Una advertencia antes de empezar: Las fotos que siguen, no es solo que el neopreno engorde, que lo hace, si no que realmente estoy gorda. Increíble pero cierto.
Cuando vienes a Australia, ¿qué se espera que hagas? Surf, está claro. Y si vives a 10 minutos de la playa, tienes una tabla especial para aprender, encontrada en la calle, y estás dispuesta a comprar un traje de neopreno, la cosa está muy clara. Pero no se puede ir directamente a la playa, meterte en el agua y esperar a ver que pasa.
Por eso, decidí apuntarme a un campamento de surf. Se trata de un fin de semana en un parque natural en Gerroa, a dos horas al sur de Sydney, en una playa llamada 7 Mile Beach, preciosa, en una bahía inmensa. En ese lugar, las olas entran con mucha fuerza, pero en la zona norte, donde se encontraba el campamento, solo llegan pequeñas reminiscencias de las que rompen en la zona sur, lo que es perfecto para aprender. Además, el nivel del agua va creciendo muy gradualmente según te adentras, lo que hace muy fácil llevar la tabla, y no te obliga a nadar mar adentro para coger una buena ola. Además, el lugar era maravilloso.
El viaje empezaba el viernes a las 6 de la tarde, cuando el autobús venía a recogernos. Cenamos en la que se supone mejor hamburguesería de Australia... Estoy empezando a cansarme de hamburguesas, la verdad. El campamento tenía unas buenas instalaciones, y me puse a compartir una habitación para cuatro con otros dos chicos de Holanda, que estaban empezando su viaje por el país. Muy majos, la verdad.Por la mañana nos despertaron con el desayuno en la mesa a las 7, con frutas, cereales, zumo, tostadas, café, té, mermeladas varias, mantequilla de cacahuete, judías blancas... Un desayuno completo, pues a las 8:30 empezaba nuestra primera clase de surf. Dos largas horas en las que nuestro mayor deseo era ponernos en pie en la tabla...
Muchos consejos y teoría, consiguieron lo imposible. Claro, que también hay que tener en cuenta que se tratan de tablas especiales para aprender. Son muy grandes, y blandas, como una especie de pequeño bote que te permite flotar sin ningún problema. Y también, las olas eran fáciles de coger, pues se trataban de olas de subida de marea, que vienen con velocidad, pero rompen gentilmente.La comida la tuvimos a las 11:30, y la siguiente clase de 2 horas, de 13:30 a 15:30. El problema es que por ese entonces, la marea comenzó a bajar, y las olas se convierten en las favoritas de los profesionales, pero un tormento para los aprendices. Altas, rompen rápido y forman el famoso tubo que todos hemos visto atravesar a algún intrépido muchacho. Para cogerlas bien, debes ponerte en pie rápidamente, pues si tardas un poco, te colocas en la cresta de la ola, lo que de seguro, hará que tu tabla vaya de cabeza a hundirse en el agua, y por supuesto, tú con ella. Y en mi segunda clase, mucha velocidad aun no había cogido, con lo que me pasé más tiempo sumergida que en la superficie. Pero el trabajo duro se nota.
Subimos un rato al pub a ver las vistas de la primera foto, y tomamos algo. Cenamos a las 19:30, y algunos aprovecharon para subirse de nuevo al pub. Otros, no queriendo subir otra vez la colina, nos quedamos en el campamento y jugamos al poker. Y a las 23:00, estábamos durmiendo, deseando empezar el día de nuevo.
A la mañana siguiente, con la marea subiendo de nuevo, nos pudimos lucir con algunas largas olas, cogidas desde el principio, y mantenidas con gracias hasta la mismísima orilla. Sentías el mundo a tus pies.
Pero lo mejor estaba por llegar, pues en la última clase, simplemente nos dejaron recrearnos con las olas todo lo que quisiéramos. E incluso con la olas de bajada de marea, se me dió bastante bien (incluso me dieron una tabla más pequeña para que fuera avanzando en el aprendizaje). Pero estábamos agotados, tras un largo fin de semana, y la mayoría de la gente se salió a dscansar a la playa. Yo, en mi faceta más testaruda, me empeñe en quedarme hasta el final, y ya sabéis, todo tiene su recompensa... Estando solo algunos de los monitores y tres de nosotros (de un grupo de 16), vimos de pronto, entre las tablas, a un metro escaso de donde me encontraba, varias aletas. Y no, no eran tiburones, se trataban de un grupo de unos 10 delfines jugando con las olas y nadando a nuestro lado. Verlos saltar mientras flotaba en mi tabla a podido ser el momento más maravilloso de toda mi vida. El sueño de mi infancia hecho realidad. No pude reprimir las lágrimas, ¡la felicidad me embargaba! Todo el dinero pagado se compensa por estos instantes completamente inolvidables.
La vuelta a Sydney fue tranquila, y a las 19:00 estábamos donde habíamos salido el viernes. Nos invitaron a cerveza y pizza, y luego, uno de los monitores, que vive en Bondi Beach (playa en la que yo también vivo), me llevó en coche hasta mi casa, yo en mi línea de parasitar coches ajenos. Esta noche he dormido de maravilla, pero ahora tengo agujetas. Mañana me compraré el neopreno y el miércoles seguiré esperando a la ola perfecta. Pero eso, otro día.Un magnífico fin de semana de mi maravillosa vida.
3 comentarios:
Qué morruda eres Silvadnita! Vaya fotos!
Que envidieja nos das, perrilla.
Besotes
I can't believe it!!
¿De verdad se acercan los delfines tanto a la orilla?
Fantástico.
Que pasada lo de los delfine Sil. Ha sido pura envidia ponerme al día en el blog. Me ha costado un poco pero estoy oficialmente al día.
Me alegro de que estés tan bien y que tus ultimas entradas sean tan alegres y felices.
Animo!!
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