lunes, 11 de agosto de 2008

Llegada a Australia 3: El avión de Quantas


Quantas. La aerolínea australiana por excelencia. Un avión enorme, con 7 asientos por fila. A mí me había tocado pasillo, al lado de una pareja rubia de ingleses. Llamé de nuevo a mi madre antes de que despegara el avión, para contárselo. Me había dicho que era importante que hablara con los que me hubieran tocado al lado, que el viaje se me haría más corto. ¿Cómo se puede hacer corto un viaje de aproximadamente 24 horas? Parecía que al estar en parejita, no me iban a hacer mucho caso… Al final, me resigné a despedirme de mi familia por al menos un día, aunque veía difícil llamarles a la llegada, porque llamar desde mi móvil a España cuesta 3,72 € el minuto…


Me acomodé como pude en mi asiento. Era bastante amplio. Encontré en él una pequeña manta gris muy calentita, una almohada y unos auriculares. En el reposabrazos derecho había un mando a distancia, con el que se podían controlar todas las utilidades que ofrecía la pequeña pantalla que tenía delante. Cada uno tenía la suya, ubicada en la parte posterior del reposacabezas del viajero de delante. En ella podías elegir una emisora de radio, una película de actualidad (véase, 21 Blackjack, Reyes de la Noche, Shine a Light,…), una cadena de televisión (la Fox, Disney Chanel,…), discos de música variados, juegos de arcade o el plan de vuelo, el mapa de dónde nos encontrábamos, ciudades por las que estábamos pasando, velocidad, altura, hora local del lugar de llegada, tiempo estimado de vuelo, tiempo transcurrido desde nuestra salida, dónde se encontraba la noche en ese momento… Me entretenía mirarlo, pero también me desesperaba un poco, ya que ponía que nos movíamos a unos 1000 Km/h, pero en el mapa no avanzábamos nada.


Eran las 13:15 en España, y me apetecía dormir un poco, a ver si empezaba a encontrarme mejor. Me puse los cascos para escuchar algo de música (elegí una recopilación de los Beatles, el último de los Red Hot Chilli Peppers, Bob Dilan y los Rolling Stones), puse el plan de vuelo para ir viendo las ciudades por las que se suponía que sobrevolábamos, ya que era imposible ver nada tras las densas nubes que se movían debajo de nosotros. El reposacabezas se doblaba por los lados, de manera que la cabeza no se te caía y la tenías perfectamente sujeta. Me pareció muy cómodo y me dispuse a dormir. Pero me fue imposible. Traté de jugar a algunos de los juegos, pero me mareaba más. Al final, tuve que darme un paseito hasta el baño para vomitar. Y fue la primera de un montón de veces. Tantas que ni las recuerdo.


Llegó la hora de la comida. El menú podia se consultado de forma interactiva en la pantalla multiusos, junto con el resto de las comidas, cenas y desayunos. Imposible comer nada. El olor era insoportable, y la gente comía una comida que tenía pinta de todo menos de estar buena. Pedí si tenían algo de arroz o algo así para mi malestar. Me acabaron trayendo un par de panes y un té. No duraron mucho en mi estómago. ¡Menos mal que estaba sentada en un asiento de pasillo!


Siguieron trayendo comidas, tentenpiés, snacks, cena, desayunos... De todo, pero yo no probé nada, y si algo comía, por miedo a deshidratarme o a un bajón de azucar, al rato tenía que ir a vomitarlo. Se hizo de noche (muy temprano para mi gusto, debían ser las 6 de la tarde en España), y nos apagaron las luces para que durmieramos. Yo me puse a ver Shine a Light para entretenerme, mientras unos niños corrían por el avión, detrás de su hermanita que iba gateando.


Nuestra parada técnica fue en Singapur, hora local 8 de la mañana, hora en España, 2 de la mañana... Al aterrizar, tuve que vomitar en la bolsita de mareo. Crei que me moría de la vergüenza. Completamente desubicada acabé, como no, en el baño. Un par de veces más vomitando y de vuelta al avión. Pero claro, había que pasar otro control (debía ser el 5º por el que había pasado). Vuelta a sacar el ordenador, a quitarse los zapatos, a tirar la botella de agua que me había sacado del avión... Menos mal que me había dejado dentro la de aquarius...


Y para mi sorpresa, al volver a entrar en el avión, ¡me había tirado la botellita de aquarius! Pues nada, me resigné a no comer nada en todas las horas que nos quedaban hasta Syndey (unas 8 aun). Mi vecina, un encanto de mujer, me dio sus bolsas de mareo. Yo busqué la posición más cómoda para no ir mareada. Resultó ser con la almohada encima de la mesita, y encorvada para llegar a echarme en ella. Así me pude quedar el resto del viaje, escuchando música y chequeando de vez en cuando el plan de vuelo, para descubrir que siempre estabamos en el centro de Australia, y que aun nos quedaban 6 horas de viaje. Siempre eran los mismo datos. Era desesperante.


No mucho más que añadir al viaje. Ni agua ni comida probé desde Singapur, y ya solo vomité 2 veces más. Parecía que se me iba pasando.


Por fin, después de 28 horas de viaje horrible, llegamos a Sydney. Resultó que mis compañeros de viaje vivían allí, y les estuve preguntando cosas como por ejemplo, cuánto tardaba desde mi residencia a la universidad, dónde podía coger un taxi, si me iban a dejar pasar la aduana con mis medicinas... Y si hacía mucho frío en la calle. El abrigo estaba en la maleta, así que les pregunté si era una buena idea que me llevara la manta. Su respuesta fue "guárdatela en el equipaje de mano, que por el precio del billete, bien vale quedarse con la manta". Y eso hice. Ahora duermo todas las noches con ella.


Dispuesta a coger mis maletas y pasar la aduana, salí del avión como si hubiera pasado en él una vida entera.

martes, 5 de agosto de 2008

Llegada a Australia 2: Vuelo y "estancia" en Londres

"¿Qué coño hago yo aquí?" "Si aun está la puerta abierta, ¿por qué no corro y huyo?" "¡Yo solo quiero quedarme en mi casa!" "Al menos tengo ventanilla..." "Un año es demasiado tiempo" "Odio Australia" "No creo que aguante"... Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza mientras miraba embelesada por la ventana un aeropuerto solitario y una que no volvería a pisar en mucho tiempo. Se me empañaban las gafas y se me revolvía el estómago.

A mi lado se sentaron una pareja de color. Ella estaba en el asiento contiguo, y en mi opinión, la ducha le era algo completamente desconocido. ¡Cómo se puede oler a sudor de esa manera! Era increíble... Intentaba concentrarme en la ventanilla, pero no había nada que ver. Abrí la revista, dispuesta a leer e intentar pasar el rato lo más distraída posible. ¡Pero no había salido de España y todo me recordaba a ella!

8:45 de la mañana. Cuando despegó el avión, ya no hubo escapatoria posible. Ya no tenía credibilidad aquella voz que me decía "aun estás a tiempo de darte la vuelta, de abandonarlo y volverte a casa". No. Ya estaba en el aire. Desde la ventanilla pude ver lo que quedaba atrás. Traté de reconocer los edificios que se alejaban: allí, la Autónoma, un poco más cerca, el centro comercial Plaza Norte 2, a lo lejos, las inconfundibles cuatro torres de la Ciudad Deportiva del Madrid... A mi vuelta, estarán completamente terminadas.

Traté de leer, pero me bailaban las letras. Me estaba mareando. Entre los nervios, la tristeza, el avión con turbulencias, el olor a sobaco... Tuve que salir al baño, pero no era fácil, la mujer estaba completamente dormida y obstruía la vía de escape. Cuando la desperté y conseguí llegar al baño, tuve que deshacerme del desayuno que había tomado en el aeropuerto, no podía venirse conmigo a Australia.

A mi vuelta al asiento (en la que de nuevo, tuve que despertar a mi olorosa compañera), me centré en mirar por la ventana. Pero una vez salimos de la península, subiendo por el Cantábrico hacía arriba, aparecieron unas nubes, que nos acompañaron por el resto del viaje. ¡Y me refiero, hasta Sydney! Parecía que el único lugar del mundo despejado era España.

No cabe destacar más de aquel vuelo. Pero al llegar al aeropuerto del Londres, una nueva "aventura" aguardaba. Víctor tenía razón, aquello era enorme. Para cambiar de avión, tenía que ir desde la terminal 2, a la que había llegado, hasta la terminal 4. Pasillos interminables que tenía que recorrer sola, con un equipaje de mano que según me iba encontrando peor, me iba pesando cada vez más. Al fin llegué a una parada del autobús que debía coger para cambiar de terminal. El tiempo no acompañaba a mi humor, todo nublado, frío y lloviendo. "¿Cuánto costará una llamada a un móvil desde aquí?" Me daba igual. Llamé a mi madre, llorando desesperada en busca de algo de consuelo, de escuchar una voz amiga. ¡Y sólo hacía poco más de 3 horas que me había separado de ellos! Qué va a ser de mí un año entero...El consejo de mi familia fue que me comprara un aquarius y aprovechara a dormir en el vuelo, que así empezaría a encontrarme mejor. No se lo dije en ese momento, pero para encontrarme mejor, necesitaba tumbarme en el hombro o en las piernas de alguien querido, y que me consolara. Y esto es algo que tengo que empezar a aceptar, no lo voy a tener hasta dentro de un año.

¡Qué antipáticos son los ingleses! Sólo quería comprar una botellita de agua y otra de aquarius. Vale, aceptan euros. Voy a pagar con monedas y me dicen "No, sólo aceptamos billetes". Pues nada... Pago con 20 $ americanos, que mi padre tuvo la certeza de darme para pagar en los aeropuertos. Y las vueltas... Cómo no, en libras. ¡Pues nada, llevo en la cartera 4 tipos de monedas distintas (la cuarta era el dolar australiano, que aun no ha entrado en escena)!

No me podía creer que un aeropuerto pudiera ser tan grande. Todo lleno de tiendas, para comprar todo lo que se te ocurra. Pero a mí sólo me interesaba el baño. Parecía que aun quedaban restos del desayuno de Barajas que querían quedarse en Europa a toda costa.

Otra vez en la puerta para entrar en otro avión. La gente era muy rara. Incluso andaba por allí un escocés con su falda, no pasaba para nada desapercibido. Y yo allí seguía, llorando. Ahora no me miraban con pena, como en Madrid, si no, como con asco y curiosidad. No podía más, llamé de nuevo a mi familia. Hasta que no vi que la cola se había terminado y no quedaba más que yo para entrar en el avión, no me resigné a colgar. No podría volver a hablar con ellos hasta el día siguiente, como poco. Con el viaje tan malo que había pasado hasta Londres, ¡y solo había sido una hora y cincuenta minutos! ¡Qué iba a ser de mí, si estaba saliendo a las 13:15 y llegaría a las 10:50, hora española!

Me levanté de mi asiento, dispuesta a dar otro paso hacía el que se suponía que era el viaje de mi vida, directa a entrar en el avión. Pero más bien podría haber sido el viaje de mi muerte.

lunes, 4 de agosto de 2008

Llegada a Australia 1: El aeropuerto de Barajas

El temido día llegó. Era 18 de Julio de 2008, 4:30 de la mañana. Me levantaba mi madre, tras de una noche bien corta, y después de un día de estrés por la maleta... ¡Debía comprimir un año entero de vida en 20Kg! Muy a mi pesar tuve que dejar cosas que quería traerme, véase, el canguro que me regalaron mi gente de la universidad, que lo echo mucho de menos... Ahora debe estar leyendo esto desde la cabecera de mi cama en Madrid...

Pero todo estaba hecho. Despídete de la gata, de la pájara, del ratón, de tu casa, de tus cosas... De tu vida tal y como la conoces. Me encontré en un momento de crisis en el que me negaba a abandonarlo todo, y como en un ataque de cleptomanía, intenté meterme en los bolsillos muchas de las cosas que no había guardado en la bolsa de mano. A las 5 de la mañana salimos toda mi familia y yo hacia la T4 del aeropuerto de Barajas. Pero antes, pasa por el baño a vomitar; los nervios no perdonan.

Hubiera querido que el viaje en coche no terminara nunca, que no llegáramos a Barajas, que no bajáramos con la maleta. Se cierra el coche, se cierra otra puerta de lo que era.

Llegamos al mostrador de Iberia. La maleta pesa 22 Kilos, y el equipaje de mano es demasiado grande. ¡Era imposible estar tranquila en un momento así, no quería dejar más cosas atrás! Y se nos ocurre preguntar en ese momento, "¿cuántos kilos se permiten en un vuelo hasta Sydney?". "Pues lo normal en los vuelos intercontinentales: dos maletas de 23 Kilos. Esto es así desde Junio". ¿Y por qué nadie me había avisado? No pude más que ponerme a llorar desconsoladamente. Tanto estrés, tantas pertenencias abandonadas a regañadientes, tanto pesar la maleta para que no superara los 20, y encima de todo, que solo llevaba ropa de invierno, pues la de verano no me cabía... Todo pasó por mi cabeza a la vez, y tuve ganas de gritar. Pero no lo hice. En vez de eso, vacié el equipaje de mano en otra bolsa más pequeña que llevaba mi madre, siempre muy previsora, y facturamos las pocas pertenencias que me quedaban en los bolsillos.

En estas estábamos cuando llegó Bea, preocupada por si aun podía despedirme. Nos encontró haciendo el trasbase de bolsas tirados en el suelo, a lado de unos bancos. Se integró como si fuera parte de la familia, así que decidimos irnos todos a desayunar a una cafetería. Decidí no comer mucho, que me conozco, podía vomitar en cualquier momento. Un zumito de naranja y un croisant. No me pude terminar ninguno de los dos.

Llegaba la hora tanto tiempo temida. A las 8 de la mañana debes pasar el control policial y separarte de tu gente durante un año entero. Y allí estábamos, al final de la cola. Me hacía la remolona, que si ahora hablo contigo, que si ahora hago un chiste, que si miro con cara de preocupación a los señores policías... Ninguna intención de pasar. Pero ya no había vuelta atrás. Tuve que despedirme. Fue demasiado duro. No quería dejar de abrazar a ninguno de los cuatro. No paraba de llorar. No me lo podía creer, tanto tiempo intentando no pensar en ese momento que estaba sucediendo. ¿Habéis visto la película de Dumbo? Me sentía igual que el pequeño elefantito cuando va a visitar a su madre encerrada en una jaula, y después de cantar la canción más triste del mundo, el ratoncillo tiene que llevárselo de allí, tirando de él, mientras mira hacia atrás, llorando, viendo como su madre se despide con la trompa. Bien podría ilustrar aquel instante mientras me alejaba. Pasé el control policial, y no podía dejar de mirar atrás. Tenía ganas de correr hacia atrás, volver, abrazarme a ellos y no soltarles jamás. El policia me decía "no llores mujer", y yo no tenía palabras para contestarle, solo lágrimas.

Y por fin, estaba sola. La gente me iba preguntado camino de la puerta si me encontraba bien. Unos es español, y otros ya en inglés. Debía tener una estampa bastante lamentable. Mis pies se movían por inercia, no porque yo se lo ordenara, porque mi mente estaba puesta fuera del aeropuerto. No quería seguir adelante, pero lo hacía, no tenía otra opción.

Por delante me quedaban 28 horas de viaje, así que decidí comprarme unas revistas (la Cuore, para ser más exactos) y unos pasatiempos para hacer en el avión.

Finalmente, allí estaba yo, en una cola para entrar al avión, con las gafas de sol puestas, para que no se viera que no paraba de llorar, pero creo que no funcionaba muy bien. Sin más, nos hicieron pasar. Y fue cuando empezó el viaje más horrible de toda mi vida.