viernes, 5 de diciembre de 2008

Surfing Sil II: Vuelta a las andadas

Lo sé, y lo siento. Más de un mes desde la última entrada. Las cosas se me complicaron, entre exámenes finales y entregas de prácticas. Después, mudarse de casa y buscar lugar donde quedarse este mes hasta que me vaya de vacaciones a Perth... Y que luego, en vacaciones, siempre te da más pereza sentarte frente a un ordenador, teniendo toda una playa repleta de sol y olas a 5 minutos de casa.

También lo sé. Aun no terminé con Fiji. Pero supongo que esto tampoco os importará saberlo.

Todo empezó el Martes. Como un día cualquiera, decidimos irnos por la mañana con nuestras tablas a hacer surf a Bondi Beach. Yo llevaba mi tabla blanda de color rosa, encontrada a principio de cuatrimestre en la calle por un amigo chileno, y que compartíamos todas las chicas, pues es bastante buena para aprender, y los chicos tienen cada uno la suya propia. En el agua nos encontrábamos Diogo, Roland y yo, esperando una ola. Yo llevaba ya unas cuantas aquella mañana (pongamos 3), y me decidí con esta que se aproximaba. Según me subí en ella, escuché un característico ruido de "error ocurrido". Cuando me quise dar cuenta, me encontraba intentando subirme a un trozo de corcho blanco, con 4 barras de madera podrida, partido por la mitad. Se acabó el surf para mí. Sigo sin tener muy claro cómo sucedió aquello. Al menos, mirando el lado positivo de las cosas, ya no desentonará tanto mi neopreno azul con la tabla rosa chicle.

Pasé 2 días pensado en cómo iba a continuar con mi entrenamiento en este deporte que ha empezado a encantarme. Llegué a la sencilla conclusión de que por necesidad, me hacía falta una tabla. Así que ayer, cuando nos despertamos, desayunamos, preparamos y decidimos nuestros planes del día (lo que lleva un buen rato), a la 1 de la tarde, Roland y yo nos dirigimos a todas las tiendas de tablas de Bondi. En las de segunda mano, las tablas estaban un poco maltratadas, y no eran especialmente baratas. Y si te disponías a comprar una nueva, el precio desorbitado de las mismas te dañaba el bolsillo. Con estos ánimos de imposibilidad para comprar algo que me gustara, llegamos a la tienda donde me compré mi traje de neopreno hace un mes, Dripping Wet. Allí, las tablas nuevas están en rebajas, y buscando entre ellas, encuentro el amor a primera vista. Una tabla perfecta. 7'6 pies, ancha, con punta redondeada, gruesa, de fibra de vidrio. Pero aun eso, sigue siendo algo cara. Me incluyen en el trato el enganche para la pierna, las aletas para girarla en el agua, el apoyo para los pies del final, para hacer giros, cera y una bolsa para meterla. El trato es perfecto, pero no me decido.

En estas, nos vamos al campo de golf que hay al norte de la playa, a sentarnos en unos acantilados a disfrutar del día. Con unas patatas, chocolate y zumo, Roland y yo nos ponemos a hablar sobre los temas más filosóficos y los más intrascendentales que se nos puedan ocurrir en ese momento. El tiempo pasa sin que nos demos cuenta. Observando el mar, a nuestros mismos pies, disfrutamos de la compañía de una manada de delfines al completo, incluidas las pequeñas crías, que están pescando y jugando con las olas. La tarde es perfecta. Y allí, dejando que la suave brisa hiciera que pasaran todas nuestras preocupaciones y se ahogaran en las azules aguas del Pacífico en un día soleado, se hicieron las 17:30 de la tarde. Y mi mejor idea para ese mismo momento, fue pasarme otra vez por la tienda de Surf, pero esta vez, salir con una tabla bajo el brazo. Y con esta sí, a las 18:30 estabamos haciendo surf en las turbias y revueltas aguas de la playa al atardecer. Y ahora sí que me siento surfera, con mi propio equipamiento al completo. El único problema que le veo ahora, es cómo la voy a enviarlo de vuelta a España. Pero para eso, aun queda mucho tiempo. Por ahora, me voy a concentrar en disfrutar.

lunes, 20 de octubre de 2008

Surfing Sil

Iba a escribir sobre Fiji, pero hay cosas que merecen ser contadas.

Una advertencia antes de empezar: Las fotos que siguen, no es solo que el neopreno engorde, que lo hace, si no que realmente estoy gorda. Increíble pero cierto.

Cuando vienes a Australia, ¿qué se espera que hagas? Surf, está claro. Y si vives a 10 minutos de la playa, tienes una tabla especial para aprender, encontrada en la calle, y estás dispuesta a comprar un traje de neopreno, la cosa está muy clara. Pero no se puede ir directamente a la playa, meterte en el agua y esperar a ver que pasa.

Por eso, decidí apuntarme a un campamento de surf. Se trata de un fin de semana en un parque natural en Gerroa, a dos horas al sur de Sydney, en una playa llamada 7 Mile Beach, preciosa, en una bahía inmensa. En ese lugar, las olas entran con mucha fuerza, pero en la zona norte, donde se encontraba el campamento, solo llegan pequeñas reminiscencias de las que rompen en la zona sur, lo que es perfecto para aprender. Además, el nivel del agua va creciendo muy gradualmente según te adentras, lo que hace muy fácil llevar la tabla, y no te obliga a nadar mar adentro para coger una buena ola. Además, el lugar era maravilloso.

El viaje empezaba el viernes a las 6 de la tarde, cuando el autobús venía a recogernos. Cenamos en la que se supone mejor hamburguesería de Australia... Estoy empezando a cansarme de hamburguesas, la verdad. El campamento tenía unas buenas instalaciones, y me puse a compartir una habitación para cuatro con otros dos chicos de Holanda, que estaban empezando su viaje por el país. Muy majos, la verdad.

Por la mañana nos despertaron con el desayuno en la mesa a las 7, con frutas, cereales, zumo, tostadas, café, té, mermeladas varias, mantequilla de cacahuete, judías blancas... Un desayuno completo, pues a las 8:30 empezaba nuestra primera clase de surf. Dos largas horas en las que nuestro mayor deseo era ponernos en pie en la tabla...

Muchos consejos y teoría, consiguieron lo imposible. Claro, que también hay que tener en cuenta que se tratan de tablas especiales para aprender. Son muy grandes, y blandas, como una especie de pequeño bote que te permite flotar sin ningún problema. Y también, las olas eran fáciles de coger, pues se trataban de olas de subida de marea, que vienen con velocidad, pero rompen gentilmente.

La comida la tuvimos a las 11:30, y la siguiente clase de 2 horas, de 13:30 a 15:30. El problema es que por ese entonces, la marea comenzó a bajar, y las olas se convierten en las favoritas de los profesionales, pero un tormento para los aprendices. Altas, rompen rápido y forman el famoso tubo que todos hemos visto atravesar a algún intrépido muchacho. Para cogerlas bien, debes ponerte en pie rápidamente, pues si tardas un poco, te colocas en la cresta de la ola, lo que de seguro, hará que tu tabla vaya de cabeza a hundirse en el agua, y por supuesto, tú con ella. Y en mi segunda clase, mucha velocidad aun no había cogido, con lo que me pasé más tiempo sumergida que en la superficie. Pero el trabajo duro se nota.

Subimos un rato al pub a ver las vistas de la primera foto, y tomamos algo. Cenamos a las 19:30, y algunos aprovecharon para subirse de nuevo al pub. Otros, no queriendo subir otra vez la colina, nos quedamos en el campamento y jugamos al poker. Y a las 23:00, estábamos durmiendo, deseando empezar el día de nuevo.

A la mañana siguiente, con la marea subiendo de nuevo, nos pudimos lucir con algunas largas olas, cogidas desde el principio, y mantenidas con gracias hasta la mismísima orilla. Sentías el mundo a tus pies.

Pero lo mejor estaba por llegar, pues en la última clase, simplemente nos dejaron recrearnos con las olas todo lo que quisiéramos. E incluso con la olas de bajada de marea, se me dió bastante bien (incluso me dieron una tabla más pequeña para que fuera avanzando en el aprendizaje). Pero estábamos agotados, tras un largo fin de semana, y la mayoría de la gente se salió a dscansar a la playa. Yo, en mi faceta más testaruda, me empeñe en quedarme hasta el final, y ya sabéis, todo tiene su recompensa... Estando solo algunos de los monitores y tres de nosotros (de un grupo de 16), vimos de pronto, entre las tablas, a un metro escaso de donde me encontraba, varias aletas. Y no, no eran tiburones, se trataban de un grupo de unos 10 delfines jugando con las olas y nadando a nuestro lado. Verlos saltar mientras flotaba en mi tabla a podido ser el momento más maravilloso de toda mi vida. El sueño de mi infancia hecho realidad. No pude reprimir las lágrimas, ¡la felicidad me embargaba! Todo el dinero pagado se compensa por estos instantes completamente inolvidables.

La vuelta a Sydney fue tranquila, y a las 19:00 estábamos donde habíamos salido el viernes. Nos invitaron a cerveza y pizza, y luego, uno de los monitores, que vive en Bondi Beach (playa en la que yo también vivo), me llevó en coche hasta mi casa, yo en mi línea de parasitar coches ajenos. Esta noche he dormido de maravilla, pero ahora tengo agujetas. Mañana me compraré el neopreno y el miércoles seguiré esperando a la ola perfecta. Pero eso, otro día.

Un magnífico fin de semana de mi maravillosa vida.

domingo, 19 de octubre de 2008

¿Sabías que... IX

Para decir gracias en Fiji, debes decir Vinaka?

Y para muchas gracias, Vinaka Vakalevu. Y se dice tal cual se lee. Pequeñas palabras para defenderse en el paraíso.

viernes, 17 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 4

El último día de tour nos dejaron disfrutar de nuestro magnífico resort, que nos ofrecía múltiples actividades. La actividad que en su mayoría eligieron mis compañeros fue dormir hasta tarde. Yo no quería permitirme ese lujo, prefería disfrutar de Fiji, así que me fui a bucear. Era la primera vez que me ponía una máscara con tubo en aquellas aguas, y no sabía que me podía aportar la experiencia.

Entre nubes y claros, me monté en una lancha motora y nos adentramos en el mar, a una hora aproximadamente de la orilla. Allí, mi compañero, un hombre de unos 70 años, se metió a hacer submarinismo con el instructor, a una fosa de unos 30 metros de profundidad. Era el mismo lugar donde yo debía hacer buceo. No entendía muy bien que iba a ver con mis gafas si las cosas estaban tan profundas. Pero ahí me zambullí, yo sola, en medio del Pacífico. En el bote se quedó un hombre esperando a que volviéramos. Me dijo que siguiera la cuerda en la que estaba amarrado el barco. Así lo hice, y descubrí un arrecife de coral que subía desde la fosa y quedaba a dos metros de la superficie. Me quedé sin respiración al ver aquello. Corales al alcance de tu mano, cientos de peces de miles de colores, un agua completamente azul... Igual que en los documentales sobre profundidades marinas, pero en vivo. La barrera no tenía mucha longitud, y al acabarse, te encontrabas con una fosa marina de la cual no veías el fondo. Solo te rodeaba un color azul intenso como nunca hubieras imaginado.


El día estaba un poco revuelto, y las olas eran abundantes y de una altitud considerable, con lo que la estancia dentro del océano se volvía algo complicada. Además, después de llevar casi media hora en remojo, el frío empezó a entrar por todo mi cuerpo. Decidí hacer una parada y regresar un momento al bote para entrar en calor. Pero si las olas eran desagradables mientras flotabas, dentro de la lancha se hacían insoportables. Mucho vaivén para mi gusto. Tuve que elegir entre marearme o pasar frío. Elegí lo segundo. Regresé al mar a seguir contemplando maravillas de la naturaleza. Cada 20 minutos, aproximadamente, regresaba al bote para tomar el sol durante un momento, para luego, volver a adentrarme en las azules aguas. Más de una hora duró este baile, hasta que a los submarinistas se les acabó el primer tanque de oxigeno y tuvieron que regresar. Mientras tomaban un pequeño tentempié (que rechacé amablemente, pues no tenía el estómago muy asentado), vinieron a buscarme en otra lancha Ross y el resto de instructores, que se habían ido a hacer submarinismo a oscuras en un ferry hundido. Traían algunos tesoros que había encontrado en él, como un diccionario inglés (completamente inservible, por ser casi una pasta de papel) y múltiples herramientas oxidadas. Me mostraron sus "heridas de guerra" mientras regresábamos al resort. Cuando noté que la lancha había dejado de balancearse, me incorporé (pues fui todo el viaje tumbada en el suelo) y pisé tierra firme con gran alivio.

A las 12 nos fuimos de aquel maravilloso lugar, para ir a comer a un restaurante indio. No fue la mejor parte del tour, he de confesar. Al menos, yo elegí el plato correcto, pollo en salsa de matequilla. Los que eligieron arroz al curry con pollo aun se están lamentando, pues la única carne que encontraron en su comida fue la poca que podían roer de los diminutos huesos se mezclaban con el arroz. Nos dejaron hacer nuestra propia torta para acompañar la comida, que he de admitir que me quedó bastante buena.

Tras esta breve parada, nos dirigimos a nuestra última actividad como grupo: Las piscinas de barro. Qué decir que no hayais podido ver en las fotos... Al adentrarte en aquel charco (porque no tiene otro nombre), apreciabas que estaba bastante caliente. Cuando intentabas posar el pie en el suelo era cuando empezaba lo divertido. Aquello era un cúmulo de cieno, hojas muertas, palos, piedras y demás objetos no identificados. Preferías no pensar qué estabas tocando. Empezamos a embadurnarnos con un barro negro que advertí desde el principio, que no iba a haber forma de quitarlo de bikini y toalla (y aun a día de hoy, siguen ahí las marcas). Aquellos que no querían llenarse el pelo, lo tenían difícil, pues el resto estaba gracioso, y persona a la que veían medianamente límpia, persona a la que no le dejaban un ápice de piel sin lodo. Incluso unas japonesas que se atrevieron a entrar con nosotros salieron escarmentadas. Nos hicimos algunas fotos de grupo y después, nos fuimos directos a la piscina de agua caliente a aclararnos. Me costó horrores entrar en ella, pues el agua estaba estremadamente caliente. Pero una vez acostumbrada, disfrutabas de la experiencia. Lo peor fue la salida, pues la tensión me había bajado y tenía un poco de mareo. Bromeaba con la gente diciendo que iba medio borracha. La piel se me quedó muy seca y tirante, efecto del barro, que además, me la limpió en profundida.

La despedida del grupo fue muy trite. Me dio mucha pena sobre todo por Willy, el conductor, al que tras tantos kilómetros le había cogido bastante cariño. Nos llevaron hasta nuestros respectivos albergues en la ciudad de salida, Nadi. En el mío, tuve la suerte de poder compartir una habitación para tres con Rena y Ross. El lugar se llamaba Nadi Bay Resort Hotel, lugar barato y bastante lujoso para ser un albergue. Con dos piscinas, tres bares, sala de juegos, proyección de películas, música en directo, internet y hamacas colgadas entre palmeras y árboles de mangos, disfrutamos de una relajada noche.

El lugar estaba repleto de ranas, guecos y gatos gordos. Durante la cena (un pescado a la tailandesa, picante hasta más no poder), uno de los últimos, con todo el morro del mundo se me tumbó en las rodillas. Eran muy confiados. Compré una targeta de internet (5€ una hora, una locura) para poder avisar a mi gente de que, por falta de saldo en el móvil, me iba a quedar incomunicada el resto del viaje, pero que no había nada de lo que preocuparse. Por entonces, aun me quedaba una semana para disfrutar.

Cuando llegué a la habitación, como a las 10:30, Rena y Ross habían caido rendidos y estaban durmiendo plácidamente. Les imité, pues a la mañana siguiente, el bus que me llevaba al ferry de mi siguiente tour venía a recogerme a las 7:30, y no podía perderlo.

Así termina la primera parte de mi viaje. Esta era la parte cultural. Lo que sigue es más bien relax y ver pasar el tiempo. Espero que no me lleve muchas más entradas.

Y por último, comentar que mañana se hacen 3 meses desde que abandoné mi casa. El tiempo pasa muy rápido aquí, y cada vez más caluroso, agradable, relajado y feliz. Gracias por seguir ahí, que aunque esteis a miles de kilómetros (los que me leeis desde fuera de Australia), estáis todos los días a mi lado.

martes, 14 de octubre de 2008

Parada en el camino: Canguros y Navidades en verano

El viaje a Fiji fue largo y productivo, pero la vida sigue aquí en Australia, y hoy me apetece contar algo distinto, para variar, que Fiji empieza a hacerse difícil de seguir.

Primer tema a tratar: el canguro como cena. El domingo, en un ataque de locura, decidí comprar carne de canguro para probarla. Y ayer, lo hice. Se trata de una carne roja, extremadamente roja, con un precio alrededor de 9€/Kilo. Tiene una textura que parece bastante dura, y la venden en filetes bastante gruesos. Algunos españoles que también están aquí estudiando me habían comentado que estaba muy rica, pero que hay que cocinarla a fuego muy lento, para que no se ponga dura. Así que echando un poco de aceite de oliva en una sartén, y con el fuego al mínimo, eché las 4 piezas. Una hora y cuarto más tarde, estaba lista para la degustación. Pensé que finalmente, se me había quedado dura, pero para mi sorpresa, el interior era de lo más jugoso y esponjoso. Fácil de cortar y masticar, parecía más un pastel que un filete. Su sabor, está entre el hígado (por eso de ser muy roja) y la ternera. Nada seca, se trata de una carne muy sana, llena de proteínas y sin nada de grasa. Si piensas en el pobre canguro saltando, te da muchísima pena, e incluso te entran algunas náuseas (como me sucedió mientras lo cocinaba), pero el sabor es sorprendentemente bueno. Creo que no será la última vez que lo tome.

Segundo tema a tratar: Las Navidades. En Sydney está empezando el buen tiempo. Poco a poco, te encuentras andando por la calle sin abrigo y con chanclas, aunque aún ciertos días de frío se cuelan sin avisar. El buen tiempo llena las calles de alegría y de gente, y hace que ir a las playas en fin de semana sea tarea imposible. Es la típica sensación que puedes tener en España al llegar Mayo y Junio. Ahora, imaginad que con este ambiente, los escaparates empiecen a llenarse de colores rojos y verdes, de renos, abetos navideños... Te crea un sofoco inaguantable. Estos colores tan calidos deberían ser exclusivos del invierno. Y el sentimiento de desorientación te embarga. ¿También será típico tomar chocolate caliente tumbado en la playa? ¿Qué clase de cena de Navidad estás dispuesto a comer, un enorme cordero asado? ¿No sería mejor un gazpacho bien fresco? Ahora mismo, estoy bastante perdida.

Razonamientos a parte, la vida aquí sigue igual, relajada y feliz. El fin de semana que viene iré a realizar un curso de surf durante dos días, y ya estoy planeando mi viaje por la costa este del país que me llevará aproximadamente cuatro semanas, básicamente todo Diciembre.

En la próxima entrada, terminaré mi relato sobre el tour alrededor de Viti Levu, y ya tengo preparado el siguiente álbum de fotos con más paraíso terrenal. Espero que lo disfrutéis.

lunes, 13 de octubre de 2008

¿Sabías que... VIII

En Fiji, para decir hola, buenos días, buenas tardes, buenas noches y salud (tanto en el caso de responder a un estornudo como para brindar), solo hace falta una palabra?

Con que digas Bula vale, pues tiene todo estos significados.

viernes, 10 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 3

La mañana volvió a amanecer nublada. Desayuné en la terraza del comedor, a la vista del lago, con Rena, Ross y Willy. Nos entretuvimos un buen rato dando de comer a los peces. Les echábamos pan de molde, y esperábamos a que el más grandes de todos subiera a la superficie a comer. Cuando veías a todos los pequeños huyendo despavoridos, podías apreciar una sombra de más de un metro de largo acercándose con lentitud, para poco después, volver a desaparecer en las profundidades.

Nuestro tour nos llevó a comprar algo para comer, y algo para los niños que íbamos a visitar ese día. Pues era el día "cultural". Nos llevarían a una escuela primaria, a que apreciáramos cómo son educados el futuro de Fiji, y nos dieron la oportunidad de llevarles regalos. Por menos de 2€, les llevé cuadernillos de trabajo, lápices y ceras de colores, sacapuntas y gomas de borrar. Otros compraron algunos juguetes y caramelos. Juntamos una cantidad considerable.

Pero esa no era nuestra primera parada. Nos vestimos con nuestro sarong, una camiseta de manga corta y nos quitamos gorras y gafas de sol. Nos adentramos en un bosque cerrado, por un camino de tierra (nuestro autobús todoterreno no tenía miedo a nada) y en medio de una montaña, alejado de toda civilización, encontramos el poblado que íbamos a visitar. El jefe de la aldea nos acogió en su casa. Y allí, pudimos vivir una verdadera ceremonia Kava. Dejadme explicar primero qué es el Kava, para después, contar en qué consiste la ceremonia.

Kava, la bebida típica de Fiji. Se trata de una raíz hecha polvo, la cual, con una bolsa de trapo, como si de té se tratara, se mezcla con agua fría. A la vista, parece agua sucia, y curiosamente, su sabor es como de agua sucia. Sin embargo, es muy popular en las islas, y todo el mundo la bebe. ¿Por qué? Básicamente, pos sus efectos. La primera vez que la bebes, puedes notar que la lengua se te duerme. Si sigues bebiendo, los efectos se multiplican, y puedes, desde dejar de sentir la mitad de tu cara, a no poder andar, y hasta caer dormido mientras estás hablando. Situaciones de borrachera muy cómicas, pero si una pizca de alcohol.

La ceremonia comenzaba con nuestro jefe del poblado (Ben) y nuestro "orador" oficial (Ross), presentando nuestro regalo al jefe de la aldea, una raíz de Kava. En Fiji, lo que el dinero no puede, el Kava lo consigue. Los hombres entraron primero y se sentaron en círculo alrededor del bol para la mezcla. Las mujeres tuvimos que entrar después, y sentarnos detrás. Ellos, deben sentarse con las piernas cruzadas, mientras que nosotras debemos colocarlas a un lado. Y en esta postura, esperar sin movernos hasta que termine. Entonces, el jefe empieza a hablar, pero no os puedo asegurar lo que cuenta, pues habla en la lengua de Fiji. Después, empieza la mezcla del Kava. Entonan algún tipo de oración para que el Espíritu bendiga la bebida, y después, dan palmas tres veces. Y entonces, empiezan a repartir en pequeños cuencos hechos con cáscara de coco el brebaje recién mezclado. Empezando por nuestro jefe, este tiene que dar una palmada, decir salud (ya explicaré algunas palabras en la lengua de Fiji), beber todo lo ofrecido de un trago, devolver el bol, y dar tres palmadas mientras se da las gracias. Y este rito debe ser repetido por todo el mundo. Cuando todos han tenido su ración, se comunica que hemos sido aceptados en la aldea. Las mujeres, son separadas del grupo, y se nos enseña cómo hacer brazaletes de madera de palmera, mientras los hombres siguen bebiendo y hablando con los hombres del poblado. Sinceramente, prefiero los brazaletes.

También nos sacaron tarta recién hecha, y pudimos pasar un gran rato con aquella maravillosa gente. Para terminar la ceremonia, tuvimos que regresar a nuestros sitios, beber otro trago y dar las gracias. Y eso fue todo. Nuestro orador oficial había bebido aproximadamente 15 copas, así que le costaba un poco coordinar sus movimientos. En el autobús, disfrutó de una reparadora siesta.

Nuestra siguiente parada se suponía que iba a ser un río, en el que íbamos a poder hacer rafting, pero llovía bastante, el agua estaba muy turbia y podía llegar a haber peligro de una posible riada, con lo que esta actividad nos la saltamos. No me importó demasiado, porque la verdad es que tenía un poco de frío y no me apetecía volver a pasar lo del día anterior. Con lo que nos dirigimos directamente a la escuela.

Al ver llegar el autobús, los niños se pusieron como locos. Estaban realmente emocionados de vernos, porque significaba que iban a recibir algún tipo de regalo. Los colegios que visita el tour van cambiando, con lo que se regresa al mismo aproximadamente cada 3 semanas. Así que estaban muy excitados. Entramos en cada una de las clases, y los profesores nos contaron cómo enseñan, y cómo son los niños. Algunos viven en poblados muy lejos, y han de levantarse a las 6 de la mañana para después, caminar durante 12 kilómetros. Y a veces, sin posibilidad de alcanzar su objetivo, pues el río se ha inundado y no pueden pasar. Las clases son en inglés, ya que es el idioma oficial de las islas, a pesar de que estos niños solo saben hablar el dialecto de su aldea, con lo que hace el aprendizaje algo complicado. Tras las explicaciones, todos nos cantaban alguna canción. Los más mayores también nos hacían preguntas. Tuvimos que decir en 4 clases distintas nuestros nombres, de dónde éramos, el tiempo en nuestros países y en qué trabajábamos. Yo era la única original de España. La mayoría de los demás eran de Inglaterra, lo que lo hacía un poco aburrido. Por esa razón, Ross adoptó una nacionalidad distinta en cada clase, desde americano hasta islandés, para hacerlo más interesante. Lo mejor de todo eran las caras de felicidad de los niños cuando veían que tenían regalos, y les repartían los caramelos. Lo peor, cuando les preguntábamos qué querían ser de mayores, y la mayoría de ellos contestaban que soldados. Entonces veías esa tierna carita sufriendo de dolor en alguna guerra, y a mí, se me partía el corazón. Apartaba la vista cada vez, pues no quería imaginar esa inocencia quebrada por matar a un semejante. Puede que esté exagerando, pero un niño que quiere ser soldado no debería ser algo normal.

Finalmente, nos dirigimos hacia nuestro próximo resort: Volivoli Beach. Lugar paradisíaco donde los haya. Con una playa para ti sola, cogimos un kayak para recorrer la bahía, pues de pronto, había salido el sol y la temperatura era perfecta. Caminé por la arena blanca, adentrándome por un banco que me llevaba hasta el medio del mar, de manera que parecía "Silvana caminando sobre las aguas". Aproveché para coger algunos mangos del árbol que había subiendo a nuestra habitación (de 8 personas, con 2 baños cada una), y finalmente, disfruté de un maravilloso anochecer desde una tumbona en la playa. Una de las visiones más hermosas que he tenido.

La noche se presentó divertida. Nuestro animador, Sasa, nos apuntó a todos para hacer otra carrera de cangrejos. El mío era el número 6, y lo volví a llamar Pepa. Después de conversar un rato con los locales alrededor de un bol de kava (cómo no), se celebró la competición. Los tres primeros en salir del círculo ganarían una bebida gratis. Pepa consiguió el bronce, y yo me hice con un daikiry de margarita. Después, seguimos con otros juegos para pasar la noche. Tras ellos, Sasa nos deleitó con 2 danzas típicas de Fiji. La primera, fue "Lady Marmalade", disfrazado con una minifalda rosa y una peluca rubia. Le segunda, sí que era típica de Fiji, pero normalmente bailada por mujeres, y con otra minifalda y con sombra azul en los ojos. Un poco subrealista, pero tremendamente divertido.

Finalizamos la noche con una hoguera en la playa completamente a oscuras. No aguanté mucho, y me fui a la cama a eso de las 11 y poco. Fue un día más relajado que el resto, pero igualmente agotador.

miércoles, 8 de octubre de 2008

¿Sabías que... VII

Los habitantes de Nueva Zelanda se autodenominan Kiwis?

Es más fácil que neo zelandeses. Es así por el pájaro kiwi, emblema del país, que sólo se puede encontrar allí, no por la fruta.

martes, 7 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 2

Amaneció lloviendo. Temiéndome lo peor, me rocié entera con mi spray anti mosquitos. Me encaminé al comedor, observando que los cientos de ranas de la noche anterior se habían escondido con las primeras luces. Mi desayuno fue cuanto menos, abundante. Las caras de la gente que me rodeaba eran de total incredulidad. Rena no paraba de reírse, viéndome comer. Pero cuando te ponen un buffet libre de aquellas maravillosas frutas, no puedes contenerte.

Rehíce mi maleta, pues a las 8:30 empezaba de nuevo la aventura. He de recomendar para este tipo de viajes, una mochila, pues es más cómoda. La maleta es demasiado aparatosa y poco práctica. Además, pesa demasiado.

Paramos un momento en un supermercado para comprar nuestra comida y agua para el largo día. Allí recogimos a Ross, nuestro nuevo compañero de viajes, irlandés. Me hice con un sandwich de muchas cosas, no sabría decir, una papaya, cacahuetes y galletas oreo de crema de chocolate y mantequilla de cacahuete. Parece mucho, pero el día prometía.

Llegamos a un lugar apartado de todo, dispuestos a comenzar una marcha de 3 horas por el bosque tropical. Con una camiseta de tirantes, unos pantalones shorts y mis botas de trekking, salí del autobús. Nublado como estaba, con un frío viento y ligera lluvia, era poca ropa. Nos resguardamos del frío todos tras la Máquina Verde. Nos vino a buscar un camión donde nos subimos como los soldados yendo a encarar la muerte. Solo que nosotros ibamos a encarar a la naturaleza. Un largo camino lleno de baches a través de un camino que debía ser de tierra, pero que en aquel momento, se trataba de un cúmulo de barro fresco, nos llevó hasta lo alto de un monte. Allí bajamos todos. Un guía local encabezaba el grupo, mientras que Cam lo iba cerrando. Rena y yo nos pusimos en primer lugar, y cuando nos quisimos dar cuenta, nuestro guía había echado a correr y desaparecía en la lejanía. Tener un guía para esto, la verdad es que es de poca utilidad.

Así que liderando nuestra marcha, comenzamos a caminar por un camino de arcilla resbaladiza, del que bajaban riachuelos de agua de lluvia. El camino era alucinante. La vegetación frondosa, nos rodeaba por todas partes. El frío desapareció y fue reemplazado por un calor sofocante. Gracias a que no hacía sol, y la ligera lluvia (solo en un principio, después se fue haciendo más densa), se ocupaba de mantenerte fresca. Cuando quise darme cuanta, Rena y yo estábamos solas. Nadie delante, nadie que nos siguiera. Y esto continuó así durante horas. El Scout que llevo dentro salió a flor de piel. A veces, me entraba un poco el pánico, pues pensaba que estábamos perdidas en medio de un bosque, donde nadie podría encontrarnos nunca. Y al rato, te percatabas de que en la siguiente curva, había un cartel que decía "Este camino", con lo que muy desencaminada no ibas. Una vez cada hora, aproximadamente, encontrabas al guía, esperando en un lugar aleatorio. Y cuando todos nos reuníamos, salía corriendo hasta la siguiente parada.

Las botas resistentes al agua fueron una gran idea las dos primeras horas de marcha, pues era la única de todo el grupo que seguía teniendo los pies secos. Pero cuando el camino desapareció y nos metimos a caminar por el río... El agua entró por la parte de arriba y el peso aumentó considerablemente. Y por aquello de que no dejan entrar el agua, tampoco la dejan salir... Os podeis hacer una idea de cómo aumentó esto el nivel de dificultad de mi camino. Yo iba tan contenta, porque conociéndome, aun no me había caído ninguna vez, cuando metí el culo en el río. Me resbalé y acabé mojada hasta la espalda. Tampoco me importó mucho, ya que de todas maneras, la lluvia ya había hecho gran parte del trabajo anterior.

En el último tramo de camino, descubrí que estaba completamente sola, en medio de un lugar completamente desconocido, sin nadie que me pudiera ayudar cerca. Al menos, el camino estaba claro, así que seguí adelante hasta que pude divisar el río. La bajada fue agarrada a una cuerda, pues no confiaba en mi estabilidad. Al llegar, encontré a nuestro guía, Rena y dos barcas, una de ellas conducidas por Willy, donde habían traido nuestra comida. Volví a rociarme por enésima vez con mi spray para insectos, y me comí mi almuerzo con demasiadas ganas, tras casi 4 horas de marcha.

Lo que nos esperaba entonces era aun más curioso. La bajada del río, la ibamos a hacer en flotadores. Con un salvavidas y completamente vestidos (botas incluidas), nos metimos al agua, que estaba helada. Flotando entre rápidos, agarrándonos a las barcas cuando nos cansábamos, esquivando los lanzamientos de cubos de agua que nos tiraban los conductores de las barcas para divertirse, acabamos llegando a una cascada. Allí hicimos una parada para realizar varios saltos dentro de la cascada (también con las botas). El salto era refrescante, cuando menos.

De allí, nos montamos en los barcos, para el último tramo de río hasta nuestro autobús. El viaje fue de una hora. Lloviendo como estaba, completamente mojados, y con el gélido aire cortando la piel, nos acurrucamos en grupos tras plásticos para parar el agua que salpicaba del río. Empecé a ponerme de un color azul poco sano. Nunca había tenido las rodillas moradas. Mientras nuestras barcas navegaban a toda velocidad para llegar cuanto antes a nuestro destino, los murciélagos de un metro de embergadura de alas, sobrevolaban nuestras cabezas...

Al llegar a tierra firme, pudimos cambiarnos de ropa, pues la teníemos preparada para la ocasión, y empezamos a encontrarnos mejor. Disfrutando de nuestra experiencia en la naturaleza más salvaje, dimos una pequeña vuelta por Suva, la capital de Fiji, ciudad algo más grande que Nadi, pero también bastante pobre.

Llegamos a nuestro Resort para esa noche: Raintree Lodge. Allí nos metieron en una especie de casa con varios pisos, donde pudimos darnos una reparadora ducha de agua "caliente", rociarnos con más repelente (al menos yo, porque al estar durmiendo sobre un lago, me daba pánico la cantidad de mosquitos que podían aparecer a devorarme), y cenar. Pude disfrutar de un pollo con plátano de lo más delicioso, mientras Cam, en un acto de espontaneidad, vestido con la ropa típica de los aborígenes, nos interpretaba unas danzas típicas, moviendo las caderas a una velocidad trepidante.

Esa noche era el cumple de Sean, así que nos fuimos a un pub irlandés a celebrarlo, comprándole una tarta de color azul, la cual no era nada excepcional, pero que al menos, hacía las veces de celebración. Tan cansados estábamos que a eso de las 11, cogimos un taxi para nuestro albergue Rena, Ben, Becky y yo. Fueron más de 20 minutos de carrera, y nos costó 10 dolares de fiji (algo así como 4,50€). Aquella noche casi muero intoxicada de la cantidad de repelente que me eché, pero al menos, ningún mosquito me mordió.

domingo, 5 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 1

A las 8 de la mañana, vino a buscarme mi autobús. Un vehículo verde, que parecía sacado de una película antigua, al cual no le funcionaba el aire acondicionado, y cuyo asientos parecían deshacerse con solo mirarlos. Yo fui la única en ser recogida en Nomads Skylodge, mi albergue. Una chica canadiense y dos ingleses venían directamente desde el aeropuerto, recién llegados a Nadi (que aunque no es la capital de Fiji, pues la capital es Suva, y ni siquiera poder llamarse ciudad, por no tener los suficientes habitantes, es donde se encuentra el aeropuerto internacional). Fuimos recorriendo varios resorts a lo largo de Nadi para recoger al resto de los pasajeros (en total 19) de la Máquina Verde, apodo cariñoso para el autobús del tour de la empresa Feejee Experience que nos iba a llevar durante 4 días alrededor de Viti Levu, la isla principal del archipiélago de Fiji (que está formado por un número de islas alrededor de 322). En el último alojamiento resultó estar Rena Nelson, la chica de Jersey que había conocido el día anterior en el aeropuerto. Se sentó a mi lado, y desde entonces, fuimos poco menos que inseparables.

Nuestra andadura comenzó presentándonos. De entre todos, podíamos contar con una canadiense, una chica de Jersey, una chilena (que nos abandonó al final del primer día y que fue remplazada por un chico de Irlanda), y dos irlandesas. El resto de los pasajeros resultaron ser todos del Reino Unido, con el factor común de que estaban viajando solos o en pareja (ya sea de amigos o de amantes) por todo el mundo, y que llevaban un mínimo de 8 meses en ello. Nuestro guía se llamaba Cam. Llamarlo gay es decir poco. Y el conductor era Willy, un hombre encantador, que conducía muy bien para meternos con ese autobús por caminos de piedras casi intransitables para un coche normal.

Nuestra primera parada fue por supuesto Nadi. Sus calles llenas de tiendas para turistas, en las cuales nos querían meter todos sus empresarios, no son lo más bonito de Fiji. Es una ciudad muy pobre y sucia. Pero tiene un mercado de frutas en el cual puedes encontrar desde piñas limpadas en el momento por 1.5 dolares de Fiji (unos 70 céntimos de Euro), hasta kilos de mangos por unos 40 céntimos de Euro, que comparados con el precio que tienen en Sydney (unos 3 Euros por unidad), la verdad es que alegraban la vista y el gusto. Teníamos un deber muy claro: comprar un sarong. Se trata de un pareo normal, y que teníamos que vestir como falda larga de forma obligatoria para entrar en cualquier poblado del país, tanto mujeres como hombres, pues el la prenda típica para todo el mundo. El mío es verde oscuro con unas flores dibujadas. Ya lo veréis en las fotos. Tras una hora de compras poco fructífera, nos dirigimos a la playa de Natadola. Paradisíaca y maravillosa, con un agua cálida y arena blanca. La única pega que le pongo es le viento de ese día, y que hacía la estancia algo más incómoda de lo deseado. Cam Y Willy nos hicieron una barbacoa en un momento, y a la orilla del Pacífico tropical, pudimos comer salchichas, pollo, bacon, ensalada y multitud de frutas limpias: papaya, piña, plátano verde (pues en Fiji, el plátano que se come es el verde, y el amarillo se usa para cocinar) y sandía.

Nuestra siguiente parada fue el poblado nativo de Malomalo. Tuvimos que ponernos nuestro sarong, una camiseta con mangas, quitarnos las gafas de sol y las gorras, pues en caso contrario, la vestimenta no es respetuosa con los habitantes. Allí dimos una pequeña vuelta y nos metimos en la choza del jefe, por la puerta de los visitantes. Nos contó Cam de las costumbres ancestrales del canibalísmo en las diferentes tribus, y podimos ver a la entrada de la cabaña, un montículo de piedras, usadas para decapitar a los seres humanos que iban a ser comidos. No muy agradable. Pero pudimos aprender mucho, aunque sinceramente, a mí me dio un poquito de miedo, a pesar de que nos aseguró que hacía casi 200 años que no se practicaba el canibalismo. A saber.

Nuestra última parada fue una duna enorme donde pudimos tirarnos con tablas de body-surf. Hacer surf en la arena es bastante gracioso, la verdad.

Finalmente, llegamos a nuestra parada para dormir: Mango Bay Resort. Un lugar increible, a la orilla del océano, apartado de toda civilización, en plena Bahía Coral, completamente rodeado de una frondosa vegetación verde. No tengo palabras para describirlo. Me tumbé en una hamaca en plena noche en la playa, a disfrutar del sonido de las olas. Para cenar pedí Ika Vakalolo, pescado con leche de coco. Magnífico el pescado de Fiji. Más tarde, pude asistir a mi primera carrera de cangrejos. Mi cangrejo, llamado Pepa, compartido con Rena y Pilar, no ganó, como de costumbre. Pero aproveché para coger ranas, e intentar besarlas, a ver si encotraba a mi príncipe azul. No tuve éxito, y eso que ranas me sobraban, pues a cada paso que dabas, saltaban unas 10, sin exagerar.

Dormimos en una habitación compartida por todos. Un dormitorio de unas 30 literas, cada una con su mosquitera. Sin ningún problema, me acosté a eso de las 23:00, exahusta de un día lleno de emociones, y dormí la lluviosa noche entera, pues la gente que me acompañaba era de lo más respetuosa, y la mitad de ellos ya llevaban un buen rato durmiendo cuando yo me metí en la cama. Empecé a usar en ese momento mi repelente de mosquitos tropicales, que ha sido la compra más inteligente que he hecho desde hace mucho. Una sola picadura en todo el viaje, y porque una mañana me olvidé de rociarme, cuando el resto de mis compañeros estaban totalmente comidos.

En "resumen", mi primer día en Fiji fue emocionante, pero no tanto como pudieron ser todos los que siguieron.

sábado, 4 de octubre de 2008

¿Sabías que... VI

Fiji es la mayor isla de caníbales del mundo?

Pero tranquilos, en la actualidad ya no se practican esos ritos. Son todos muy cristianos.

viernes, 3 de octubre de 2008

Vuelta a la realidad

Aunque es una vuelta a una realidad muy relativa. De un tiempo a esta parte, mi vida a cambiado en muchos aspectos. Pero cuando más he podido notar el cambio, ha sido durante estos 12 días incomunicada en Fiji.


Han sido las vacaciones más increíbles de toda mi vida. Viajando por mi cuenta, completamente incomunicada, en completo relax, y no me he sentido sola en ningún momento. Ese es el mayor avance que he sentido en esta nueva etapa que estoy viviendo. Fiji es alucinante, pero más aun es la gente que he tenido la oportunidad de conocer y que han sido mis amigos íntimos durante cortos periodos de tiempo, un máximo de 5 días, pues luego cada uno debía seguir su camino. Hemos compartido muchas más cosas que lo que puedo haber compartido con algunas personas con las que llevo viviendo más de dos meses. Y espero poder seguir compartiendo experiencias. Pues estas personas a las que ahora puedo llamar amigos, están dispuestos a acompañarme en mis próximos viajes a lo largo de este enorme país llamado Australia, al que poco a poco, voy acostumbrándome, y que en pocos tiempo, espero poder llamar hogar.

He vuelto completamente relajada y con energía suficiente como para afrontar el último mes de clases y después, mis exámenes de fin de cuatrimestre. Y deseando acabarlos para empezar con mis vacaciones de verano en dos meses, e irme a viajar por la costa este.

Otro gran paso que he dado, y del que estoy especialmente orgullosa, ha sido en el avión. Todos aquellos que sigáis este blog sabréis el mi mala experiencia en mi último vuelo. Pues bien, ni a la ida a Fiji ni a la vuelta tuve ningún problema. El vuelo fue de lo más tranquilo y relajado. Lo único de lo que me puedo quejar es de que hacen un uso abusivo del aire acondicionado. Y que a la ida, sinceramente, no se puede llamar avión a lo que me llevó hasta las islas. Era más bien una avionetilla, pero con la particularidad, de que los asientos eran más espaciosos que en mi vuelo transcontinental... Ingenieros, para qué os quiero.

He hecho dos tours diferentes a destacar: Uno alrededor de Viti Levu, la isla principal de Fiji, durante 4 días, y otro por las Islas Yasawas, durante 6 días. Sendas entradas seguirán a esta para explicar con más detalle lo acontecido en cada uno de ellos. Decir que ambos han tenido su encanto personal, pero sin nada que ver entre ellos.

De lo que sí que puedo hablar es de mi llegada y primer día en el paraíso. Después de acostarme a la 1 de la mañana, haciendo la maleta, no me pude dormir hasta las 2 aproximadamente. Supongo que era cierto nerviosismo el que me invadía, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. A las 4 de la mañana sonó mi alarma del móvil. Me vestí, desayuné lo poquito que me quedaba de comida (que a la vuelta de mi viaje, he acusado más que nada, pues no tenía nada para llevarme a la boca), dejé una bonita nota de despedida en inglés para mis compañeros de piso, y bajé a la calle. A las 4:45 se suponía que tenía que venir a buscarme el taxi que había pedido. Pero en su lugar vino otro. Parece que a esas horas de la mañana, los ávidos conductores están sedientos de nuevas carreras. Sin más problemas, llegué a la estación de tren, lo cogí, llegué al aeropuerto... En el Duty Free aproveché para comprar otra tarjeta de memoria de 2 Gb para la cámara de fotos, pues me temía que 2,5 Gb, que era lo que llevaba, no me iban a ser suficientes. Y no me equivocaba. El vuelo en el "micro-avión" duró aproximadamente 3 horas y media, lo que me sorprende una vez de vuelta, pues el sentido contrario fueron 5 horas. La aduana de Fiji no tiene nada que ver con la de Australia. Simplemente te pasan la maleta por los rayos, y no se ponen ni la mitad de pesados.

El calor húmedo del aeropuerto se me pegó a la piel, y no me abandonó hasta ayer. Es algo característico de aquel país. Aunque llueva, la temperatura es digna de ir en bikini. Busqué el mostrador donde tenía que pedir que me llevaran a mi albergue. Allí conocí a Rena, de Jersey, que lleva viajando 11 meses. Sabréis más de ella.

Mi albergue era bastante tranquilo. En medio de ninguna parte, rodeado de abundante vegetación, con piscina y un jardín en el que aproveché para leer la mayor parte de la tarde. El cambio horario de 2 horas no lo noté a la ida, solo a la vuelta, pues esta mañana me he levantado a las 6.

Durante la cena, un chico australiano, llamado Marcus, de padres griegos, que trabaja como profesor de educación física en Brisbane, y que acababa de empezar sus vacaciones como yo, se sentó en mi mesa y estuvimos hablando toda la noche. La verdad es que agradecí mucho su compañía, muy agradable, sobre todo, porque me quitó de tener que relacionarme con el equipo de rugby australiano que acababa de llegar al albergue, y que eran las últimas personas con las que me apetecía relacionarme en ese momento. Pudimos participar en una carrera de ranas, donde la suya se llamaba "Aussie" (nombre con el que comunmente se conoce a los australianos) y la mía, obviamente, "Spain". Eso sí, no gané. A las 11 me despedí de él, pensando que sería la última vez que lo vería. Lo que no sabía es que Fiji era un país bastante pequeño.

Mi habitación acogía a 8 personas. Pero dormimos 9, pues una parejita decidió que no debían dormir en habitaciones separadas. Me dio igual. Me puse los tapones para los oídos y me dispuse a dormir. Lo que no me esperaba para nada era lo que aconteció después. Yo dormía en la cama de abajo de una litera, y en la cama de arriba, dormía un chico, que debía estar muy aburrido, y decidió que a las 5 de la mañana debíamos estar todos dormidos. Y de echo, lo estábamos, hasta que empezó la fiesta. Me desperté al principio mecida en mi cama, y luego sacudida. Sí, mi buen compañero de la litera de encima se estaba masturbando. No fue una noche muy agradable como principio de viaje. Luego la verdad es que me he echado algunas risas rememorando aquel momento tan patético. Huí de aquella habitación antes de que nadie se levantara, pues a las 8 de la mañana venía a recogerme el autobús de mi primer tour. Fue entonces, cuando las verdaderas vacaciones empezaron.

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Siento el retraso. La entrada estaba escrita de ayer, pero mi conexión no me dio la oportunidad de poder publicarla. Espero que la disfrutéis.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Cerrado por vacaciones

Antes de nada, y visto el éxito que tuvo hace dos entradas, la historia del reggeton, contar que hoy, en el gimnasio, hemos bailado la única y verdadera "Gasolina". Me siento como en casa.

Hoy hace exactamente dos meses que salí de Madrid. No sé que decir. Las tres primeras semanas fueron muy largas y bastante duras. Pero después, el tiempo se me ha pasado a toda prisa. Quién me iba a decir a mí hace un año, que en este momento iba a estar escribiendo en mi blog desde las mesas blancas del 5º piso de la University of Technology of Sydney. Por ese entonces, aun no me creía lo que iba a hacer. Y para ser sincera, aun lo pienso, y realmente, no me creo que esté aquí. Y cada vez mejor.

Después de comer mi nueva comida favorita en Sydney, Laksa, y mi postre favorito, cono de helado del McDonald's de 30 centavos (o lo que es lo mismo, 18 céntimos de euro), he decidido cerrar mi blog. Pero por un tiempo muy concreto. Dos semanas de vacaciones de primavera que empiezan mañana. Y dispuesta a aprovecharlas, el domingo parto a las 8:15 dirección Fiji, a pasar 12 días de playa, sol y relax, como ya viene siendo costumbre, yo sola. El precio es bastante elevado, pero, ¿qué otra oportunidad voy a tener para visitar Fiji? Además, tengo ya programadas diferentes actividades, como buceo en la barrera de coral, espeleología, crucero por el océano para ir de isla a isla, visita a los bosques tropicales... Todo un lujo. Estoy deseando llegar, pues van a ser mis primeras vacaciones de verdad después de un año entero. A mi vuelta, espero poder contaros historias maravillosas, llenas de color, y mostraros fotos del verdadero paraíso. Pero para ello, habrá que esperar al menos hasta el 3 de Octubre, ya que mañana tengo clases todo el día, y el sábado, fiesta en la playa, y no voy a poder actualizar con nada más.

Agradecer a todos vosotros que estéis ahí leyendo este blog. A todos aquellos que lo visitan y dejan su comentarios, a los que entran y luego me envían un mail como contestación, y también, un agradecimiento muy especial a todas las personas que me siguen día a día, aunque no dejen ningún comentario, que sé que también son muchas. Vuestro apoyo, interesándoos por mí, hace que cada día sea más fácil, y que me emocione escribiendo estos párrafos tanto como leyendo vuestras opiniones.

A mi vuelta, prometo publicar las entradas más interesantes, como pueden ser descripciones de Paddy's Market o Darling Harbour. Verdaderas fotografías de la ciudad en la que vivo, para que empecéis a ver lo mismo que yo cada día.

Muchas gracias a todos, y espero que sigáis ahí a mi vuelta.

martes, 16 de septiembre de 2008

¿Sabías que... V

Las monedas de $2 son del mismo tamaño que las de 5 cent?

¡Y casi más fáciles de perder!

lunes, 15 de septiembre de 2008

Del tiempo y maratones

Bueno, hoy tampoco me apetece contar historias elaboradas, aun tendrán que esperar. Tengo al menos tres en mente, pero son algo intemporales.

Contar que este fin de semana, ha sido el mejor que he tenido desde que llegué a Sydney. Resulta que en esta ciudad, oficialmente existen las 4 estaciones que todos conocemos, pero en realidad... Se reducen claramente a mi parecer en 2: invierno y verano. Cuando llegué todos sabéis que era pleno invierno. Debías ponerte tu abrigo, sudadera, camiseta de manga larga... Pero el 1 de Septiembre, en teoría, entra la primavera. En realidad, lo que entró ese día fue una tormenta de vientos huracanados y lluvias torrenciales, que duró más de 4 días sin parar, y que hicieron que la venta de paraguas se disparara, pues la imagen más común si te atrevías a salir a la calle era gente intentando que su paraguas dado la vuelta y completamente roto, les tapara al menos una pequeña porción de su ya de por sí calado cuerpo. Ese fin de semana aproveché para pasarme por el "Sydney Acuarium". Por supuesto, yo sola, como ya es costumbre. Aprovecharé una entrada completa para poder comentar con toda tranquilidad la experiencia de cruzar túneles repletos de tiburones, pero este no es el momento. La semana que lo siguió fue algo más cálida, sin tantas lluvias, pero te seguía obligando a abrigarte.

Mi fin de semana podría decirse que empezó el Martes, cuando empecé con mis clases de salsa gratuitas. Me lo pasé tan bien, que decidí que a pesar de tener una clase de Software Engineering el Viernes a las 9:00, el Jueves quería pasarme por La Cita, pub de salsa, lugar de reunión obligatoria de todos los estudiantes internacionales. Para ser sincera, no me gustó especialmente. Era como estar en un club con música de "pachanga" cualquiera de España, pero repleto de gente. Pude escuchar desde Juanes hasta reggeton electrónico de lo más raro. Eso sí, yo allí era la reina... La gente me preguntaba emocionada "¿pero tú entiendes la letra? ¿Qué dice?". No quieras saberlo, de todos es sabido que este tipo de música no destaca por su cuidada lírica. A la una, Kristin, mi compañera de piso alemana, y yo decidimos que era hora de volver a casa. Pero claro, no contábamos con perder el bus, tener que esperar más de 20 minutos al siguiente, pasar más de 45 de viaje, y luego, otro cuarto de hora andando desde la parada hasta el piso. Total, que nos plantamos en nuestro destino a las 2:30, justo 5 minutos antes de que Paolo, mi compañero italiano, llegara del mismo lugar, del que había salido cuando le habían echado, y cogiendo un taxi, había realizado un trayecto de 15 minutos. Ni que decir, que me dieron ganas de tirarme por la ventana, pero iba a ser poco efectivo, pues vivir en un primero te priva de este tipo de privilegios.

Así que el Viernes, con eso de que tengo clase de 9 de la mañana hasta 9 de la noche, fue algo cansado. Aunque pude disfrutar de una agradable charla con Roland, mi compañero holandés, durante más de una hora, al atardecer, una tarde de compras, pues necesito ropa de verano urgentemente, pues ir a Fiji con pantalones largos y chaqueta es algo ridículo, e hincharme a galletas de chocolate con Diogo, mi compañero brasileño, pues está un poco depre y necesita animarse. Cuando llegué a casa, nuestra noche consistió en noche de chicas. María, mi compañera chilena decidió que íbamos a usar su cera para depilarnos el bigote. Fue una experiencia de lo más graciosa, pues Kristin nunca se había depilado el bigote, y tampoco había usado cera caliente. Así que los gritos eran bastante curiosos...

El caso es que el Sábado me levanté a las 8 para poder llamar a Bea y felicitarle su 22 cumpleaños. Salí a la terraza para poder hablar con comodidad... Y me di cuenta de que era pleno verano. De pronto, el sol te saludaba con un cálido "buenos días", y la templada brisa que te acariciaba el cuerpo te invitaba a no volver a entrar en casa. Y parece que no era la única que pensaba así, pues Arthie, mi compañero californiano, me propuso irnos a la playa en ese mismo momento. Y sin ninguna objeción, me puse el bikini, y a las 9:30 nos dirigimos a Bondi Beach. Primero aproveché para comprarme una toalla de playa y crema solar, y después, recogiendo a Diogo, aparecimos en la playa... Primer día de buen tiempo, y no cabía un alma. Me dediqué a pasear toda la orilla sintiendo una agua que aun helaba los pies, pero que era de lo más agradable. Al rato, llegó Line, mi compañera de habitación, danesa, y le pedí que me acompañara en un fugaz baño, pero finalmente, solo yo tuve el valor de lanzarme. Fría es poco.
Nuestra idea en un principio consistía en ir a comer a casa, pues además teníamos que estudiar. Pero se estaba tan bien, que llamamos a Paolo y le dijimos que nos trajera todo el pan que encontrara por casa, el embutido y la lechuga. Y así, nos hicimos unos sandwiches crujientes que nos supieron a gloria. Y allí tirados nos quedamos el resto del día. Cuando Roland decidió que era hora de levantarse (debía ser la 1), se unió a nosotros, con zambullida incluida.

El viento arreciaba, así que nos volvimos a casa. Pero antes, hicimos una parada en la pizzería a merendar. El piso era como un horno a nuestra llegada. Y hablando de hornos, no sé cómo llegamos al punto de que esa noche no queríamos salir, que queríamos hacer noche de películas... Pero no de películas cualquiera. Alquilamos El Señor de los Anillos al completo, dispuestos a hacer maratón. Con palomitas y vino, empezamos a las 9:30 nuestra andadura, Roland, Line, Arthie y yo. Line nos abandonó antes del final de la primera, a eso de las 12. Arthie no pudo aguantar más que el breve comienzo de la segunda, y a la 1:30 se fue a dormir. Y Roland y yo, los más frikis sin ninguna duda, planeamos ver solo una pequeña parte de la 2ª, pues un día de playa destroza a cualquiera. Cuando decidió abandonarme a las 4:20, solo quedaban 10 minutos para el final. Al acabar, regresaron de su noche loca Paolo y Diogo, borrachos como cubas. Menos mal que aun estaba en pie, pues si no, los podríamos haber encontrado en los sofás plácidamente roncando a la mañana siguiente.

La mañana siguiente comenzó en mi caso a las 11:30. En el caso de los fiesteros y de Roland, a la 1. Paolo se levantó con ganas de El Retorno del Rey, pero Roland y yo acordamos que lo mejor era verla por la noche, que íbamos a hacer prácticas. Según me senté delante del ordenador, llegó pidiendo una sola hora de película. Y otra vez, a las 16:30, finalizamos nuestra maratón. Orgullosos de nuestra hazaña, ya estamos planeando la siguiente maratón de Star Wars. Pero esta, tendrá que esperar a que vuelva de mis vacaciones en Fiji.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Miedos


Iba a haber escrito una entrada sobre mi universidad, o sobre cómo llegue al piso de Bondi Beach, y cómo se vive allí, historias todas bastante curiosas y divertidas. Pero hoy no me siento ni curiosa ni divertida. Llevo varios días sintiéndome otra vez enfadada con el mundo. Y en especial, mi enfado se traslada al mundo confinado en su mayoría en España. Y ya podreis imaginar lo que me pasa. Siempre que tengo un miedo, o una tristeza o un dolor, lo camuflo inconscientemente en un cabreo, para no tener que lidiar con la pena y no tener que contar nada a nadie. Pero ahora estoy muy lejos, y escribir este blog es como hablarle a mi yo interior, con lo que en el fondo, simplemente estoy pensando en alto.

Pero es verdad, tengo miedo. No es un miedo que te hiele los huesos. Son pequeños pensamientos que se van colando en tu cabeza sin que te des cuenta, y llega un momento en el que son residentes habituales de tu día a día. Empezaron aquel día que escribes un mensaje, o un mail, y no recibes respuesta. Y pasa otro día, y sigues sin saber nada de nadie. Y te dices a ti misma, "es normal, la gente tiene muchas cosas que hacer, no pueden estar pendiente de ti todo el día". Y empiezas a pensar, que eres tú la que te acuerdas de tus amigos, porque eres la que te has alejado, pero que ellos, tienen muchos más entretenimientos en sus vidas como para acordarse de una pesada habitante del otro lado del mundo. Y poco a poco, empiezan a olvidarte. También es normal, pues ya llevo dos meses perdida por el hemisferio sur. Pero tengo ahora mismo mucho miedo de que, salvo en mi casa, a la gente haya dejado de importarle. Y me parecería fatal que en solo dos meses, hayan olvidado años de amistad. Por eso me cabreo, mucho... Y me alejo. Siempre hago lo mismo, nadie se da cuenta. Y ese es mi gran problema con las relaciones humanas. Soy una ignorante de la amistad. Y soy yo misma la que me limito. Soy incapaz de confiar en nadie, de pensar que puede que haya gente que me quiera... Lo dudo mucho, la verdad, y me cabrea pensar en los demás cuando estos no piensan en mí. Me digo a mí misma "eres una tonta, estás perdiendo el tiempo", y la propia inseguridad te hace alejarte.

El mayor problema es que esta vez, me he alejado demasiado. Casi 20000 Km. Y esto está empezando a gustarme. Y la gente puede vivir sus vidas sin mí. Y si en 2 meses estoy así, no quiero ni pensar que va a pasar en 13... Quedarme aquí no es una posibilidad, pero tengo verdadero pánico a que si lo hago, esté mejor aquí sola, que en España "acompañada". Algo que tengo bastante seguro en este mismo instante, es que si mi familia decide venirse aquí, me quedo, porque todos íbamos a estar tan contentos: mi familia junta, y mis amigos sin enterarse.

Ya sé que puede que no sea así, y sé que hay personas que sí que me tienen en sus pensamientos, aunque sea una vez a la semana, pero estos son mis sentimientos. Y no son culpa más que mía. Nadie está aquí para escucharme, para estar conmigo, incluso para darme una torta y hacerme volver a la realidad. No, estoy completamente sola, sola con mis propias ideas, y eso es demasiado peligroso. Por eso necesito de vez en cuando contacto humano, para salir al exterior y respirar verdadero aire limpio, no el viciado aire de mi mundo. Y nadie va a dar un solo paso para hacerlo por mí. Debería aprender a liberarme por mí misma, pero entonces, voy a ser lo suficientemente independiente como para quedarme...

Paranoias.

sábado, 6 de septiembre de 2008

¿Sabías que... IV

Canberra es la capital de Australia por la rivalidad que existe entre Sydney y Melbourne?

Las dos eran tan importantes que se disputaban ser la capital. Por eso, eligieron un lugar intermedio entre ellas.

martes, 2 de septiembre de 2008

Moverse por la ciudad

Primero, una pequeña introducción sobre el transporte público en Sydney. Existen tres grandes redes con las que te puedes desplazar: CityRail (también llamado en español red de trenes), Sydney Buses (una red de autobuses cualquiera) y Sydney Ferries (para moverte por la bahía, lo mejor son los ferrys). Aquí es caro todo, así que también lo es el transporte público. Como en toda grande ciudad, existen distintas zonas, con distintos precios, dependiendo de la distancia al centro. La zona roja es la de Sydney tal y como se conoce, así como la playa más famosa, Bondi Beach, lugar de mi residencia habitual y parte de la zona norte, donde se encontraba Greenwich Village. La zona verde incluye Manly Beach, la otra gran playa de Sydney, así como Parramatta, un pueblo en las afueras y el estadio olímpico. Se puede comprar un abono combinado para coger cualquiera de las tres redes en la zona deseada, exactamente igual que en Madrid. Salvo que aquí el abono es semanal (como casi todo), y que el precio para la zona roja, la más pequeña, es $35 (unos 21€). ¡Pero tranquilos todos! Aquellos estudiantes con una beca, que sean de intercambio, tenemos un descuento del 50%, con lo que tampoco nos resulta tan disparatado el precio.

Ahora, comentar un poco cada una de los tres medios. En primer lugar, el más usado, el tren. Posiblemente el lugar más sucio de todo Australia pueda encontrarse dentro de uno de estos vagones. Con eso de que no hay ni una sola basura en toda la estación, dentro de los trenes puedes colocarte en un asiento en el cual, tu compañera sea una cáscara de plátano, por poner un ejemplo. Y la decoración no ayuda, pues todos los artistas urbanos han decidido al unísono, dejar su rubrica en las paredes, asientos, techos, ventanas. Y algún honrado trabajador ha decido que ese arte no va con él, e intentando borrar lo escrito, lo único que ha conseguido ha sido dejar nubes borrosas de colores sin definir por todas partes. Es bastante tétrico, parece que te encuentras en las mismísimas Cuevas de Altamira.
La mayoría de los trenes tienen asientos abatibles. Esto te sirve para varias cosas. En primer lugar, si te mareas viajando de espaldas, cambias la dirección de los asientos y listo. En segundo lugar, si la persona que te toca enfrente no te gusta, cambias de vista. La gente es muy antisocial.
Y por último, un dato curioso, con el que aun me cuesta lidiar: las puertas de los trenes tienen dos sonidos, uno cuando abren y otro cuando cierran. Al abrir, suena como cuando el Metro cierra, y cuando cierran, suenan como las del Cercanías. Con lo cual, si oyes las puertas abrirse, corres a que no se te escape el tren, y quedas como una estúpida, de carrera por la estación para llegar a un vehículo que aun va a estar parado durante un rato.

De los ferrys qué decir... Tienes la opción de ir dentro del mismo, o en la cubierta, sintiendo el gélido aire en tu cara, disfrutando de una vista increíble a tu alrededor, en un agua completamente azul, rodeada de edificios de lo más modernos, disfrutando del Sydney de las postales. Un paseo rápido, cómodo y muy agradable. Una pena que no te puedas mover por toda la ciudad en ferry, porque sería un gusto.

Los autobuses son como los de Madrid, salvo por el factor peligro comentado en el post anterior. Otra cosa curiosa es que nadie respeta las colas, y o estás atento, o te quedas sin sitio. Y esto te puede pasar tanto en el autobús como en el baño o en cualquier otro sitio. Guardar las colas es algo que no va con la gente que camina cabeza abajo.
Por la noche, algunos autobuses mantienen su itinerario hasta la mañana siguiente, otros paran, y otros hacen las veces de búho. El que me lleva a casa es el 386/387. Y ese, no tiene servicio nocturno. La última noche de viernes que estuvieron en Sydney Fabiola y Estefanía, fuimos a un restaurante japonés con un tren de sushi, y después, fuimos a disfrutar de la lluvia en el Opera House, por última vez para ellas. Después nos despedimos en el tren. Y yo, me volví sola a Bondi Junction, donde debo coger el bus. Mi mala suerte hizo que nada más llegar, el último bus, que pasa a las 12:15 se hubiera ido. Pero la suerte no me había abandonado del todo, y algo quiso que en ese momento, llegara a una plataforma más abajo el último 389, que no me queda muy lejos de casa. Claro, que lloviendo y de noche, no tenía muy claro donde debía bajarme. Y apelando a la legendaria amabilidad de los conductores de autobuses (que en a veces, hasta te explican como debes saludar en inglés en cada ocasión), le pedí que me avisara cuando estuviera en Murriverie Road, donde queda mi piso. Con lo que yo no contaba, era con que esa calle tenía tres paradas. Y no sabiendo qué decirle, una señora intentó ayudarme a decidir. Creo que entre los dos, acabaron decidiendo que yo era demasiado absurda como para dejarme en medio de la nada sin saber a donde ir, y como era el último autobús de la línea, el hombre más amable del mundo me dijo que me quedara hasta el final, y luego me llevaba a mi casa. Y así lo hizo. En la última parada pidió a todo el mundo que se bajara, pero a mí me dijo "tú tranquila, tú puedes quedarte". Y gracias a las pobres indicaciones que le había proporcionado momentos antes, supo conducirme sana y salva hasta la puerta del piso a la 1 de la mañana. Aun sigue pareciéndome inaudito, y si alguien me lo contara, no me lo creería. Pero Sydney es así.

domingo, 31 de agosto de 2008

¿Sabías que... III

En español, el nombre de Sydney debe escribirse Sídney?

Se trata de un topónimo adaptado al español.

sábado, 30 de agosto de 2008

Morir en Sydney

Mucha gente cree que la manera más fácil de morir en Sydney es comido por un tiburón. Craso error. Lo más sencillo en perecer atropellado o en un autobús del transporte público. En los dos, existe un factor común: los australianos conducen realmente mal.

En el primer caso, atropellamiento, es fácil imaginarse por qué. Australia es un país que creció alimentado por las colonias británicas que lo fueron habitando, y de padres anglosajones, hijos anglosajones, con todas las consecuencias, incluida la dirección para conducir. Sí, conducen por el otro lado. Esto hace que cruzar la calle se convierta a veces en una misión imposible. El sentido común te hace mirar a la izquierda, y es cuando pasa un coche que conduce en dirección contraria. El susto, puede ser grandioso. Al final, te desesperas, y cruzas la calle corriendo, rezando para que no pase ningún coche, y mirando de forma histérica a los dos lados de la calle, porque estás completamente perdida, y no sabes por donde va a llegar el siguiente peligro. Porque esa es otra, los australianos al volante son un peligro. Corren, adelantan sin luces y sobretodo, se saltan los semáforos con una facilidad pasmosa. Hay que tener muchísimo cuidado en los pasos de peatones, que aunque puedas pasar, los conductores, estresados por naturaleza, pitan como si estuvieras cometiendo un crimen pasando al otro lado de la calle. Viven a un ritmo que me cuesta bastante seguir.

Pero no solo puedes morir atropellado por coches, si no también por la marea humana. Pues conducir por el otro lado, se traduce en todas las pequeñas facetas de la vida cotidiana. Donde mayor problema se me presenta siempre, es en las escaleras mecánicas. Lo normal es ponerse en el lado derecho, y el que quiere andar, que vaya por la izquierda. Pues eso haces siempre, de forma automática, y la gente que está detrás se cabrea porque llevan prisa y tu estás parado en el lado derecho, es decir, el de paso. Y andar por las calles o los pasillos de los centros comerciales puede ser una ardua tarea, pues es algo que haces sin pensar, y te vas chocando con la gente que va en dirección contraria, pues en estos casos, eres como un conductor suicida cualquiera. Llevo aquí 6 semanas, y sigo teniendo los mismo problemas todos los días. Las mismas dudas sobre en que lado colocarte, pues ya estoy completamente perdida, siempre que elijo un lado, elijo el erróneo. He optado por hacer lo que hace la mayoría. Y siempre podrás reconocer a un turista por ser el solitario caminante del lado derecho.

La segunda manera de morir en Sydney, que no tiene que ver más que con los animales urbanos, es en un autobús. Esto viene de antes, de que los conductores australianos, parecen que han sacado su permiso de conducir de una máquina expendedora de las ferias. Y si a eso le unes un servicio público, la cosa se pone peligrosa. Me quejaba en Madrid y ahora los hecho de menos. Si tienes la desgracia de ir de pie, ten mucho cuidado. Agarrate fuerte a donde puedas con dos manos, pon los pies estratégicamente y mantén firme el cuerpo. Incluso con estas precauciones, puedes besar el suelo. Aun recuerdo el día que iba agarrada con una sola mano, y el señor conductor decidio frenar. Gracias a que uno de los chicos que iba sentado me agarró, que si no, salgo volando desde la parte de atrás del bus hasta el mismísimo parabrisas. El conductor paró, se levantó y a gritos, desde la parte delantera, me preguntó si estaba bien, aunque no lo puedo asegurar, porque una condición indispensable para conducir estos vehículos debe ser tener un acento cerrado e incomprensible. Y si vas sentado, cuidado con la cabeza, pues muy probablemente acabes colpeando el asiento de delante o la ventana con ella. Montar todas las mañanas en uno, genera más adrenalina que el mejor parque de atracciones.

Eso sí, lo compensan siendo personas de lo más simpáticas. Debo recordar para entradas posteriores, la historia del conductor más majo del planeta, de nacionalidad australiana.

lunes, 25 de agosto de 2008

¿Sabías que... II

En Australia hay 20,4 millones de habitantes y 50 millones de canguros?

¡Tocan a más de 2 canguros por persona!

viernes, 22 de agosto de 2008

Greenwich Village

Durante las tres primeras semanas, gracias a la beca de cursos de inglés del MEC, estuve alojada en una residencia en el norte de Sydney, llamada Greenwich Village, en el 33 Greenwich Road (como veis, no se rompieron mucho la cabeza poniéndole un nombre). De esta manera, tenía tiempo para buscar un piso para vivir el resto del año. Claro, que yo no sabía que eso era tan difícil, pero eso es otra historia.

Llegué allí un sábado, como ya he contado, y no pude cenar. Quise dormir, y la recepcionista me llevó a mi habitación. Un chico coreano y otro ruso me ayudaron a subir mis bultos hasta el primer piso, habitación 106. Había una cama vacía, sin sábanas ni nada en el lado derecho, y en el izquierdo, un desastre de cosas tiradas por todas partes, en la mesa, en la cómoda... Lo miré con cara de pánico, pensando en que mi compañera iba a tener que recoger mucho para poder dormir aquella noche. Pero la recepcionista me dijo que lo más seguro era que la chica no apareciera por allí a dormir. Me sorprendió que la recepcionista conociera este tipo de detalles de la gente que vivía en esa residencia. Yo me acosté y no me preocupé más. A eso de las 11 más o menos, alguien quiso entrar en mi habitación (creo, no lo tengo muy claro, porque yo estaba medio soñando, medio en coma), pero al verme debió asustarse, pidió perdón y se volvió a ir. Supongo que sería mi compañera. Pero vamos, que volví a caer en coma profundo hasta que me desperté media hora después...

A la mañana siguiente, tras desayunar, decidí deshacer mi maleta. Tenía un gran armario con espejos en las puertas, pero cuando fui a abrirlo, esta se me cayó encima! Madera en caída libre es dolorosa, creedlo. Estaba lamentándome de mi mala suerte (y del dolor de mi dedo gordo del pie) cuando apareció una australiana rubia, bajita y regordeta, que me recordaba vagamente a las fotos colgadas en la pared. Se llamaba Sara (supongo que habrá alguna h en algún sitio, pero no lo sé), y era mi ex-compañera. Venía solo a mudarse, porque se iba a su propia habitación. Ella llevaba ya seis meses y se quedaba otros seis. También me dijo que la puerta la había roto su antigua compañera, una chica coreana.

Y así me dejó. Y aproveché y me cambié de lado de la habitación, para tener un armario con la puerta como debe ser. Me quedé sin compañera durante una semana. Mi siguiente compañera fue una china, que venía con su marido, que era un poquito tonto (pedía una caja fuerte para guardar algo muy importante. La mujer de recepción le dijo que ella podía guardárselo, y él le dio sus pasaportes. ¡Cómo si fuera el único que tiene de esos!). A esta mujer no la vi en mi habitación ni una vez. Ni siquiera había dejado cosas suyas. Solo había apuesto la sábana bajera, abierto las cortinas y tirado a la basura una bolsa vacía de algo parecido a patatas, no podría decirlo con exactitud, porque aun no entiendo chino. Debía dormir con su marido o sus amigas. Y así estuve otra semanita. Debió decir algo, porque ella seguía en la residencia y me pusieron una nueva compañera.

Se llamaba Isaubelt (o algo parecido), y era francesa, rubia, enorme de alta y de "ancha". Volvía de visitar a su familia durante 8 semanas. Ya llevaba un año entero en la residencia, no tengo muy claro haciendo el qué, porque no estudiaba. Volvía por el novio australiano (bastante guapo, la verdad), del que estaba muy enamorada y no quería dejarle tan lejos. Fue pasar 2 días después de que llegara, y el novio la dejó. Ella no hacía otra cosa que dormir todo el día, hasta las 2 siempre, acostarse tarde, roncar y hablar en sueños... Vamos, una joya. Menos mal que me compré tapones para los oídos, y desde entonces duermo como un bebé.

Lo que más me molestaba sin duda alguna, a parte de que era un desastre, muy desordenada, una gorrona, de tanto dormir, la habitación olía a sudor que te daban arcadas al entrar y que comía en la habitación, dejaba allí los restos, era que andaba siempre descalza por la residencia, con una moqueta que a saber qué a vivida... Que no la tocaba yo ni aunque me pagaran. Y luego, se metía en la cama con los pies negros literalmente. Pero luego hablabas con ella y era maja.

Las compañeras no fueron mi fuerte, ni tampoco las comidas. Ya sabéis que se desayunaba de 6:30 a 8, y tenías cereales, leche, yogurt y pan. Los fines de semana era diferente. Además de todo esto, también ponían salchichas, huevos, tomates a la plancha, judías blancas... Lo típico, vamos. Y se tomaba de 8 a 9:30. Pero las cenas eran lo mejor. De 18:30 a 19:30, y podías elegir arroz (siempre) y una variedad curiosa de comida de lo más "internacional"... Toda bastante mala. Además, engordaba un montón y estaba muy especiada. Contaba los minutos para salir de allí y tener mi propia cocina, porque ellos solo te proporcionaban un microondas para que te cocinaras tu comida.

¿Pero que saqué de bueno de aquella residencia? Amigas. El mismo día que yo, llegó una chica asturiana, Cecilia, de la que no me separé en las 3 primeras semanas. Venía por la beca MEC de cursos de inglés, y se volvió antes de lo que hubiera deseado. Con ella compartí todas las visitas a Sydney, noches de lo más curiosas ("el conejo de la Lola es peluda") y un montón de buenos momentos, y gente como Gizem o Fabia. Pero se fue. Y encontré a dos chicas sevillanas que también venían gracias al gobierno español, llamadas Fabiola y Estefanía. Con ellas he compartido compras a lo loco, chocolate, gaviotas asesinas y sobre todo, largas y agradables charlas en español, que lo necesitaba más que nada. Pero ellas también se han vuelto. La verdad es que he estado poco tiempo con ellas, pero las he cogido mucho cariño, y lo que hemos compartido no lo olvidaré nunca. Miles de gracias a las tres, ¡os echo de menos! Ya sabéis, que cuando vuelva, siempre tendréis un sitio en Madrid.

Pero todo esto ya acabó. Ahora estoy en otro piso en North Bondi. Y eso sí que es una fiesta.

viernes, 15 de agosto de 2008

Jet Lag

28 horas de viaje destrozan a cualquiera, eso seguro. ¿Pero hasta qué punto? ¿Y qué papel juega aquí la diferencia horaria? Ahora mismo, yo voy 8 horas por delante de España, pero en cuanto cambien la hora, como en Octubre, entonces, habrá 10 horas de diferencia.

Yo no sé si alguno de vosotros habréis sufrido el Jet Lag. Yo desde luego no, era la primera vez que lo sufría. Y menuda primera vez. Ya sabéis mi primer contacto con la diferencia horaria dentro del avión, que en el momento que eran las 12 de la noche en España y yo estaba preparada para dormir, se empeñaron en encenderme las luces y darme el desayuno (que no tomé). De todas maneras, ¿quién desayuna a las 6 de la mañana?

Pero lo peor, estaba por llegar. A las 21:30 del 19 de Julio, después del viaje, decidí que era hora de meterme en la cama. En aquel momento ni me preocupé por la hora que sería en España, estaba suficientemente cansada como para dormir plácidamente durante horas. Y eso es lo que hice, dormí horas. Dos horas para ser más exactos. A las 23:30 estaba mirando la luna, pensado "deben ser como poco las 5 de la mañana". Qué error el mio. A esa hora, mi cuerpo suponía que eran las 14:30 y que no era hora de dormir. Y así estuve hasta que empezó a hacerse de noche para mí, y de día para el resto de Australia. Fue un día duro,ya que decidí levantarme a desayunar (en la residencia se desayunaba los domingos de 8 a 9:30), y después, me fui a comprar los adaptadores de los enchufes para poder usar mi ordenador, cargar el móvil,... Esas cosas básicas. ¿Qué pasó? Que a la vuelta, después de comer un bocata, pensé en echarme una pequeña siestecita, que acabó durando 5 horas, justo levantarme para cenar. Y de nuevo, la noche en vela.

Los días siguientes, ya tenía que madrugar porque, a parte que los días de diario en la residencia se desayunaba de 6:30 a 8, a las 9 tenía presentaciones varias en la universidad, así que me tuve que ir haciendo al horario a base de fuerza, y no fue nada fácil.

El Jet Lag me duró una semana. Una semana en la que tan pronto estaba destrozada, como me levantaba hecha una rosa. Aunque lo peor fue después, pues cuando te haces al horario, te das cuenta de lo realmente cansada que te encuentras. Y como estás en Sydney, lo quieres ver todo, no te das un respiro, y claro, luego, pasa lo que pasa. Yo aun le echo la culpa a la diferencia horaria de que tenga tendinitis en el pie izquierdo desde la primera semana de estancia. Todo viene junto.

¿Sabías que... I

No existe el gentilicio en español para los habitantes de Sydney?

Se llaman a sí mismos Sydneysider

martes, 12 de agosto de 2008

Llegada a Australia 4: Aduana y taxi

Fuera del avión iba yo preocupada por lo que me fueran a decir en la aduana.

Me hicieron rellenar una tarjeta de desembarque antes de aterrizar en Sydney, en la que te preguntaban desde tu residencia en Sydney, hasta si estabas involucrada en algún tipo de crimen contra la humanidad... ¿Quién va a responder a esa pregunta con un sí, por mucho que sea verdad? La primera pregunta que había que contestar con sí o no, era: "¿Lleva armas, drogas o medicinas?". Yo respondí que sí, pero claro, no se sabía a cuál de las tres. Y como se pusieran tontos, como me hicieran abrir la maleta y tirar todos mis antihistamínicos...

Antes de coger la maleta, tuve que enseñar mi tarjeta y mi pasaporte en la ventanilla llamada "otros países", ya que había ventanilla para los australianos, neozelandeses y asiáticos, creo. El resto, eran "otros países". Para mi sorpresa, lo único que me preguntaron era en que barrio se encontraba mi residencia. Nada sobre armas de destrucción masiva, drogas destruye-civilizaciones o la terrible tuberculosis. Me dejaron pasar sin más.

Con un carrito en mano, me dispuse a encontrar mis dos maletas: La bolsa de viaje chiquitina, envuelta en cientos de metro de papel de film transparente, pero de color verde (zurullo espacial lo llamaba mi familia), y la gigantesca maleta Samsonite roja, también verde por el envoltorio. Pero no era tan fácil llegar hasta la cinta. Aquello estaba lleno de personas dispuestas a dar su vida por su maleta. Yo no iba a ser menos, pero debía andar con ojo, pues no quería que mi ordenador estuviera sin vigilar.

Me estaba poniendo muy nerviosa. ¿Y si mis maletas se habían quedado en Londres? ¿Y si las había cogido alguien? ¿Cómo iba a coger yo sola la más grande de las dos? En estas estaba cuando apareció el zurullo espacial, y empecé a tranquilizarme. Al menos, en ella estaba el abrigo. La cogí, no sin problemas para acercarme a la cinta, que estaba abarrotada de gente mirando al infinito. Pero de la otra no sabía aun nada.

Estuve un buen rato allí, mordiéndome las uñas, cuando salió por el otro lado. Iba a acercarme a por ella, cuando pasó a mi lado un hombre con una perra encantadora, que iba olfateando los equipajes en busca de comida. Y la muy **** se paró al lado de mi equipaje de mano. El hombre empezó a abrirme la bolsa en busca de comida. Me preguntó si llevaba algo del avión, y le dije que sí, pero no le bastó. Siguió revolviendo hasta que encontró un bocata de salchichón que me había hecho mi madre para que tomara al salir en Singapur, pero con el cuerpo que tenía, no pude ni pensar en él. Había decidido tomarlo para cenar, pero en ese momento, no me acordaba de él. El maldito australiano, lo cogió, le dio un premio a la perrilla, puso una marca roja en mi tarjeta de desembarque y sin decir nada, se fue con mi comida, para tirarla a la basura. Y allí me dejo, compuesta y sin cena. Miré a ver si al menos, podía coger mi maleta, pero no había rastro de ella.

La desesperación se apoderó de mí. "Bueno", me dije, "estará dando la vuelta por el otro lado. Aparecerá de un momento a otro". Pero no. El tiempo pasaba y del otro lado no salía nada parecido a mi Samsonite. Los segundos se me hicieron eternos. Alguien se la había llevado, seguro. Tuve ganas de salir corriendo a dar vueltas por la cinta, a ver encontraba a la persona que la había cogido sin mi permiso, pero no podía, tenía el resto de mi equipaje. Así que, estresada como estaba, cogí mi carro y con él, me puse a dar vueltas a la cinta. Y nada. Iba llorando cuando, como de la nada, a la mitad de camino, allí estaba, en la cinta. Corrí, embestí a la gente, y como si fuera una pluma, la cogí en volandas y la llevé al carro con el resto de mis pertenencias. Ya estaba todo. No había nada que temer. Todo había salido bien.

Pero aun no había salido. Aun quedaba el registro de maletas. Y yo tenía una marca roja en mi tarjeta y armas o drogas. Me iban a deportar seguro. Llegué, y me preguntaron por la marca roja, y dije que había sido un bocata, pero que ya lo habían tirado. Pasaron mi maleta por los rayos X y entonces... No me dijeron nada más, ni me preguntaron por las medicinas, simplemente, me dejaron ir.

Y por fin estaba en Sydney, pero no había nadie a la salida que me estuviera esperando. Triste, me fui en busca de un taxi. Me monté en el que me mandaron, ya que había una encargada a la puerta del aeropuerto, de gestionar la cola para coger el taxi. Resultó el taxi de un indio al que era imposible entender. Me monté detrás, y él se fue al asiento del copiloto. Y se puso a conducir por el lado erróneo de la carretera. Pensé que iba a morir estampada contra otro coche, pero resultó que todo el mundo conducía al revés. También resultó que el taxista conducía extremadamente mal. Creí que era solo cosa de él, pero todos los australianos conducen fatal.

Le dije que me llevara a la residencia, pero no entendía la dirección (33, Greenwich Road), así que paró en medio de la autopista, y me pidió que me sentara delante y le escribiera el nombre en un papel. Y allí iba yo, en el asiento del conductor, temiendo por mi vida, y tapándome los ojos cada vez que doblábamos una esquina, segura que de frente iba a aparecer el coche que nos iba a matar.

Las preguntas normales de un viaje en taxi, pero sin entendernos entre nosotros (porque el acento indio es imposible, entre otras cosas), "¿De dónde vienes?" "¿Cuánto te quedas?" "¿Conoces a alguien aquí?", las repetíamos una y otra vez. . No debía tener yo muy buena cara, porque cuando pasamos por el Harbour Brigde (el puente este tan famoso de Sydney), me preguntaba "¿Ya estás más contenta? Estás pasando por el puente". Y a mí me daban ganas de darle una paliza, si no fuera porque él llevaba el volante, Y a pesar eso pocas veces le vi mirando a la carretera.

Me presenté el peor día en Sydney. El World Youth Day (el día mundial de la juventud). Allí estaba el Papa, tocándome la moral. ¿Por qué? Por que por su visita, habían cerrado la gran mayoría de calles de la ciudad, y nos tuvimos que dar la vuelta con el taxi, todas las veces. El hombre se perdió y no sabía por dónde ir. Y se agobiaba diciendo que tenía que volver cuanto antes al aeropuerto, porque si no, no iba a hacer mucho dinero. Está muy bien que te digan estas cosas cuando ves el taxímetro subir como la espuma. Al final, decidió meterme por el tunel de peaje, que para mí que solo pagó 5$, pero él me dijo que eran 10$. Yo creo que me timó todo lo que pudo, porque al llegar a la residencia, tuve que pagar... ¡95$! Casi 60€ de carrera. Claro, medio dormida, sin fuerzas por no comer, con ganas de nada... ¿Cómo no aprovecharse? Menudos primeros contactos estaba teniendo con los australianos. Me parecían todos unos cabrones.

En la residencia, a las 20:00 ya no había cena, así que me llevaron a mi habitación, diciendo que mi compañera seguramente no iría a dormir esa noche. Normal, con la de cosas que tenía encima de la cama, a mí también me daría pereza ir allí a dormir, tendría que pasarse un par de horas quitando cosas de encima. Bajé un momento a los ordenadores para dar la noticia de que estaba "bien", que había llegado "sana y salva", y que me iba a la cama.

A las 21:00 me metí en la cama, y dejé a mano una botellita de agua de 33cl para ir bebiendo por la noche e irme rehidratando. Pero el Jet Lag... Esa es otra historia.