cuando intentabas posar el pie en el suelo era cuando empezaba lo divertido. Aquello era un cúmulo de cieno, hojas muertas, palos, piedras y demás objetos no identificados. Preferías no pensar qué estabas tocando. Empezamos a embadurnarnos con un barro negro que advertí desde el principio, que no iba a haber forma de quitarlo de bikini y toalla (y aun a día de hoy, siguen ahí las marcas). Aquellos que no querían llenarse el pelo, lo tenían difícil, pues el resto estaba gracioso, y persona a la que veían medianamente límpia, persona a la que no le dejaban un ápice de piel sin lodo. Incluso unas japonesas que se atrevieron a entrar con nosotros salieron escarmentadas. Nos hicimos algunas fotos de grupo y después, nos fuimos directos a la piscina de agua caliente a aclararnos. Me costó horrores entrar en ella, pues el agua estaba estremadamente caliente. Pero una vez acostumbrada, disfrutabas de la experiencia. Lo peor fue la salida, pues la tensión me había bajado y tenía un poco de mareo. Bromeaba con la gente diciendo que iba medio borracha. La piel se me quedó muy seca y tirante, efecto del barro, que además, me la limpió en profundida.

La despedida del grupo fue muy trite. Me dio mucha pena sobre todo por Willy, el conductor, al que tras tantos kilómetros le había cogido bastante cariño. Nos llevaron hasta nuestros respectivos albergues en la ciudad de salida, Nadi. En el mío, tuve la suerte de poder compartir una habitación para tres con Rena y Ross. El lugar se llamaba Nadi Bay Resort Hotel, lugar barato y bastante lujoso para ser un albergue. Con dos piscinas, tres bares, sala de juegos, proyección de películas, música en directo, internet y hamacas colgadas entre palmeras y árboles de mangos, disfrutamos de una relajada noche.

El lugar estaba repleto de ranas, guecos y gatos gordos. Durante la cena (un pescado a la tailandesa, picante hasta más no poder), uno de los últimos, con todo el morro del mundo se me tumbó en las rodillas. Eran muy confiados. Compré una targeta de internet (5€ una hora, una locura) para poder avisar a mi gente de que, por falta de saldo en el móvil, me iba a quedar incomunicada el resto del viaje, pero que no había nada de lo que preocuparse. Por entonces, aun me quedaba una semana para disfrutar.

Cuando llegué a la habitación, como a las 10:30, Rena y Ross habían caido rendidos y estaban durmiendo plácidamente. Les imité, pues a la mañana siguiente, el bus que me llevaba al ferry de mi siguiente tour venía a recogerme a las 7:30, y no podía perderlo.

Así termina la primera parte de mi viaje. Esta era la parte cultural. Lo que sigue es más bien relax y ver pasar el tiempo. Espero que no me lleve muchas más entradas.

Y por último, comentar que mañana se hacen 3 meses desde que abandoné mi casa. El tiempo pasa muy rápido aquí, y cada vez más caluroso, agradable, relajado y feliz. Gracias por seguir ahí, que aunque esteis a miles de kilómetros (los que me leeis desde fuera de Australia), estáis todos los días a mi lado.