domingo, 31 de agosto de 2008

¿Sabías que... III

En español, el nombre de Sydney debe escribirse Sídney?

Se trata de un topónimo adaptado al español.

sábado, 30 de agosto de 2008

Morir en Sydney

Mucha gente cree que la manera más fácil de morir en Sydney es comido por un tiburón. Craso error. Lo más sencillo en perecer atropellado o en un autobús del transporte público. En los dos, existe un factor común: los australianos conducen realmente mal.

En el primer caso, atropellamiento, es fácil imaginarse por qué. Australia es un país que creció alimentado por las colonias británicas que lo fueron habitando, y de padres anglosajones, hijos anglosajones, con todas las consecuencias, incluida la dirección para conducir. Sí, conducen por el otro lado. Esto hace que cruzar la calle se convierta a veces en una misión imposible. El sentido común te hace mirar a la izquierda, y es cuando pasa un coche que conduce en dirección contraria. El susto, puede ser grandioso. Al final, te desesperas, y cruzas la calle corriendo, rezando para que no pase ningún coche, y mirando de forma histérica a los dos lados de la calle, porque estás completamente perdida, y no sabes por donde va a llegar el siguiente peligro. Porque esa es otra, los australianos al volante son un peligro. Corren, adelantan sin luces y sobretodo, se saltan los semáforos con una facilidad pasmosa. Hay que tener muchísimo cuidado en los pasos de peatones, que aunque puedas pasar, los conductores, estresados por naturaleza, pitan como si estuvieras cometiendo un crimen pasando al otro lado de la calle. Viven a un ritmo que me cuesta bastante seguir.

Pero no solo puedes morir atropellado por coches, si no también por la marea humana. Pues conducir por el otro lado, se traduce en todas las pequeñas facetas de la vida cotidiana. Donde mayor problema se me presenta siempre, es en las escaleras mecánicas. Lo normal es ponerse en el lado derecho, y el que quiere andar, que vaya por la izquierda. Pues eso haces siempre, de forma automática, y la gente que está detrás se cabrea porque llevan prisa y tu estás parado en el lado derecho, es decir, el de paso. Y andar por las calles o los pasillos de los centros comerciales puede ser una ardua tarea, pues es algo que haces sin pensar, y te vas chocando con la gente que va en dirección contraria, pues en estos casos, eres como un conductor suicida cualquiera. Llevo aquí 6 semanas, y sigo teniendo los mismo problemas todos los días. Las mismas dudas sobre en que lado colocarte, pues ya estoy completamente perdida, siempre que elijo un lado, elijo el erróneo. He optado por hacer lo que hace la mayoría. Y siempre podrás reconocer a un turista por ser el solitario caminante del lado derecho.

La segunda manera de morir en Sydney, que no tiene que ver más que con los animales urbanos, es en un autobús. Esto viene de antes, de que los conductores australianos, parecen que han sacado su permiso de conducir de una máquina expendedora de las ferias. Y si a eso le unes un servicio público, la cosa se pone peligrosa. Me quejaba en Madrid y ahora los hecho de menos. Si tienes la desgracia de ir de pie, ten mucho cuidado. Agarrate fuerte a donde puedas con dos manos, pon los pies estratégicamente y mantén firme el cuerpo. Incluso con estas precauciones, puedes besar el suelo. Aun recuerdo el día que iba agarrada con una sola mano, y el señor conductor decidio frenar. Gracias a que uno de los chicos que iba sentado me agarró, que si no, salgo volando desde la parte de atrás del bus hasta el mismísimo parabrisas. El conductor paró, se levantó y a gritos, desde la parte delantera, me preguntó si estaba bien, aunque no lo puedo asegurar, porque una condición indispensable para conducir estos vehículos debe ser tener un acento cerrado e incomprensible. Y si vas sentado, cuidado con la cabeza, pues muy probablemente acabes colpeando el asiento de delante o la ventana con ella. Montar todas las mañanas en uno, genera más adrenalina que el mejor parque de atracciones.

Eso sí, lo compensan siendo personas de lo más simpáticas. Debo recordar para entradas posteriores, la historia del conductor más majo del planeta, de nacionalidad australiana.

lunes, 25 de agosto de 2008

¿Sabías que... II

En Australia hay 20,4 millones de habitantes y 50 millones de canguros?

¡Tocan a más de 2 canguros por persona!

viernes, 22 de agosto de 2008

Greenwich Village

Durante las tres primeras semanas, gracias a la beca de cursos de inglés del MEC, estuve alojada en una residencia en el norte de Sydney, llamada Greenwich Village, en el 33 Greenwich Road (como veis, no se rompieron mucho la cabeza poniéndole un nombre). De esta manera, tenía tiempo para buscar un piso para vivir el resto del año. Claro, que yo no sabía que eso era tan difícil, pero eso es otra historia.

Llegué allí un sábado, como ya he contado, y no pude cenar. Quise dormir, y la recepcionista me llevó a mi habitación. Un chico coreano y otro ruso me ayudaron a subir mis bultos hasta el primer piso, habitación 106. Había una cama vacía, sin sábanas ni nada en el lado derecho, y en el izquierdo, un desastre de cosas tiradas por todas partes, en la mesa, en la cómoda... Lo miré con cara de pánico, pensando en que mi compañera iba a tener que recoger mucho para poder dormir aquella noche. Pero la recepcionista me dijo que lo más seguro era que la chica no apareciera por allí a dormir. Me sorprendió que la recepcionista conociera este tipo de detalles de la gente que vivía en esa residencia. Yo me acosté y no me preocupé más. A eso de las 11 más o menos, alguien quiso entrar en mi habitación (creo, no lo tengo muy claro, porque yo estaba medio soñando, medio en coma), pero al verme debió asustarse, pidió perdón y se volvió a ir. Supongo que sería mi compañera. Pero vamos, que volví a caer en coma profundo hasta que me desperté media hora después...

A la mañana siguiente, tras desayunar, decidí deshacer mi maleta. Tenía un gran armario con espejos en las puertas, pero cuando fui a abrirlo, esta se me cayó encima! Madera en caída libre es dolorosa, creedlo. Estaba lamentándome de mi mala suerte (y del dolor de mi dedo gordo del pie) cuando apareció una australiana rubia, bajita y regordeta, que me recordaba vagamente a las fotos colgadas en la pared. Se llamaba Sara (supongo que habrá alguna h en algún sitio, pero no lo sé), y era mi ex-compañera. Venía solo a mudarse, porque se iba a su propia habitación. Ella llevaba ya seis meses y se quedaba otros seis. También me dijo que la puerta la había roto su antigua compañera, una chica coreana.

Y así me dejó. Y aproveché y me cambié de lado de la habitación, para tener un armario con la puerta como debe ser. Me quedé sin compañera durante una semana. Mi siguiente compañera fue una china, que venía con su marido, que era un poquito tonto (pedía una caja fuerte para guardar algo muy importante. La mujer de recepción le dijo que ella podía guardárselo, y él le dio sus pasaportes. ¡Cómo si fuera el único que tiene de esos!). A esta mujer no la vi en mi habitación ni una vez. Ni siquiera había dejado cosas suyas. Solo había apuesto la sábana bajera, abierto las cortinas y tirado a la basura una bolsa vacía de algo parecido a patatas, no podría decirlo con exactitud, porque aun no entiendo chino. Debía dormir con su marido o sus amigas. Y así estuve otra semanita. Debió decir algo, porque ella seguía en la residencia y me pusieron una nueva compañera.

Se llamaba Isaubelt (o algo parecido), y era francesa, rubia, enorme de alta y de "ancha". Volvía de visitar a su familia durante 8 semanas. Ya llevaba un año entero en la residencia, no tengo muy claro haciendo el qué, porque no estudiaba. Volvía por el novio australiano (bastante guapo, la verdad), del que estaba muy enamorada y no quería dejarle tan lejos. Fue pasar 2 días después de que llegara, y el novio la dejó. Ella no hacía otra cosa que dormir todo el día, hasta las 2 siempre, acostarse tarde, roncar y hablar en sueños... Vamos, una joya. Menos mal que me compré tapones para los oídos, y desde entonces duermo como un bebé.

Lo que más me molestaba sin duda alguna, a parte de que era un desastre, muy desordenada, una gorrona, de tanto dormir, la habitación olía a sudor que te daban arcadas al entrar y que comía en la habitación, dejaba allí los restos, era que andaba siempre descalza por la residencia, con una moqueta que a saber qué a vivida... Que no la tocaba yo ni aunque me pagaran. Y luego, se metía en la cama con los pies negros literalmente. Pero luego hablabas con ella y era maja.

Las compañeras no fueron mi fuerte, ni tampoco las comidas. Ya sabéis que se desayunaba de 6:30 a 8, y tenías cereales, leche, yogurt y pan. Los fines de semana era diferente. Además de todo esto, también ponían salchichas, huevos, tomates a la plancha, judías blancas... Lo típico, vamos. Y se tomaba de 8 a 9:30. Pero las cenas eran lo mejor. De 18:30 a 19:30, y podías elegir arroz (siempre) y una variedad curiosa de comida de lo más "internacional"... Toda bastante mala. Además, engordaba un montón y estaba muy especiada. Contaba los minutos para salir de allí y tener mi propia cocina, porque ellos solo te proporcionaban un microondas para que te cocinaras tu comida.

¿Pero que saqué de bueno de aquella residencia? Amigas. El mismo día que yo, llegó una chica asturiana, Cecilia, de la que no me separé en las 3 primeras semanas. Venía por la beca MEC de cursos de inglés, y se volvió antes de lo que hubiera deseado. Con ella compartí todas las visitas a Sydney, noches de lo más curiosas ("el conejo de la Lola es peluda") y un montón de buenos momentos, y gente como Gizem o Fabia. Pero se fue. Y encontré a dos chicas sevillanas que también venían gracias al gobierno español, llamadas Fabiola y Estefanía. Con ellas he compartido compras a lo loco, chocolate, gaviotas asesinas y sobre todo, largas y agradables charlas en español, que lo necesitaba más que nada. Pero ellas también se han vuelto. La verdad es que he estado poco tiempo con ellas, pero las he cogido mucho cariño, y lo que hemos compartido no lo olvidaré nunca. Miles de gracias a las tres, ¡os echo de menos! Ya sabéis, que cuando vuelva, siempre tendréis un sitio en Madrid.

Pero todo esto ya acabó. Ahora estoy en otro piso en North Bondi. Y eso sí que es una fiesta.

viernes, 15 de agosto de 2008

Jet Lag

28 horas de viaje destrozan a cualquiera, eso seguro. ¿Pero hasta qué punto? ¿Y qué papel juega aquí la diferencia horaria? Ahora mismo, yo voy 8 horas por delante de España, pero en cuanto cambien la hora, como en Octubre, entonces, habrá 10 horas de diferencia.

Yo no sé si alguno de vosotros habréis sufrido el Jet Lag. Yo desde luego no, era la primera vez que lo sufría. Y menuda primera vez. Ya sabéis mi primer contacto con la diferencia horaria dentro del avión, que en el momento que eran las 12 de la noche en España y yo estaba preparada para dormir, se empeñaron en encenderme las luces y darme el desayuno (que no tomé). De todas maneras, ¿quién desayuna a las 6 de la mañana?

Pero lo peor, estaba por llegar. A las 21:30 del 19 de Julio, después del viaje, decidí que era hora de meterme en la cama. En aquel momento ni me preocupé por la hora que sería en España, estaba suficientemente cansada como para dormir plácidamente durante horas. Y eso es lo que hice, dormí horas. Dos horas para ser más exactos. A las 23:30 estaba mirando la luna, pensado "deben ser como poco las 5 de la mañana". Qué error el mio. A esa hora, mi cuerpo suponía que eran las 14:30 y que no era hora de dormir. Y así estuve hasta que empezó a hacerse de noche para mí, y de día para el resto de Australia. Fue un día duro,ya que decidí levantarme a desayunar (en la residencia se desayunaba los domingos de 8 a 9:30), y después, me fui a comprar los adaptadores de los enchufes para poder usar mi ordenador, cargar el móvil,... Esas cosas básicas. ¿Qué pasó? Que a la vuelta, después de comer un bocata, pensé en echarme una pequeña siestecita, que acabó durando 5 horas, justo levantarme para cenar. Y de nuevo, la noche en vela.

Los días siguientes, ya tenía que madrugar porque, a parte que los días de diario en la residencia se desayunaba de 6:30 a 8, a las 9 tenía presentaciones varias en la universidad, así que me tuve que ir haciendo al horario a base de fuerza, y no fue nada fácil.

El Jet Lag me duró una semana. Una semana en la que tan pronto estaba destrozada, como me levantaba hecha una rosa. Aunque lo peor fue después, pues cuando te haces al horario, te das cuenta de lo realmente cansada que te encuentras. Y como estás en Sydney, lo quieres ver todo, no te das un respiro, y claro, luego, pasa lo que pasa. Yo aun le echo la culpa a la diferencia horaria de que tenga tendinitis en el pie izquierdo desde la primera semana de estancia. Todo viene junto.

¿Sabías que... I

No existe el gentilicio en español para los habitantes de Sydney?

Se llaman a sí mismos Sydneysider

martes, 12 de agosto de 2008

Llegada a Australia 4: Aduana y taxi

Fuera del avión iba yo preocupada por lo que me fueran a decir en la aduana.

Me hicieron rellenar una tarjeta de desembarque antes de aterrizar en Sydney, en la que te preguntaban desde tu residencia en Sydney, hasta si estabas involucrada en algún tipo de crimen contra la humanidad... ¿Quién va a responder a esa pregunta con un sí, por mucho que sea verdad? La primera pregunta que había que contestar con sí o no, era: "¿Lleva armas, drogas o medicinas?". Yo respondí que sí, pero claro, no se sabía a cuál de las tres. Y como se pusieran tontos, como me hicieran abrir la maleta y tirar todos mis antihistamínicos...

Antes de coger la maleta, tuve que enseñar mi tarjeta y mi pasaporte en la ventanilla llamada "otros países", ya que había ventanilla para los australianos, neozelandeses y asiáticos, creo. El resto, eran "otros países". Para mi sorpresa, lo único que me preguntaron era en que barrio se encontraba mi residencia. Nada sobre armas de destrucción masiva, drogas destruye-civilizaciones o la terrible tuberculosis. Me dejaron pasar sin más.

Con un carrito en mano, me dispuse a encontrar mis dos maletas: La bolsa de viaje chiquitina, envuelta en cientos de metro de papel de film transparente, pero de color verde (zurullo espacial lo llamaba mi familia), y la gigantesca maleta Samsonite roja, también verde por el envoltorio. Pero no era tan fácil llegar hasta la cinta. Aquello estaba lleno de personas dispuestas a dar su vida por su maleta. Yo no iba a ser menos, pero debía andar con ojo, pues no quería que mi ordenador estuviera sin vigilar.

Me estaba poniendo muy nerviosa. ¿Y si mis maletas se habían quedado en Londres? ¿Y si las había cogido alguien? ¿Cómo iba a coger yo sola la más grande de las dos? En estas estaba cuando apareció el zurullo espacial, y empecé a tranquilizarme. Al menos, en ella estaba el abrigo. La cogí, no sin problemas para acercarme a la cinta, que estaba abarrotada de gente mirando al infinito. Pero de la otra no sabía aun nada.

Estuve un buen rato allí, mordiéndome las uñas, cuando salió por el otro lado. Iba a acercarme a por ella, cuando pasó a mi lado un hombre con una perra encantadora, que iba olfateando los equipajes en busca de comida. Y la muy **** se paró al lado de mi equipaje de mano. El hombre empezó a abrirme la bolsa en busca de comida. Me preguntó si llevaba algo del avión, y le dije que sí, pero no le bastó. Siguió revolviendo hasta que encontró un bocata de salchichón que me había hecho mi madre para que tomara al salir en Singapur, pero con el cuerpo que tenía, no pude ni pensar en él. Había decidido tomarlo para cenar, pero en ese momento, no me acordaba de él. El maldito australiano, lo cogió, le dio un premio a la perrilla, puso una marca roja en mi tarjeta de desembarque y sin decir nada, se fue con mi comida, para tirarla a la basura. Y allí me dejo, compuesta y sin cena. Miré a ver si al menos, podía coger mi maleta, pero no había rastro de ella.

La desesperación se apoderó de mí. "Bueno", me dije, "estará dando la vuelta por el otro lado. Aparecerá de un momento a otro". Pero no. El tiempo pasaba y del otro lado no salía nada parecido a mi Samsonite. Los segundos se me hicieron eternos. Alguien se la había llevado, seguro. Tuve ganas de salir corriendo a dar vueltas por la cinta, a ver encontraba a la persona que la había cogido sin mi permiso, pero no podía, tenía el resto de mi equipaje. Así que, estresada como estaba, cogí mi carro y con él, me puse a dar vueltas a la cinta. Y nada. Iba llorando cuando, como de la nada, a la mitad de camino, allí estaba, en la cinta. Corrí, embestí a la gente, y como si fuera una pluma, la cogí en volandas y la llevé al carro con el resto de mis pertenencias. Ya estaba todo. No había nada que temer. Todo había salido bien.

Pero aun no había salido. Aun quedaba el registro de maletas. Y yo tenía una marca roja en mi tarjeta y armas o drogas. Me iban a deportar seguro. Llegué, y me preguntaron por la marca roja, y dije que había sido un bocata, pero que ya lo habían tirado. Pasaron mi maleta por los rayos X y entonces... No me dijeron nada más, ni me preguntaron por las medicinas, simplemente, me dejaron ir.

Y por fin estaba en Sydney, pero no había nadie a la salida que me estuviera esperando. Triste, me fui en busca de un taxi. Me monté en el que me mandaron, ya que había una encargada a la puerta del aeropuerto, de gestionar la cola para coger el taxi. Resultó el taxi de un indio al que era imposible entender. Me monté detrás, y él se fue al asiento del copiloto. Y se puso a conducir por el lado erróneo de la carretera. Pensé que iba a morir estampada contra otro coche, pero resultó que todo el mundo conducía al revés. También resultó que el taxista conducía extremadamente mal. Creí que era solo cosa de él, pero todos los australianos conducen fatal.

Le dije que me llevara a la residencia, pero no entendía la dirección (33, Greenwich Road), así que paró en medio de la autopista, y me pidió que me sentara delante y le escribiera el nombre en un papel. Y allí iba yo, en el asiento del conductor, temiendo por mi vida, y tapándome los ojos cada vez que doblábamos una esquina, segura que de frente iba a aparecer el coche que nos iba a matar.

Las preguntas normales de un viaje en taxi, pero sin entendernos entre nosotros (porque el acento indio es imposible, entre otras cosas), "¿De dónde vienes?" "¿Cuánto te quedas?" "¿Conoces a alguien aquí?", las repetíamos una y otra vez. . No debía tener yo muy buena cara, porque cuando pasamos por el Harbour Brigde (el puente este tan famoso de Sydney), me preguntaba "¿Ya estás más contenta? Estás pasando por el puente". Y a mí me daban ganas de darle una paliza, si no fuera porque él llevaba el volante, Y a pesar eso pocas veces le vi mirando a la carretera.

Me presenté el peor día en Sydney. El World Youth Day (el día mundial de la juventud). Allí estaba el Papa, tocándome la moral. ¿Por qué? Por que por su visita, habían cerrado la gran mayoría de calles de la ciudad, y nos tuvimos que dar la vuelta con el taxi, todas las veces. El hombre se perdió y no sabía por dónde ir. Y se agobiaba diciendo que tenía que volver cuanto antes al aeropuerto, porque si no, no iba a hacer mucho dinero. Está muy bien que te digan estas cosas cuando ves el taxímetro subir como la espuma. Al final, decidió meterme por el tunel de peaje, que para mí que solo pagó 5$, pero él me dijo que eran 10$. Yo creo que me timó todo lo que pudo, porque al llegar a la residencia, tuve que pagar... ¡95$! Casi 60€ de carrera. Claro, medio dormida, sin fuerzas por no comer, con ganas de nada... ¿Cómo no aprovecharse? Menudos primeros contactos estaba teniendo con los australianos. Me parecían todos unos cabrones.

En la residencia, a las 20:00 ya no había cena, así que me llevaron a mi habitación, diciendo que mi compañera seguramente no iría a dormir esa noche. Normal, con la de cosas que tenía encima de la cama, a mí también me daría pereza ir allí a dormir, tendría que pasarse un par de horas quitando cosas de encima. Bajé un momento a los ordenadores para dar la noticia de que estaba "bien", que había llegado "sana y salva", y que me iba a la cama.

A las 21:00 me metí en la cama, y dejé a mano una botellita de agua de 33cl para ir bebiendo por la noche e irme rehidratando. Pero el Jet Lag... Esa es otra historia.

lunes, 11 de agosto de 2008

Llegada a Australia 3: El avión de Quantas


Quantas. La aerolínea australiana por excelencia. Un avión enorme, con 7 asientos por fila. A mí me había tocado pasillo, al lado de una pareja rubia de ingleses. Llamé de nuevo a mi madre antes de que despegara el avión, para contárselo. Me había dicho que era importante que hablara con los que me hubieran tocado al lado, que el viaje se me haría más corto. ¿Cómo se puede hacer corto un viaje de aproximadamente 24 horas? Parecía que al estar en parejita, no me iban a hacer mucho caso… Al final, me resigné a despedirme de mi familia por al menos un día, aunque veía difícil llamarles a la llegada, porque llamar desde mi móvil a España cuesta 3,72 € el minuto…


Me acomodé como pude en mi asiento. Era bastante amplio. Encontré en él una pequeña manta gris muy calentita, una almohada y unos auriculares. En el reposabrazos derecho había un mando a distancia, con el que se podían controlar todas las utilidades que ofrecía la pequeña pantalla que tenía delante. Cada uno tenía la suya, ubicada en la parte posterior del reposacabezas del viajero de delante. En ella podías elegir una emisora de radio, una película de actualidad (véase, 21 Blackjack, Reyes de la Noche, Shine a Light,…), una cadena de televisión (la Fox, Disney Chanel,…), discos de música variados, juegos de arcade o el plan de vuelo, el mapa de dónde nos encontrábamos, ciudades por las que estábamos pasando, velocidad, altura, hora local del lugar de llegada, tiempo estimado de vuelo, tiempo transcurrido desde nuestra salida, dónde se encontraba la noche en ese momento… Me entretenía mirarlo, pero también me desesperaba un poco, ya que ponía que nos movíamos a unos 1000 Km/h, pero en el mapa no avanzábamos nada.


Eran las 13:15 en España, y me apetecía dormir un poco, a ver si empezaba a encontrarme mejor. Me puse los cascos para escuchar algo de música (elegí una recopilación de los Beatles, el último de los Red Hot Chilli Peppers, Bob Dilan y los Rolling Stones), puse el plan de vuelo para ir viendo las ciudades por las que se suponía que sobrevolábamos, ya que era imposible ver nada tras las densas nubes que se movían debajo de nosotros. El reposacabezas se doblaba por los lados, de manera que la cabeza no se te caía y la tenías perfectamente sujeta. Me pareció muy cómodo y me dispuse a dormir. Pero me fue imposible. Traté de jugar a algunos de los juegos, pero me mareaba más. Al final, tuve que darme un paseito hasta el baño para vomitar. Y fue la primera de un montón de veces. Tantas que ni las recuerdo.


Llegó la hora de la comida. El menú podia se consultado de forma interactiva en la pantalla multiusos, junto con el resto de las comidas, cenas y desayunos. Imposible comer nada. El olor era insoportable, y la gente comía una comida que tenía pinta de todo menos de estar buena. Pedí si tenían algo de arroz o algo así para mi malestar. Me acabaron trayendo un par de panes y un té. No duraron mucho en mi estómago. ¡Menos mal que estaba sentada en un asiento de pasillo!


Siguieron trayendo comidas, tentenpiés, snacks, cena, desayunos... De todo, pero yo no probé nada, y si algo comía, por miedo a deshidratarme o a un bajón de azucar, al rato tenía que ir a vomitarlo. Se hizo de noche (muy temprano para mi gusto, debían ser las 6 de la tarde en España), y nos apagaron las luces para que durmieramos. Yo me puse a ver Shine a Light para entretenerme, mientras unos niños corrían por el avión, detrás de su hermanita que iba gateando.


Nuestra parada técnica fue en Singapur, hora local 8 de la mañana, hora en España, 2 de la mañana... Al aterrizar, tuve que vomitar en la bolsita de mareo. Crei que me moría de la vergüenza. Completamente desubicada acabé, como no, en el baño. Un par de veces más vomitando y de vuelta al avión. Pero claro, había que pasar otro control (debía ser el 5º por el que había pasado). Vuelta a sacar el ordenador, a quitarse los zapatos, a tirar la botella de agua que me había sacado del avión... Menos mal que me había dejado dentro la de aquarius...


Y para mi sorpresa, al volver a entrar en el avión, ¡me había tirado la botellita de aquarius! Pues nada, me resigné a no comer nada en todas las horas que nos quedaban hasta Syndey (unas 8 aun). Mi vecina, un encanto de mujer, me dio sus bolsas de mareo. Yo busqué la posición más cómoda para no ir mareada. Resultó ser con la almohada encima de la mesita, y encorvada para llegar a echarme en ella. Así me pude quedar el resto del viaje, escuchando música y chequeando de vez en cuando el plan de vuelo, para descubrir que siempre estabamos en el centro de Australia, y que aun nos quedaban 6 horas de viaje. Siempre eran los mismo datos. Era desesperante.


No mucho más que añadir al viaje. Ni agua ni comida probé desde Singapur, y ya solo vomité 2 veces más. Parecía que se me iba pasando.


Por fin, después de 28 horas de viaje horrible, llegamos a Sydney. Resultó que mis compañeros de viaje vivían allí, y les estuve preguntando cosas como por ejemplo, cuánto tardaba desde mi residencia a la universidad, dónde podía coger un taxi, si me iban a dejar pasar la aduana con mis medicinas... Y si hacía mucho frío en la calle. El abrigo estaba en la maleta, así que les pregunté si era una buena idea que me llevara la manta. Su respuesta fue "guárdatela en el equipaje de mano, que por el precio del billete, bien vale quedarse con la manta". Y eso hice. Ahora duermo todas las noches con ella.


Dispuesta a coger mis maletas y pasar la aduana, salí del avión como si hubiera pasado en él una vida entera.

martes, 5 de agosto de 2008

Llegada a Australia 2: Vuelo y "estancia" en Londres

"¿Qué coño hago yo aquí?" "Si aun está la puerta abierta, ¿por qué no corro y huyo?" "¡Yo solo quiero quedarme en mi casa!" "Al menos tengo ventanilla..." "Un año es demasiado tiempo" "Odio Australia" "No creo que aguante"... Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza mientras miraba embelesada por la ventana un aeropuerto solitario y una que no volvería a pisar en mucho tiempo. Se me empañaban las gafas y se me revolvía el estómago.

A mi lado se sentaron una pareja de color. Ella estaba en el asiento contiguo, y en mi opinión, la ducha le era algo completamente desconocido. ¡Cómo se puede oler a sudor de esa manera! Era increíble... Intentaba concentrarme en la ventanilla, pero no había nada que ver. Abrí la revista, dispuesta a leer e intentar pasar el rato lo más distraída posible. ¡Pero no había salido de España y todo me recordaba a ella!

8:45 de la mañana. Cuando despegó el avión, ya no hubo escapatoria posible. Ya no tenía credibilidad aquella voz que me decía "aun estás a tiempo de darte la vuelta, de abandonarlo y volverte a casa". No. Ya estaba en el aire. Desde la ventanilla pude ver lo que quedaba atrás. Traté de reconocer los edificios que se alejaban: allí, la Autónoma, un poco más cerca, el centro comercial Plaza Norte 2, a lo lejos, las inconfundibles cuatro torres de la Ciudad Deportiva del Madrid... A mi vuelta, estarán completamente terminadas.

Traté de leer, pero me bailaban las letras. Me estaba mareando. Entre los nervios, la tristeza, el avión con turbulencias, el olor a sobaco... Tuve que salir al baño, pero no era fácil, la mujer estaba completamente dormida y obstruía la vía de escape. Cuando la desperté y conseguí llegar al baño, tuve que deshacerme del desayuno que había tomado en el aeropuerto, no podía venirse conmigo a Australia.

A mi vuelta al asiento (en la que de nuevo, tuve que despertar a mi olorosa compañera), me centré en mirar por la ventana. Pero una vez salimos de la península, subiendo por el Cantábrico hacía arriba, aparecieron unas nubes, que nos acompañaron por el resto del viaje. ¡Y me refiero, hasta Sydney! Parecía que el único lugar del mundo despejado era España.

No cabe destacar más de aquel vuelo. Pero al llegar al aeropuerto del Londres, una nueva "aventura" aguardaba. Víctor tenía razón, aquello era enorme. Para cambiar de avión, tenía que ir desde la terminal 2, a la que había llegado, hasta la terminal 4. Pasillos interminables que tenía que recorrer sola, con un equipaje de mano que según me iba encontrando peor, me iba pesando cada vez más. Al fin llegué a una parada del autobús que debía coger para cambiar de terminal. El tiempo no acompañaba a mi humor, todo nublado, frío y lloviendo. "¿Cuánto costará una llamada a un móvil desde aquí?" Me daba igual. Llamé a mi madre, llorando desesperada en busca de algo de consuelo, de escuchar una voz amiga. ¡Y sólo hacía poco más de 3 horas que me había separado de ellos! Qué va a ser de mí un año entero...El consejo de mi familia fue que me comprara un aquarius y aprovechara a dormir en el vuelo, que así empezaría a encontrarme mejor. No se lo dije en ese momento, pero para encontrarme mejor, necesitaba tumbarme en el hombro o en las piernas de alguien querido, y que me consolara. Y esto es algo que tengo que empezar a aceptar, no lo voy a tener hasta dentro de un año.

¡Qué antipáticos son los ingleses! Sólo quería comprar una botellita de agua y otra de aquarius. Vale, aceptan euros. Voy a pagar con monedas y me dicen "No, sólo aceptamos billetes". Pues nada... Pago con 20 $ americanos, que mi padre tuvo la certeza de darme para pagar en los aeropuertos. Y las vueltas... Cómo no, en libras. ¡Pues nada, llevo en la cartera 4 tipos de monedas distintas (la cuarta era el dolar australiano, que aun no ha entrado en escena)!

No me podía creer que un aeropuerto pudiera ser tan grande. Todo lleno de tiendas, para comprar todo lo que se te ocurra. Pero a mí sólo me interesaba el baño. Parecía que aun quedaban restos del desayuno de Barajas que querían quedarse en Europa a toda costa.

Otra vez en la puerta para entrar en otro avión. La gente era muy rara. Incluso andaba por allí un escocés con su falda, no pasaba para nada desapercibido. Y yo allí seguía, llorando. Ahora no me miraban con pena, como en Madrid, si no, como con asco y curiosidad. No podía más, llamé de nuevo a mi familia. Hasta que no vi que la cola se había terminado y no quedaba más que yo para entrar en el avión, no me resigné a colgar. No podría volver a hablar con ellos hasta el día siguiente, como poco. Con el viaje tan malo que había pasado hasta Londres, ¡y solo había sido una hora y cincuenta minutos! ¡Qué iba a ser de mí, si estaba saliendo a las 13:15 y llegaría a las 10:50, hora española!

Me levanté de mi asiento, dispuesta a dar otro paso hacía el que se suponía que era el viaje de mi vida, directa a entrar en el avión. Pero más bien podría haber sido el viaje de mi muerte.

lunes, 4 de agosto de 2008

Llegada a Australia 1: El aeropuerto de Barajas

El temido día llegó. Era 18 de Julio de 2008, 4:30 de la mañana. Me levantaba mi madre, tras de una noche bien corta, y después de un día de estrés por la maleta... ¡Debía comprimir un año entero de vida en 20Kg! Muy a mi pesar tuve que dejar cosas que quería traerme, véase, el canguro que me regalaron mi gente de la universidad, que lo echo mucho de menos... Ahora debe estar leyendo esto desde la cabecera de mi cama en Madrid...

Pero todo estaba hecho. Despídete de la gata, de la pájara, del ratón, de tu casa, de tus cosas... De tu vida tal y como la conoces. Me encontré en un momento de crisis en el que me negaba a abandonarlo todo, y como en un ataque de cleptomanía, intenté meterme en los bolsillos muchas de las cosas que no había guardado en la bolsa de mano. A las 5 de la mañana salimos toda mi familia y yo hacia la T4 del aeropuerto de Barajas. Pero antes, pasa por el baño a vomitar; los nervios no perdonan.

Hubiera querido que el viaje en coche no terminara nunca, que no llegáramos a Barajas, que no bajáramos con la maleta. Se cierra el coche, se cierra otra puerta de lo que era.

Llegamos al mostrador de Iberia. La maleta pesa 22 Kilos, y el equipaje de mano es demasiado grande. ¡Era imposible estar tranquila en un momento así, no quería dejar más cosas atrás! Y se nos ocurre preguntar en ese momento, "¿cuántos kilos se permiten en un vuelo hasta Sydney?". "Pues lo normal en los vuelos intercontinentales: dos maletas de 23 Kilos. Esto es así desde Junio". ¿Y por qué nadie me había avisado? No pude más que ponerme a llorar desconsoladamente. Tanto estrés, tantas pertenencias abandonadas a regañadientes, tanto pesar la maleta para que no superara los 20, y encima de todo, que solo llevaba ropa de invierno, pues la de verano no me cabía... Todo pasó por mi cabeza a la vez, y tuve ganas de gritar. Pero no lo hice. En vez de eso, vacié el equipaje de mano en otra bolsa más pequeña que llevaba mi madre, siempre muy previsora, y facturamos las pocas pertenencias que me quedaban en los bolsillos.

En estas estábamos cuando llegó Bea, preocupada por si aun podía despedirme. Nos encontró haciendo el trasbase de bolsas tirados en el suelo, a lado de unos bancos. Se integró como si fuera parte de la familia, así que decidimos irnos todos a desayunar a una cafetería. Decidí no comer mucho, que me conozco, podía vomitar en cualquier momento. Un zumito de naranja y un croisant. No me pude terminar ninguno de los dos.

Llegaba la hora tanto tiempo temida. A las 8 de la mañana debes pasar el control policial y separarte de tu gente durante un año entero. Y allí estábamos, al final de la cola. Me hacía la remolona, que si ahora hablo contigo, que si ahora hago un chiste, que si miro con cara de preocupación a los señores policías... Ninguna intención de pasar. Pero ya no había vuelta atrás. Tuve que despedirme. Fue demasiado duro. No quería dejar de abrazar a ninguno de los cuatro. No paraba de llorar. No me lo podía creer, tanto tiempo intentando no pensar en ese momento que estaba sucediendo. ¿Habéis visto la película de Dumbo? Me sentía igual que el pequeño elefantito cuando va a visitar a su madre encerrada en una jaula, y después de cantar la canción más triste del mundo, el ratoncillo tiene que llevárselo de allí, tirando de él, mientras mira hacia atrás, llorando, viendo como su madre se despide con la trompa. Bien podría ilustrar aquel instante mientras me alejaba. Pasé el control policial, y no podía dejar de mirar atrás. Tenía ganas de correr hacia atrás, volver, abrazarme a ellos y no soltarles jamás. El policia me decía "no llores mujer", y yo no tenía palabras para contestarle, solo lágrimas.

Y por fin, estaba sola. La gente me iba preguntado camino de la puerta si me encontraba bien. Unos es español, y otros ya en inglés. Debía tener una estampa bastante lamentable. Mis pies se movían por inercia, no porque yo se lo ordenara, porque mi mente estaba puesta fuera del aeropuerto. No quería seguir adelante, pero lo hacía, no tenía otra opción.

Por delante me quedaban 28 horas de viaje, así que decidí comprarme unas revistas (la Cuore, para ser más exactos) y unos pasatiempos para hacer en el avión.

Finalmente, allí estaba yo, en una cola para entrar al avión, con las gafas de sol puestas, para que no se viera que no paraba de llorar, pero creo que no funcionaba muy bien. Sin más, nos hicieron pasar. Y fue cuando empezó el viaje más horrible de toda mi vida.