viernes, 17 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 4

El último día de tour nos dejaron disfrutar de nuestro magnífico resort, que nos ofrecía múltiples actividades. La actividad que en su mayoría eligieron mis compañeros fue dormir hasta tarde. Yo no quería permitirme ese lujo, prefería disfrutar de Fiji, así que me fui a bucear. Era la primera vez que me ponía una máscara con tubo en aquellas aguas, y no sabía que me podía aportar la experiencia.

Entre nubes y claros, me monté en una lancha motora y nos adentramos en el mar, a una hora aproximadamente de la orilla. Allí, mi compañero, un hombre de unos 70 años, se metió a hacer submarinismo con el instructor, a una fosa de unos 30 metros de profundidad. Era el mismo lugar donde yo debía hacer buceo. No entendía muy bien que iba a ver con mis gafas si las cosas estaban tan profundas. Pero ahí me zambullí, yo sola, en medio del Pacífico. En el bote se quedó un hombre esperando a que volviéramos. Me dijo que siguiera la cuerda en la que estaba amarrado el barco. Así lo hice, y descubrí un arrecife de coral que subía desde la fosa y quedaba a dos metros de la superficie. Me quedé sin respiración al ver aquello. Corales al alcance de tu mano, cientos de peces de miles de colores, un agua completamente azul... Igual que en los documentales sobre profundidades marinas, pero en vivo. La barrera no tenía mucha longitud, y al acabarse, te encontrabas con una fosa marina de la cual no veías el fondo. Solo te rodeaba un color azul intenso como nunca hubieras imaginado.


El día estaba un poco revuelto, y las olas eran abundantes y de una altitud considerable, con lo que la estancia dentro del océano se volvía algo complicada. Además, después de llevar casi media hora en remojo, el frío empezó a entrar por todo mi cuerpo. Decidí hacer una parada y regresar un momento al bote para entrar en calor. Pero si las olas eran desagradables mientras flotabas, dentro de la lancha se hacían insoportables. Mucho vaivén para mi gusto. Tuve que elegir entre marearme o pasar frío. Elegí lo segundo. Regresé al mar a seguir contemplando maravillas de la naturaleza. Cada 20 minutos, aproximadamente, regresaba al bote para tomar el sol durante un momento, para luego, volver a adentrarme en las azules aguas. Más de una hora duró este baile, hasta que a los submarinistas se les acabó el primer tanque de oxigeno y tuvieron que regresar. Mientras tomaban un pequeño tentempié (que rechacé amablemente, pues no tenía el estómago muy asentado), vinieron a buscarme en otra lancha Ross y el resto de instructores, que se habían ido a hacer submarinismo a oscuras en un ferry hundido. Traían algunos tesoros que había encontrado en él, como un diccionario inglés (completamente inservible, por ser casi una pasta de papel) y múltiples herramientas oxidadas. Me mostraron sus "heridas de guerra" mientras regresábamos al resort. Cuando noté que la lancha había dejado de balancearse, me incorporé (pues fui todo el viaje tumbada en el suelo) y pisé tierra firme con gran alivio.

A las 12 nos fuimos de aquel maravilloso lugar, para ir a comer a un restaurante indio. No fue la mejor parte del tour, he de confesar. Al menos, yo elegí el plato correcto, pollo en salsa de matequilla. Los que eligieron arroz al curry con pollo aun se están lamentando, pues la única carne que encontraron en su comida fue la poca que podían roer de los diminutos huesos se mezclaban con el arroz. Nos dejaron hacer nuestra propia torta para acompañar la comida, que he de admitir que me quedó bastante buena.

Tras esta breve parada, nos dirigimos a nuestra última actividad como grupo: Las piscinas de barro. Qué decir que no hayais podido ver en las fotos... Al adentrarte en aquel charco (porque no tiene otro nombre), apreciabas que estaba bastante caliente. Cuando intentabas posar el pie en el suelo era cuando empezaba lo divertido. Aquello era un cúmulo de cieno, hojas muertas, palos, piedras y demás objetos no identificados. Preferías no pensar qué estabas tocando. Empezamos a embadurnarnos con un barro negro que advertí desde el principio, que no iba a haber forma de quitarlo de bikini y toalla (y aun a día de hoy, siguen ahí las marcas). Aquellos que no querían llenarse el pelo, lo tenían difícil, pues el resto estaba gracioso, y persona a la que veían medianamente límpia, persona a la que no le dejaban un ápice de piel sin lodo. Incluso unas japonesas que se atrevieron a entrar con nosotros salieron escarmentadas. Nos hicimos algunas fotos de grupo y después, nos fuimos directos a la piscina de agua caliente a aclararnos. Me costó horrores entrar en ella, pues el agua estaba estremadamente caliente. Pero una vez acostumbrada, disfrutabas de la experiencia. Lo peor fue la salida, pues la tensión me había bajado y tenía un poco de mareo. Bromeaba con la gente diciendo que iba medio borracha. La piel se me quedó muy seca y tirante, efecto del barro, que además, me la limpió en profundida.

La despedida del grupo fue muy trite. Me dio mucha pena sobre todo por Willy, el conductor, al que tras tantos kilómetros le había cogido bastante cariño. Nos llevaron hasta nuestros respectivos albergues en la ciudad de salida, Nadi. En el mío, tuve la suerte de poder compartir una habitación para tres con Rena y Ross. El lugar se llamaba Nadi Bay Resort Hotel, lugar barato y bastante lujoso para ser un albergue. Con dos piscinas, tres bares, sala de juegos, proyección de películas, música en directo, internet y hamacas colgadas entre palmeras y árboles de mangos, disfrutamos de una relajada noche.

El lugar estaba repleto de ranas, guecos y gatos gordos. Durante la cena (un pescado a la tailandesa, picante hasta más no poder), uno de los últimos, con todo el morro del mundo se me tumbó en las rodillas. Eran muy confiados. Compré una targeta de internet (5€ una hora, una locura) para poder avisar a mi gente de que, por falta de saldo en el móvil, me iba a quedar incomunicada el resto del viaje, pero que no había nada de lo que preocuparse. Por entonces, aun me quedaba una semana para disfrutar.

Cuando llegué a la habitación, como a las 10:30, Rena y Ross habían caido rendidos y estaban durmiendo plácidamente. Les imité, pues a la mañana siguiente, el bus que me llevaba al ferry de mi siguiente tour venía a recogerme a las 7:30, y no podía perderlo.

Así termina la primera parte de mi viaje. Esta era la parte cultural. Lo que sigue es más bien relax y ver pasar el tiempo. Espero que no me lleve muchas más entradas.

Y por último, comentar que mañana se hacen 3 meses desde que abandoné mi casa. El tiempo pasa muy rápido aquí, y cada vez más caluroso, agradable, relajado y feliz. Gracias por seguir ahí, que aunque esteis a miles de kilómetros (los que me leeis desde fuera de Australia), estáis todos los días a mi lado.

1 comentario:

Juanma dijo...

La foto del sumbarinismo mola un montón xD

Se me olvidó decírtelo, pero te pareces a tu hermana con el pelo tan largo.