martes, 7 de octubre de 2008

Feejee Experience: Recorriendo Viti Levu. Día 2

Amaneció lloviendo. Temiéndome lo peor, me rocié entera con mi spray anti mosquitos. Me encaminé al comedor, observando que los cientos de ranas de la noche anterior se habían escondido con las primeras luces. Mi desayuno fue cuanto menos, abundante. Las caras de la gente que me rodeaba eran de total incredulidad. Rena no paraba de reírse, viéndome comer. Pero cuando te ponen un buffet libre de aquellas maravillosas frutas, no puedes contenerte.

Rehíce mi maleta, pues a las 8:30 empezaba de nuevo la aventura. He de recomendar para este tipo de viajes, una mochila, pues es más cómoda. La maleta es demasiado aparatosa y poco práctica. Además, pesa demasiado.

Paramos un momento en un supermercado para comprar nuestra comida y agua para el largo día. Allí recogimos a Ross, nuestro nuevo compañero de viajes, irlandés. Me hice con un sandwich de muchas cosas, no sabría decir, una papaya, cacahuetes y galletas oreo de crema de chocolate y mantequilla de cacahuete. Parece mucho, pero el día prometía.

Llegamos a un lugar apartado de todo, dispuestos a comenzar una marcha de 3 horas por el bosque tropical. Con una camiseta de tirantes, unos pantalones shorts y mis botas de trekking, salí del autobús. Nublado como estaba, con un frío viento y ligera lluvia, era poca ropa. Nos resguardamos del frío todos tras la Máquina Verde. Nos vino a buscar un camión donde nos subimos como los soldados yendo a encarar la muerte. Solo que nosotros ibamos a encarar a la naturaleza. Un largo camino lleno de baches a través de un camino que debía ser de tierra, pero que en aquel momento, se trataba de un cúmulo de barro fresco, nos llevó hasta lo alto de un monte. Allí bajamos todos. Un guía local encabezaba el grupo, mientras que Cam lo iba cerrando. Rena y yo nos pusimos en primer lugar, y cuando nos quisimos dar cuenta, nuestro guía había echado a correr y desaparecía en la lejanía. Tener un guía para esto, la verdad es que es de poca utilidad.

Así que liderando nuestra marcha, comenzamos a caminar por un camino de arcilla resbaladiza, del que bajaban riachuelos de agua de lluvia. El camino era alucinante. La vegetación frondosa, nos rodeaba por todas partes. El frío desapareció y fue reemplazado por un calor sofocante. Gracias a que no hacía sol, y la ligera lluvia (solo en un principio, después se fue haciendo más densa), se ocupaba de mantenerte fresca. Cuando quise darme cuanta, Rena y yo estábamos solas. Nadie delante, nadie que nos siguiera. Y esto continuó así durante horas. El Scout que llevo dentro salió a flor de piel. A veces, me entraba un poco el pánico, pues pensaba que estábamos perdidas en medio de un bosque, donde nadie podría encontrarnos nunca. Y al rato, te percatabas de que en la siguiente curva, había un cartel que decía "Este camino", con lo que muy desencaminada no ibas. Una vez cada hora, aproximadamente, encontrabas al guía, esperando en un lugar aleatorio. Y cuando todos nos reuníamos, salía corriendo hasta la siguiente parada.

Las botas resistentes al agua fueron una gran idea las dos primeras horas de marcha, pues era la única de todo el grupo que seguía teniendo los pies secos. Pero cuando el camino desapareció y nos metimos a caminar por el río... El agua entró por la parte de arriba y el peso aumentó considerablemente. Y por aquello de que no dejan entrar el agua, tampoco la dejan salir... Os podeis hacer una idea de cómo aumentó esto el nivel de dificultad de mi camino. Yo iba tan contenta, porque conociéndome, aun no me había caído ninguna vez, cuando metí el culo en el río. Me resbalé y acabé mojada hasta la espalda. Tampoco me importó mucho, ya que de todas maneras, la lluvia ya había hecho gran parte del trabajo anterior.

En el último tramo de camino, descubrí que estaba completamente sola, en medio de un lugar completamente desconocido, sin nadie que me pudiera ayudar cerca. Al menos, el camino estaba claro, así que seguí adelante hasta que pude divisar el río. La bajada fue agarrada a una cuerda, pues no confiaba en mi estabilidad. Al llegar, encontré a nuestro guía, Rena y dos barcas, una de ellas conducidas por Willy, donde habían traido nuestra comida. Volví a rociarme por enésima vez con mi spray para insectos, y me comí mi almuerzo con demasiadas ganas, tras casi 4 horas de marcha.

Lo que nos esperaba entonces era aun más curioso. La bajada del río, la ibamos a hacer en flotadores. Con un salvavidas y completamente vestidos (botas incluidas), nos metimos al agua, que estaba helada. Flotando entre rápidos, agarrándonos a las barcas cuando nos cansábamos, esquivando los lanzamientos de cubos de agua que nos tiraban los conductores de las barcas para divertirse, acabamos llegando a una cascada. Allí hicimos una parada para realizar varios saltos dentro de la cascada (también con las botas). El salto era refrescante, cuando menos.

De allí, nos montamos en los barcos, para el último tramo de río hasta nuestro autobús. El viaje fue de una hora. Lloviendo como estaba, completamente mojados, y con el gélido aire cortando la piel, nos acurrucamos en grupos tras plásticos para parar el agua que salpicaba del río. Empecé a ponerme de un color azul poco sano. Nunca había tenido las rodillas moradas. Mientras nuestras barcas navegaban a toda velocidad para llegar cuanto antes a nuestro destino, los murciélagos de un metro de embergadura de alas, sobrevolaban nuestras cabezas...

Al llegar a tierra firme, pudimos cambiarnos de ropa, pues la teníemos preparada para la ocasión, y empezamos a encontrarnos mejor. Disfrutando de nuestra experiencia en la naturaleza más salvaje, dimos una pequeña vuelta por Suva, la capital de Fiji, ciudad algo más grande que Nadi, pero también bastante pobre.

Llegamos a nuestro Resort para esa noche: Raintree Lodge. Allí nos metieron en una especie de casa con varios pisos, donde pudimos darnos una reparadora ducha de agua "caliente", rociarnos con más repelente (al menos yo, porque al estar durmiendo sobre un lago, me daba pánico la cantidad de mosquitos que podían aparecer a devorarme), y cenar. Pude disfrutar de un pollo con plátano de lo más delicioso, mientras Cam, en un acto de espontaneidad, vestido con la ropa típica de los aborígenes, nos interpretaba unas danzas típicas, moviendo las caderas a una velocidad trepidante.

Esa noche era el cumple de Sean, así que nos fuimos a un pub irlandés a celebrarlo, comprándole una tarta de color azul, la cual no era nada excepcional, pero que al menos, hacía las veces de celebración. Tan cansados estábamos que a eso de las 11, cogimos un taxi para nuestro albergue Rena, Ben, Becky y yo. Fueron más de 20 minutos de carrera, y nos costó 10 dolares de fiji (algo así como 4,50€). Aquella noche casi muero intoxicada de la cantidad de repelente que me eché, pero al menos, ningún mosquito me mordió.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Cada entrada es mejor que la anterior!! se ve que lo pasaste de miedo!

Jeje, ya estoy "enganchado" al blog :P

Gio dijo...

más! más!! más!!!!

Anónimo dijo...

Hey!! Acabo de descubrir la columna de la derecha de tu blog... ¡¡¡QUÉ FOTOS!!! ¡W0o0W! ¡Qué pasada!

Anónimo dijo...

hay que ver como te envidio...

primero por aventurarte a irte 13 meses nada mas y nada menos que a australia... (vaya cojones tienes sil!!)

y segundo por lo que estas viviendo...


disfrutalo mucho sil que no hay una segunda vez!!


cuidate guapa!!

Anónimo dijo...

¿Te hiciste con un sandwich de una papaya, cacahuetes y galletas oreo de crema de chocolate y mantequilla de cacahuete? que fuerte jiji
(en serio existen esas oreo?????(babas...))
besos!