viernes, 5 de diciembre de 2008

Surfing Sil II: Vuelta a las andadas

Lo sé, y lo siento. Más de un mes desde la última entrada. Las cosas se me complicaron, entre exámenes finales y entregas de prácticas. Después, mudarse de casa y buscar lugar donde quedarse este mes hasta que me vaya de vacaciones a Perth... Y que luego, en vacaciones, siempre te da más pereza sentarte frente a un ordenador, teniendo toda una playa repleta de sol y olas a 5 minutos de casa.

También lo sé. Aun no terminé con Fiji. Pero supongo que esto tampoco os importará saberlo.

Todo empezó el Martes. Como un día cualquiera, decidimos irnos por la mañana con nuestras tablas a hacer surf a Bondi Beach. Yo llevaba mi tabla blanda de color rosa, encontrada a principio de cuatrimestre en la calle por un amigo chileno, y que compartíamos todas las chicas, pues es bastante buena para aprender, y los chicos tienen cada uno la suya propia. En el agua nos encontrábamos Diogo, Roland y yo, esperando una ola. Yo llevaba ya unas cuantas aquella mañana (pongamos 3), y me decidí con esta que se aproximaba. Según me subí en ella, escuché un característico ruido de "error ocurrido". Cuando me quise dar cuenta, me encontraba intentando subirme a un trozo de corcho blanco, con 4 barras de madera podrida, partido por la mitad. Se acabó el surf para mí. Sigo sin tener muy claro cómo sucedió aquello. Al menos, mirando el lado positivo de las cosas, ya no desentonará tanto mi neopreno azul con la tabla rosa chicle.

Pasé 2 días pensado en cómo iba a continuar con mi entrenamiento en este deporte que ha empezado a encantarme. Llegué a la sencilla conclusión de que por necesidad, me hacía falta una tabla. Así que ayer, cuando nos despertamos, desayunamos, preparamos y decidimos nuestros planes del día (lo que lleva un buen rato), a la 1 de la tarde, Roland y yo nos dirigimos a todas las tiendas de tablas de Bondi. En las de segunda mano, las tablas estaban un poco maltratadas, y no eran especialmente baratas. Y si te disponías a comprar una nueva, el precio desorbitado de las mismas te dañaba el bolsillo. Con estos ánimos de imposibilidad para comprar algo que me gustara, llegamos a la tienda donde me compré mi traje de neopreno hace un mes, Dripping Wet. Allí, las tablas nuevas están en rebajas, y buscando entre ellas, encuentro el amor a primera vista. Una tabla perfecta. 7'6 pies, ancha, con punta redondeada, gruesa, de fibra de vidrio. Pero aun eso, sigue siendo algo cara. Me incluyen en el trato el enganche para la pierna, las aletas para girarla en el agua, el apoyo para los pies del final, para hacer giros, cera y una bolsa para meterla. El trato es perfecto, pero no me decido.

En estas, nos vamos al campo de golf que hay al norte de la playa, a sentarnos en unos acantilados a disfrutar del día. Con unas patatas, chocolate y zumo, Roland y yo nos ponemos a hablar sobre los temas más filosóficos y los más intrascendentales que se nos puedan ocurrir en ese momento. El tiempo pasa sin que nos demos cuenta. Observando el mar, a nuestros mismos pies, disfrutamos de la compañía de una manada de delfines al completo, incluidas las pequeñas crías, que están pescando y jugando con las olas. La tarde es perfecta. Y allí, dejando que la suave brisa hiciera que pasaran todas nuestras preocupaciones y se ahogaran en las azules aguas del Pacífico en un día soleado, se hicieron las 17:30 de la tarde. Y mi mejor idea para ese mismo momento, fue pasarme otra vez por la tienda de Surf, pero esta vez, salir con una tabla bajo el brazo. Y con esta sí, a las 18:30 estabamos haciendo surf en las turbias y revueltas aguas de la playa al atardecer. Y ahora sí que me siento surfera, con mi propio equipamiento al completo. El único problema que le veo ahora, es cómo la voy a enviarlo de vuelta a España. Pero para eso, aun queda mucho tiempo. Por ahora, me voy a concentrar en disfrutar.

lunes, 20 de octubre de 2008

Surfing Sil

Iba a escribir sobre Fiji, pero hay cosas que merecen ser contadas.

Una advertencia antes de empezar: Las fotos que siguen, no es solo que el neopreno engorde, que lo hace, si no que realmente estoy gorda. Increíble pero cierto.

Cuando vienes a Australia, ¿qué se espera que hagas? Surf, está claro. Y si vives a 10 minutos de la playa, tienes una tabla especial para aprender, encontrada en la calle, y estás dispuesta a comprar un traje de neopreno, la cosa está muy clara. Pero no se puede ir directamente a la playa, meterte en el agua y esperar a ver que pasa.

Por eso, decidí apuntarme a un campamento de surf. Se trata de un fin de semana en un parque natural en Gerroa, a dos horas al sur de Sydney, en una playa llamada 7 Mile Beach, preciosa, en una bahía inmensa. En ese lugar, las olas entran con mucha fuerza, pero en la zona norte, donde se encontraba el campamento, solo llegan pequeñas reminiscencias de las que rompen en la zona sur, lo que es perfecto para aprender. Además, el nivel del agua va creciendo muy gradualmente según te adentras, lo que hace muy fácil llevar la tabla, y no te obliga a nadar mar adentro para coger una buena ola. Además, el lugar era maravilloso.

El viaje empezaba el viernes a las 6 de la tarde, cuando el autobús venía a recogernos. Cenamos en la que se supone mejor hamburguesería de Australia... Estoy empezando a cansarme de hamburguesas, la verdad. El campamento tenía unas buenas instalaciones, y me puse a compartir una habitación para cuatro con otros dos chicos de Holanda, que estaban empezando su viaje por el país. Muy majos, la verdad.

Por la mañana nos despertaron con el desayuno en la mesa a las 7, con frutas, cereales, zumo, tostadas, café, té, mermeladas varias, mantequilla de cacahuete, judías blancas... Un desayuno completo, pues a las 8:30 empezaba nuestra primera clase de surf. Dos largas horas en las que nuestro mayor deseo era ponernos en pie en la tabla...

Muchos consejos y teoría, consiguieron lo imposible. Claro, que también hay que tener en cuenta que se tratan de tablas especiales para aprender. Son muy grandes, y blandas, como una especie de pequeño bote que te permite flotar sin ningún problema. Y también, las olas eran fáciles de coger, pues se trataban de olas de subida de marea, que vienen con velocidad, pero rompen gentilmente.

La comida la tuvimos a las 11:30, y la siguiente clase de 2 horas, de 13:30 a 15:30. El problema es que por ese entonces, la marea comenzó a bajar, y las olas se convierten en las favoritas de los profesionales, pero un tormento para los aprendices. Altas, rompen rápido y forman el famoso tubo que todos hemos visto atravesar a algún intrépido muchacho. Para cogerlas bien, debes ponerte en pie rápidamente, pues si tardas un poco, te colocas en la cresta de la ola, lo que de seguro, hará que tu tabla vaya de cabeza a hundirse en el agua, y por supuesto, tú con ella. Y en mi segunda clase, mucha velocidad aun no había cogido, con lo que me pasé más tiempo sumergida que en la superficie. Pero el trabajo duro se nota.

Subimos un rato al pub a ver las vistas de la primera foto, y tomamos algo. Cenamos a las 19:30, y algunos aprovecharon para subirse de nuevo al pub. Otros, no queriendo subir otra vez la colina, nos quedamos en el campamento y jugamos al poker. Y a las 23:00, estábamos durmiendo, deseando empezar el día de nuevo.

A la mañana siguiente, con la marea subiendo de nuevo, nos pudimos lucir con algunas largas olas, cogidas desde el principio, y mantenidas con gracias hasta la mismísima orilla. Sentías el mundo a tus pies.

Pero lo mejor estaba por llegar, pues en la última clase, simplemente nos dejaron recrearnos con las olas todo lo que quisiéramos. E incluso con la olas de bajada de marea, se me dió bastante bien (incluso me dieron una tabla más pequeña para que fuera avanzando en el aprendizaje). Pero estábamos agotados, tras un largo fin de semana, y la mayoría de la gente se salió a dscansar a la playa. Yo, en mi faceta más testaruda, me empeñe en quedarme hasta el final, y ya sabéis, todo tiene su recompensa... Estando solo algunos de los monitores y tres de nosotros (de un grupo de 16), vimos de pronto, entre las tablas, a un metro escaso de donde me encontraba, varias aletas. Y no, no eran tiburones, se trataban de un grupo de unos 10 delfines jugando con las olas y nadando a nuestro lado. Verlos saltar mientras flotaba en mi tabla a podido ser el momento más maravilloso de toda mi vida. El sueño de mi infancia hecho realidad. No pude reprimir las lágrimas, ¡la felicidad me embargaba! Todo el dinero pagado se compensa por estos instantes completamente inolvidables.

La vuelta a Sydney fue tranquila, y a las 19:00 estábamos donde habíamos salido el viernes. Nos invitaron a cerveza y pizza, y luego, uno de los monitores, que vive en Bondi Beach (playa en la que yo también vivo), me llevó en coche hasta mi casa, yo en mi línea de parasitar coches ajenos. Esta noche he dormido de maravilla, pero ahora tengo agujetas. Mañana me compraré el neopreno y el miércoles seguiré esperando a la ola perfecta. Pero eso, otro día.

Un magnífico fin de semana de mi maravillosa vida.

domingo, 19 de octubre de 2008

¿Sabías que... IX

Para decir gracias en Fiji, debes decir Vinaka?

Y para muchas gracias, Vinaka Vakalevu. Y se dice tal cual se lee. Pequeñas palabras para defenderse en el paraíso.

viernes, 17 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 4

El último día de tour nos dejaron disfrutar de nuestro magnífico resort, que nos ofrecía múltiples actividades. La actividad que en su mayoría eligieron mis compañeros fue dormir hasta tarde. Yo no quería permitirme ese lujo, prefería disfrutar de Fiji, así que me fui a bucear. Era la primera vez que me ponía una máscara con tubo en aquellas aguas, y no sabía que me podía aportar la experiencia.

Entre nubes y claros, me monté en una lancha motora y nos adentramos en el mar, a una hora aproximadamente de la orilla. Allí, mi compañero, un hombre de unos 70 años, se metió a hacer submarinismo con el instructor, a una fosa de unos 30 metros de profundidad. Era el mismo lugar donde yo debía hacer buceo. No entendía muy bien que iba a ver con mis gafas si las cosas estaban tan profundas. Pero ahí me zambullí, yo sola, en medio del Pacífico. En el bote se quedó un hombre esperando a que volviéramos. Me dijo que siguiera la cuerda en la que estaba amarrado el barco. Así lo hice, y descubrí un arrecife de coral que subía desde la fosa y quedaba a dos metros de la superficie. Me quedé sin respiración al ver aquello. Corales al alcance de tu mano, cientos de peces de miles de colores, un agua completamente azul... Igual que en los documentales sobre profundidades marinas, pero en vivo. La barrera no tenía mucha longitud, y al acabarse, te encontrabas con una fosa marina de la cual no veías el fondo. Solo te rodeaba un color azul intenso como nunca hubieras imaginado.


El día estaba un poco revuelto, y las olas eran abundantes y de una altitud considerable, con lo que la estancia dentro del océano se volvía algo complicada. Además, después de llevar casi media hora en remojo, el frío empezó a entrar por todo mi cuerpo. Decidí hacer una parada y regresar un momento al bote para entrar en calor. Pero si las olas eran desagradables mientras flotabas, dentro de la lancha se hacían insoportables. Mucho vaivén para mi gusto. Tuve que elegir entre marearme o pasar frío. Elegí lo segundo. Regresé al mar a seguir contemplando maravillas de la naturaleza. Cada 20 minutos, aproximadamente, regresaba al bote para tomar el sol durante un momento, para luego, volver a adentrarme en las azules aguas. Más de una hora duró este baile, hasta que a los submarinistas se les acabó el primer tanque de oxigeno y tuvieron que regresar. Mientras tomaban un pequeño tentempié (que rechacé amablemente, pues no tenía el estómago muy asentado), vinieron a buscarme en otra lancha Ross y el resto de instructores, que se habían ido a hacer submarinismo a oscuras en un ferry hundido. Traían algunos tesoros que había encontrado en él, como un diccionario inglés (completamente inservible, por ser casi una pasta de papel) y múltiples herramientas oxidadas. Me mostraron sus "heridas de guerra" mientras regresábamos al resort. Cuando noté que la lancha había dejado de balancearse, me incorporé (pues fui todo el viaje tumbada en el suelo) y pisé tierra firme con gran alivio.

A las 12 nos fuimos de aquel maravilloso lugar, para ir a comer a un restaurante indio. No fue la mejor parte del tour, he de confesar. Al menos, yo elegí el plato correcto, pollo en salsa de matequilla. Los que eligieron arroz al curry con pollo aun se están lamentando, pues la única carne que encontraron en su comida fue la poca que podían roer de los diminutos huesos se mezclaban con el arroz. Nos dejaron hacer nuestra propia torta para acompañar la comida, que he de admitir que me quedó bastante buena.

Tras esta breve parada, nos dirigimos a nuestra última actividad como grupo: Las piscinas de barro. Qué decir que no hayais podido ver en las fotos... Al adentrarte en aquel charco (porque no tiene otro nombre), apreciabas que estaba bastante caliente. Cuando intentabas posar el pie en el suelo era cuando empezaba lo divertido. Aquello era un cúmulo de cieno, hojas muertas, palos, piedras y demás objetos no identificados. Preferías no pensar qué estabas tocando. Empezamos a embadurnarnos con un barro negro que advertí desde el principio, que no iba a haber forma de quitarlo de bikini y toalla (y aun a día de hoy, siguen ahí las marcas). Aquellos que no querían llenarse el pelo, lo tenían difícil, pues el resto estaba gracioso, y persona a la que veían medianamente límpia, persona a la que no le dejaban un ápice de piel sin lodo. Incluso unas japonesas que se atrevieron a entrar con nosotros salieron escarmentadas. Nos hicimos algunas fotos de grupo y después, nos fuimos directos a la piscina de agua caliente a aclararnos. Me costó horrores entrar en ella, pues el agua estaba estremadamente caliente. Pero una vez acostumbrada, disfrutabas de la experiencia. Lo peor fue la salida, pues la tensión me había bajado y tenía un poco de mareo. Bromeaba con la gente diciendo que iba medio borracha. La piel se me quedó muy seca y tirante, efecto del barro, que además, me la limpió en profundida.

La despedida del grupo fue muy trite. Me dio mucha pena sobre todo por Willy, el conductor, al que tras tantos kilómetros le había cogido bastante cariño. Nos llevaron hasta nuestros respectivos albergues en la ciudad de salida, Nadi. En el mío, tuve la suerte de poder compartir una habitación para tres con Rena y Ross. El lugar se llamaba Nadi Bay Resort Hotel, lugar barato y bastante lujoso para ser un albergue. Con dos piscinas, tres bares, sala de juegos, proyección de películas, música en directo, internet y hamacas colgadas entre palmeras y árboles de mangos, disfrutamos de una relajada noche.

El lugar estaba repleto de ranas, guecos y gatos gordos. Durante la cena (un pescado a la tailandesa, picante hasta más no poder), uno de los últimos, con todo el morro del mundo se me tumbó en las rodillas. Eran muy confiados. Compré una targeta de internet (5€ una hora, una locura) para poder avisar a mi gente de que, por falta de saldo en el móvil, me iba a quedar incomunicada el resto del viaje, pero que no había nada de lo que preocuparse. Por entonces, aun me quedaba una semana para disfrutar.

Cuando llegué a la habitación, como a las 10:30, Rena y Ross habían caido rendidos y estaban durmiendo plácidamente. Les imité, pues a la mañana siguiente, el bus que me llevaba al ferry de mi siguiente tour venía a recogerme a las 7:30, y no podía perderlo.

Así termina la primera parte de mi viaje. Esta era la parte cultural. Lo que sigue es más bien relax y ver pasar el tiempo. Espero que no me lleve muchas más entradas.

Y por último, comentar que mañana se hacen 3 meses desde que abandoné mi casa. El tiempo pasa muy rápido aquí, y cada vez más caluroso, agradable, relajado y feliz. Gracias por seguir ahí, que aunque esteis a miles de kilómetros (los que me leeis desde fuera de Australia), estáis todos los días a mi lado.

martes, 14 de octubre de 2008

Parada en el camino: Canguros y Navidades en verano

El viaje a Fiji fue largo y productivo, pero la vida sigue aquí en Australia, y hoy me apetece contar algo distinto, para variar, que Fiji empieza a hacerse difícil de seguir.

Primer tema a tratar: el canguro como cena. El domingo, en un ataque de locura, decidí comprar carne de canguro para probarla. Y ayer, lo hice. Se trata de una carne roja, extremadamente roja, con un precio alrededor de 9€/Kilo. Tiene una textura que parece bastante dura, y la venden en filetes bastante gruesos. Algunos españoles que también están aquí estudiando me habían comentado que estaba muy rica, pero que hay que cocinarla a fuego muy lento, para que no se ponga dura. Así que echando un poco de aceite de oliva en una sartén, y con el fuego al mínimo, eché las 4 piezas. Una hora y cuarto más tarde, estaba lista para la degustación. Pensé que finalmente, se me había quedado dura, pero para mi sorpresa, el interior era de lo más jugoso y esponjoso. Fácil de cortar y masticar, parecía más un pastel que un filete. Su sabor, está entre el hígado (por eso de ser muy roja) y la ternera. Nada seca, se trata de una carne muy sana, llena de proteínas y sin nada de grasa. Si piensas en el pobre canguro saltando, te da muchísima pena, e incluso te entran algunas náuseas (como me sucedió mientras lo cocinaba), pero el sabor es sorprendentemente bueno. Creo que no será la última vez que lo tome.

Segundo tema a tratar: Las Navidades. En Sydney está empezando el buen tiempo. Poco a poco, te encuentras andando por la calle sin abrigo y con chanclas, aunque aún ciertos días de frío se cuelan sin avisar. El buen tiempo llena las calles de alegría y de gente, y hace que ir a las playas en fin de semana sea tarea imposible. Es la típica sensación que puedes tener en España al llegar Mayo y Junio. Ahora, imaginad que con este ambiente, los escaparates empiecen a llenarse de colores rojos y verdes, de renos, abetos navideños... Te crea un sofoco inaguantable. Estos colores tan calidos deberían ser exclusivos del invierno. Y el sentimiento de desorientación te embarga. ¿También será típico tomar chocolate caliente tumbado en la playa? ¿Qué clase de cena de Navidad estás dispuesto a comer, un enorme cordero asado? ¿No sería mejor un gazpacho bien fresco? Ahora mismo, estoy bastante perdida.

Razonamientos a parte, la vida aquí sigue igual, relajada y feliz. El fin de semana que viene iré a realizar un curso de surf durante dos días, y ya estoy planeando mi viaje por la costa este del país que me llevará aproximadamente cuatro semanas, básicamente todo Diciembre.

En la próxima entrada, terminaré mi relato sobre el tour alrededor de Viti Levu, y ya tengo preparado el siguiente álbum de fotos con más paraíso terrenal. Espero que lo disfrutéis.

lunes, 13 de octubre de 2008

¿Sabías que... VIII

En Fiji, para decir hola, buenos días, buenas tardes, buenas noches y salud (tanto en el caso de responder a un estornudo como para brindar), solo hace falta una palabra?

Con que digas Bula vale, pues tiene todo estos significados.

viernes, 10 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 3

La mañana volvió a amanecer nublada. Desayuné en la terraza del comedor, a la vista del lago, con Rena, Ross y Willy. Nos entretuvimos un buen rato dando de comer a los peces. Les echábamos pan de molde, y esperábamos a que el más grandes de todos subiera a la superficie a comer. Cuando veías a todos los pequeños huyendo despavoridos, podías apreciar una sombra de más de un metro de largo acercándose con lentitud, para poco después, volver a desaparecer en las profundidades.

Nuestro tour nos llevó a comprar algo para comer, y algo para los niños que íbamos a visitar ese día. Pues era el día "cultural". Nos llevarían a una escuela primaria, a que apreciáramos cómo son educados el futuro de Fiji, y nos dieron la oportunidad de llevarles regalos. Por menos de 2€, les llevé cuadernillos de trabajo, lápices y ceras de colores, sacapuntas y gomas de borrar. Otros compraron algunos juguetes y caramelos. Juntamos una cantidad considerable.

Pero esa no era nuestra primera parada. Nos vestimos con nuestro sarong, una camiseta de manga corta y nos quitamos gorras y gafas de sol. Nos adentramos en un bosque cerrado, por un camino de tierra (nuestro autobús todoterreno no tenía miedo a nada) y en medio de una montaña, alejado de toda civilización, encontramos el poblado que íbamos a visitar. El jefe de la aldea nos acogió en su casa. Y allí, pudimos vivir una verdadera ceremonia Kava. Dejadme explicar primero qué es el Kava, para después, contar en qué consiste la ceremonia.

Kava, la bebida típica de Fiji. Se trata de una raíz hecha polvo, la cual, con una bolsa de trapo, como si de té se tratara, se mezcla con agua fría. A la vista, parece agua sucia, y curiosamente, su sabor es como de agua sucia. Sin embargo, es muy popular en las islas, y todo el mundo la bebe. ¿Por qué? Básicamente, pos sus efectos. La primera vez que la bebes, puedes notar que la lengua se te duerme. Si sigues bebiendo, los efectos se multiplican, y puedes, desde dejar de sentir la mitad de tu cara, a no poder andar, y hasta caer dormido mientras estás hablando. Situaciones de borrachera muy cómicas, pero si una pizca de alcohol.

La ceremonia comenzaba con nuestro jefe del poblado (Ben) y nuestro "orador" oficial (Ross), presentando nuestro regalo al jefe de la aldea, una raíz de Kava. En Fiji, lo que el dinero no puede, el Kava lo consigue. Los hombres entraron primero y se sentaron en círculo alrededor del bol para la mezcla. Las mujeres tuvimos que entrar después, y sentarnos detrás. Ellos, deben sentarse con las piernas cruzadas, mientras que nosotras debemos colocarlas a un lado. Y en esta postura, esperar sin movernos hasta que termine. Entonces, el jefe empieza a hablar, pero no os puedo asegurar lo que cuenta, pues habla en la lengua de Fiji. Después, empieza la mezcla del Kava. Entonan algún tipo de oración para que el Espíritu bendiga la bebida, y después, dan palmas tres veces. Y entonces, empiezan a repartir en pequeños cuencos hechos con cáscara de coco el brebaje recién mezclado. Empezando por nuestro jefe, este tiene que dar una palmada, decir salud (ya explicaré algunas palabras en la lengua de Fiji), beber todo lo ofrecido de un trago, devolver el bol, y dar tres palmadas mientras se da las gracias. Y este rito debe ser repetido por todo el mundo. Cuando todos han tenido su ración, se comunica que hemos sido aceptados en la aldea. Las mujeres, son separadas del grupo, y se nos enseña cómo hacer brazaletes de madera de palmera, mientras los hombres siguen bebiendo y hablando con los hombres del poblado. Sinceramente, prefiero los brazaletes.

También nos sacaron tarta recién hecha, y pudimos pasar un gran rato con aquella maravillosa gente. Para terminar la ceremonia, tuvimos que regresar a nuestros sitios, beber otro trago y dar las gracias. Y eso fue todo. Nuestro orador oficial había bebido aproximadamente 15 copas, así que le costaba un poco coordinar sus movimientos. En el autobús, disfrutó de una reparadora siesta.

Nuestra siguiente parada se suponía que iba a ser un río, en el que íbamos a poder hacer rafting, pero llovía bastante, el agua estaba muy turbia y podía llegar a haber peligro de una posible riada, con lo que esta actividad nos la saltamos. No me importó demasiado, porque la verdad es que tenía un poco de frío y no me apetecía volver a pasar lo del día anterior. Con lo que nos dirigimos directamente a la escuela.

Al ver llegar el autobús, los niños se pusieron como locos. Estaban realmente emocionados de vernos, porque significaba que iban a recibir algún tipo de regalo. Los colegios que visita el tour van cambiando, con lo que se regresa al mismo aproximadamente cada 3 semanas. Así que estaban muy excitados. Entramos en cada una de las clases, y los profesores nos contaron cómo enseñan, y cómo son los niños. Algunos viven en poblados muy lejos, y han de levantarse a las 6 de la mañana para después, caminar durante 12 kilómetros. Y a veces, sin posibilidad de alcanzar su objetivo, pues el río se ha inundado y no pueden pasar. Las clases son en inglés, ya que es el idioma oficial de las islas, a pesar de que estos niños solo saben hablar el dialecto de su aldea, con lo que hace el aprendizaje algo complicado. Tras las explicaciones, todos nos cantaban alguna canción. Los más mayores también nos hacían preguntas. Tuvimos que decir en 4 clases distintas nuestros nombres, de dónde éramos, el tiempo en nuestros países y en qué trabajábamos. Yo era la única original de España. La mayoría de los demás eran de Inglaterra, lo que lo hacía un poco aburrido. Por esa razón, Ross adoptó una nacionalidad distinta en cada clase, desde americano hasta islandés, para hacerlo más interesante. Lo mejor de todo eran las caras de felicidad de los niños cuando veían que tenían regalos, y les repartían los caramelos. Lo peor, cuando les preguntábamos qué querían ser de mayores, y la mayoría de ellos contestaban que soldados. Entonces veías esa tierna carita sufriendo de dolor en alguna guerra, y a mí, se me partía el corazón. Apartaba la vista cada vez, pues no quería imaginar esa inocencia quebrada por matar a un semejante. Puede que esté exagerando, pero un niño que quiere ser soldado no debería ser algo normal.

Finalmente, nos dirigimos hacia nuestro próximo resort: Volivoli Beach. Lugar paradisíaco donde los haya. Con una playa para ti sola, cogimos un kayak para recorrer la bahía, pues de pronto, había salido el sol y la temperatura era perfecta. Caminé por la arena blanca, adentrándome por un banco que me llevaba hasta el medio del mar, de manera que parecía "Silvana caminando sobre las aguas". Aproveché para coger algunos mangos del árbol que había subiendo a nuestra habitación (de 8 personas, con 2 baños cada una), y finalmente, disfruté de un maravilloso anochecer desde una tumbona en la playa. Una de las visiones más hermosas que he tenido.

La noche se presentó divertida. Nuestro animador, Sasa, nos apuntó a todos para hacer otra carrera de cangrejos. El mío era el número 6, y lo volví a llamar Pepa. Después de conversar un rato con los locales alrededor de un bol de kava (cómo no), se celebró la competición. Los tres primeros en salir del círculo ganarían una bebida gratis. Pepa consiguió el bronce, y yo me hice con un daikiry de margarita. Después, seguimos con otros juegos para pasar la noche. Tras ellos, Sasa nos deleitó con 2 danzas típicas de Fiji. La primera, fue "Lady Marmalade", disfrazado con una minifalda rosa y una peluca rubia. Le segunda, sí que era típica de Fiji, pero normalmente bailada por mujeres, y con otra minifalda y con sombra azul en los ojos. Un poco subrealista, pero tremendamente divertido.

Finalizamos la noche con una hoguera en la playa completamente a oscuras. No aguanté mucho, y me fui a la cama a eso de las 11 y poco. Fue un día más relajado que el resto, pero igualmente agotador.